La malhadada campaña de la senadora Xóchitl Gálvez parece ha agotado el favor del efecto sorpresa. En la misma tónica de los “ante-pre-candidatos” de morena y su coalición suma cada día más negativos. Si pudo decirse fue refrescante por la efervescencia con que comenzó, no lo es se agoten las burbujas. En sí su principal recurso fue la capacidad que tiene el personaje público para irritar (o tomado del inglés “meterse debajo de la piel”) del presidente López Obrador. Una vez que acusó, que en vez de sorna y desdén le causaba picor y escozor, se lanzaron campañas espejo. A la de desprestigio de los bots del régimen, la concertada entre la simulada “sociedad civil” echando mano del aparato medios y redes sociales. Aquí era claro el sentido de sociedad civil como sociedad burguesa, no porque todos sus elementos pertenezcan a esas facciones de clase sino por la identificación y agachona actitud ante lo que los líderes de empresa decretaron como apropiado para armar una caja de resonancia. Sin embargo, antes de entrar en una escaramuza o duelo, muy rápidamente se dio un desplazamiento perverso. Sabedores que la coalición gobernante la atacaría en tribunales, por lo que parecen ser meritorias acusaciones de conflicto de intereses entre su labor como delegada de la demarcación Miguel Hidalgo en la Ciudad de México y la promoción de sus empresas de servicios de mantenimiento a edificios aprobados a constructores, los personeros del empresauriado trataron de “espantar con el petate del muerto”. Sucintamente se lanzó la campaña que López Obrador está generando las condiciones para otro “magnicidio” como el de Colosio en Tijuana en 1994. Dejando de lado el despropósito y enanismo mental de la campaña, así como a los impresentables proponentes de ella, evidenció no tiene defensa contra las acusaciones y trató de irse en fuga. Senda machincuepa es la firma del presidente, esclareciéndose por qué le parece intolerable a él y divertido a la oposición contar con una burda copia “interseccionalizada”. Si la abyección chespiritiana es la forma de comunicación gubernamental, no la van a compartir con la oposición. Menos aún con aquellos a quienes consideran esbirros del viejo orden “neoli”.
Si bien es cierto que el presidente se ha excedido vitriólicamente contra la senadora, también lo es que no tomó mucho para que el predecesor y sucesor delegado/alcalde Víctor Hugo Romo pudiese encontrar, entre los archivos de la demarcación y en la memoria callejera de las obras, tanto permisos de construcción como suficiente evidencia de malas prácticas, conflictos de intereses, y delitos contra la administración pública. Sucintamente que a proyectos aprobados se les sugiriese la contratación de las empresas propiedad de la senadora, así fuesen dirigidas por su conyugue o hija. Dado el corrupto carácter de las relaciones entre los empresarios y autoridades en el sector inmobiliario, no importan ni los montos ni los testaferros que firmen los contratos. Son empresas de ella contratadas para proyectos aprobados por ella misma. Qué tan grosera o encubierta fue la condición de una para la otra es irrelevante. El hecho que destaca es que no es diferente de la escoria con que se componen los mal llamados “cárteles inmobiliarios” del PAN. Indudablemente lo hay también del PRD y el PRI, saldrán de morena y nadie duda haya en todos los partidos. Puede decirse que ninguna persona con posibilidades de ser electo está por encima ellos, pero justamente el personaje de la senadora existe dentro de esa ficción pueril de una compradora sociedad civil que apuesta al “echarle ganitas” (haciéndole pasar por mérito). Es eso y no el carácter femenino, étnico y de clase lo que seguramente cala en el presidente. Él ha usado la farsa de la incorruptibilidad, al grado de creérsela, y no iba a dejársela a una insípida usurpadora.
Ahora bien, querer espantar con otro “magnicidio” prueba lo débiles y faltos de recursos que están quiénes regentean su campaña. Esperanzados a que la mayoría recuerde o le importe lo que pasó hace treinta años, saben no causará mayor solidaridad, pero funciona como un acto de escape. No hacia adelante como ella pretende, sí por la puerta de atrás en vergonzosa alusión al servicio doméstico. Además de lo huachafo del término “magnicidio”, está el hecho que la comparación es burda y forzada, sin bases en la realidad y como clamor perverso. Lo peor, empero, es lo bien que les funciona el coro de pandits, deseosos de identificarse entre los cretinos que repiten un guion hecho por subnormales y resentidos, que al hacer del presidente su obsesión, quedan como sus grotescas caricaturas. En el proceso han dilapidado esa única virtud de la ante-pre-candidata: ha pasado de ser una posibilidad de reto al estatus de nigua o gusano barrenador. Nada que no se quite fácil y pueda desecharse. Tan es así que otros contendientes más serios y profesionales de la oposición y los liderazgos partidistas esperan se desinfle por completo y evidencié, como pasó en el trayecto en Puebla del Centro de Convenciones al Centro Histórico, que ni en bici puede moverse, no habla ninguna lengua indígena, ni puede reclamar representatividad más que de sí misma como empresaria corrupta enquistada vía “machi-hembraje” en el presupuesto público. Pasó pues de ser la apuesta de la condescendencia clasi-racista a un vulgar petardo.









