Las elecciones generales del 23 de julio en España plantean las paradojas gemelas de ganar perdiendo y perder ganando. A primera vista el Partido Popular (PP) ganó pasando de 89 a 136 escaños entre esta y la celebrada en 2019. Este triunfo le otorga el privilegio de intentar formar gobierno de coalición. De los 350 escaños totales, la coalición que logre aglutinar 176 podrá tener presidente y gabinete. Por su parte el derrotado Partido Socialista Obrero Español (PSOE) perdió ganando porque sumó dos escaños respecto a 2019 y una vez que el PP fracase en el intento (como es harto probable) tiene la puerta abierta para mantenerse en otra tenue y costosa alianza con diferentes fuerzas políticas. Es justamente en los “compañeros de cama” dónde cosquillea la jiribilla. Mientras que el revés de Podemos es menor pues su “rebranding” en Sumar les costó sólo 4 escaños pasando de 35 a 31, Vox sí perdió significativamente, yendo de 52 a 33 escaños. De tal forma que la España negra queda en 169 y la roja con 153. Cualquiera de las dos precisa de los votos de la pedacería independentista de Cataluña y País Vasco, sin que ninguna por sí sume en un solo partido diez escaños y están los testimoniales con un solo escaño. De ahí que las interpretaciones del impasse sirvan para todo hado. Desde aquellos que reivindican el genio y capacidad de lectura políticadelpresidente Sánchez, hasta quiénes ven en la creciente presencia territorial del PP bases para convocar a nuevas elecciones bajo el mandato de Díaz Ayuso en vez de Núñez Feijóo. La primera ignora el costo político de una alianza de izquierdas con los independentistas, mientras la segunda hipoteca la consolidación a un triunfo que no puede darse por sentado. En todo caso, antes que predecir lo que es de suyo sujeto a sórdidos acuerdos por conocer, queda en claro hay dos grandes perdedores: Vox y las encuestadoras.
Vox, el partido ultranacionalista, hispanista y filo-falangista es el principal perdedor de la jornada. Por su crecimiento en comunidades autonómicas, dónde forzó a pactos de gobierno con el PP, se supondría crecería a costa de los podemitas y el PSOE. Si bien el número de escaños específicos que le arrebataría era materia especulativa, pocos dudaban así sería. Eso no ocurrió y de la extrema derecha que representa se corrieron al centro del malo por conocido PP y su consabida hipocresía en la transición democrática. Explicar las causas del máximo umbral entre izquierdas y derechas, independientemente de su composición de moderada a ultra, echa en falta no una interpretación general sino del conocimiento de las condiciones regionales y locales en las comunidades autonómicas. Etnografía e historia probaran su pertinencia por sobre prospectiva y marketing político. Y, sin embargo, parece seguro reconocer que ninguna de las ofertas ultras (Podemos reencarnado en Sumar y Vox) tienen fácil ensanchar su presencia. Sí que seguirán vendiendo sus devaneos a quién sea en una relación que es todo menos metafórica. Puede decirse que Vox planteó demasiado muy pronto, pero eso implica infantilizar al votante que puede usarles como voto de castigo sin extenderles cheques en blanco.
En segundo término, son las compañías encuestadoras las que quedaron en ridículo. Si bien había variaciones entre ellas, ninguna permitía suponer el resultado de la jornada. La tendencia era la de un voto plebiscitario en repudio al presidente Sánchez y su coalición gobernante. Así, tanto el PP (como ocurrió) y Vox (como no) aumentarían su caudal de votos y el tiempo de los desquites se abría de par en par. Cómo es que tantas compañías pudieron estar equivocadas admite sólo dos respuestas, sin descartar su combinación malsana. O bien la metodología es deficiente o bien se usaron para inducir el voto. Por principio de cuentas la pandemia del Covid (2020-2022) legitimó lo que era un vicio creciente en la producción de información demoscópica. Esto es, el hacer sondeos telefónicos o por redes sociales y otorgarles el mismo valor que el encuestado al ras de tierra, cara a cara y con muestreos cabales. No había duda entre profesionales que tales taras les traerían descrédito, pero entre las condiciones de la pandemia, competir abaratando costos, y la creciente chambonería generalizada, lograron desprestigiarlas al grado que nadie duda son por encargo, cuchareadas, y a modo. A esta segunda posibilidad debe sumarse que independientemente de los errores de diseño y su calado no hay castigo ni prohibición para seguir cobrando en siguientes ciclos electorales. No es una economía de prestigio la de este giro comercial precisamente porque, parte muy importante de su condición de inteligibilidad, es que son armas de bluf entre candidatos dentro de partidos y de partidos en coaliciones. De ahí que se refuercen lo mal hecho con lo propagandístico y a nadie importe el resultado sea otro fraude contra la fe pública. A últimas, son elecciones y no trabajo probo, riguroso, y original lo que se espera de otra instancia corrupta en un indefendible sistema de partidos (acá, allá y acullá).
Queda pues por cuestionarnos, sin forzar analogías, qué aprendimos. No sólo en el presentismo desde otra formación política que ha seguido y abandonado el ejemplo español de la transición, sino desde la transición misma. Mínimamente que el reparto de votos es más estable de lo pensado. El voto puede cambiar de un partido a otro, pero mantiene ciertas valencias políticas. Así los perfiles de generación, clase, y género, conjugados con procesos de mediación político-ideológica siguen siendo los más relevantes. De la misma manera que se llegará casi al siglo de la partición de España entre rojos y ultramontanos, en México el voto patrimonialista estatista y corporativo seguirá siendo mayor (sin asegurar nada sin su corrupta compra, coacción, e inducción) al del changarro de dios. Los nombres de los partidos cambian, menos así las candidaturas representando los intereses del aparato público contra los de los clericales y sociedad burguesa. Igualmente hemos de ignorar el juego podrido de las encuestadoras. No porque conocer las tendencias sea irrelevante, sí porque son parte de la propaganda e intentos de corrupción cuando no de francas campañas de miedo/odio. Finalmente, que las transiciones están completas cuando hemos llegado a un grado de mediocridad, oportunismo, y chaquetez compartido entre las nomenclaturas partidistas y los vanos liderazgos civiles.









