La reciente toma de Chilpancingo, por masas movilizadas en defensa del liderazgo de una organización criminal, provocó el predecible lamento del coro de pandits. Si los últimos treinta y tantos años el espectáculo de los “quinientos años de resistencia indígena, negra, y popular” con sus consignas entretuvo a biempensantes y aspirantes a, esta semana los supuestos portadores de, la redujeron al absurdo. Dentro del coro la tonada y letra son una: “el tejido social”. De suyo elusivo, el término es más que la simple traducción de “social fabric” del funcionalismo británico o la propaganda social-civilista estadounidense, delata el tufo católico de misiones caritativas en tanto “experiencias formativas”. Antes que entrar en la infeliz convergencia en un significante vano, mi interés es apuntar la confusión entre “modelos para la realidad” con la vehemencia de lo Real.
Desde la separación misma del pensamiento filosófico de la escolástica, contar con modelos seculares es la constante que permitirá posteriormente la separación de lo que conocemos como ciencias sociales de las humanidades. Esos modelos siempre mezclan elementos descriptivos y prescriptivos, se hacen desde una posición ética-política definida, y están abiertos a debate. Nuestras posiciones de arranque para confrontar son las de Hobbes y Rousseau. Si para el primero el contrato social en el Estado se derivaba de la naturaleza conflictiva, violenta, y atroz de la humanidad, para el segundo la misma debería poder revisarse en libertad. Bajo la presión de competencia por recursos los humanos pueden ser los predadores de otros, pero si esa se eliminaba bien podrían cooperar y formar sociedades solidarias. En sí, pese a que ambas son intentos de secularización, la primera se degradó en el mundillo del marketing y negocios, en tanto ideología no oficial, mientras que la segunda se ha renovado en el pensamiento confesional.
Si oponerse a la celebración del “quinto centenario” del contencioso significado del “descubrimiento”, “encuentro”, o conquista y colonización, animó las jaculatorias de resistencia, debe subrayarse lo hicieron de la mano y bajo tutela de una supuestamente renovada iglesia católica en franca posición defensiva ante el avance de denominaciones protestantes calvinistas. Desde Medellín en el 68 y Puebla en el 79, la construcción de comunidades eclesiales de base tendría diferentes efectos por países y regiones. No así en la formación semi-uniforme de quiénes se ostentan como intermediarios de la pobrería merecedora. Desde su papel dual como patrones de clientelas hechas desde el poder político y eclesial, tratando de frenar a la amenaza que perciben como externa, así como sujetos que hacen resonar su voz en el debate público, el coro católico se lamenta sobre el deterioro, podredumbre, o deshilado del “tejido social”. Huelga decir que ese tejido existe sólo en la medida en que se “tejen chambritas” como aptamente se burlaban los militantes de la APPO de lo que hacían con proyectistas, consultores, asesores, y mandamases de ONGs en sendos talleres para “bajar(se) por los recursos” (reales, simbólicos e imaginarios) con que los condicionan.
Confundir las invocaciones y lamentos sobre “el tejido social” con su existencia como realidad verificable sólo es posible si se ha gozado de una vida sustraída de la realidad callejera y arrabalera, la crueldad de la pobreza rural, y la dureza de la vida. Dentro de la seguridad de los campus universitarios, fraccionamientos con vigilancia, y el aislamiento del automóvil es dable entretener cualquier fantasía sobre la reproducción social marcada por el miedo, la escasez, y laceración. Imaginar masas y multitudes como colmenas de abejeas tiene sentido en el catecismo, no en las ciencias sociales y mucho menos en la política. Una colonia de explotación, enclave de extracción, y reserva de mano de obra como México abdicará de uno y todos los principios para el logro de la acumulación capitalista. De ahí que sea menester recuperar la sensatez pensando desde endenantes y más allá de “resolución de conflictos” pues de suyo la relación entre trabajo y capital, gobernantes y gobernados, cuando no inmigrantes y nativos, es siempre ya violenta. Qué reformas legales y laborales son posibles en un estado de derecho por hacer es la discusión sin la cual una democracia procedimental no es sino consuelo de tontos.









