Ricardo F. Macip
Aún sin que se sepa haya quien, fuera de la comisión ex profeso de la SEP, leyese en su totalidad de los libros de texto gratuitos para el ciclo 2023, así como sus materiales de apoyo y soporte, la “opinión publicada” los ha condenado. Por un lado, se entiende toda iniciativa de ese calado atraerá críticas, pero lo que tenemos es denostación en un juego de todo o nada. Entre los lugares comunes con que se apoya su rechazo está el espantajo del “marxismo”. Aquí me interesa menos el babeante residual representado por la Unión Nacional de Padres de Familia o el Episcopado, más aquellos que desde una posición supuestamente informada, amueblada, y moderada han pedido a presidencia y sus cuadros se debata de forma sensata y sin polarizar. No deja de ser irónico que, a la primera oportunidad, se comporten idénticamente a lo que critican como “el estilo personal de gobernar” del presidente. Igualmente, la irresponsable e irreflexiva actitud porril de sus huestes yéndose de una a la yugular en desbordes que lindan con la irracionalidad. Entre los fragmentos que se han filtrado a los medios y redes no hay evidencia de marxismo. No en el sentido de una tradición intelectual, tampoco como la siempre ya limitada posibilidad de instrumentarla en políticas públicas. Mucho menos es discernible se aten al marxismo las monsergas del “sur”, “comunalidad”, o “abajismo,” fácilmente identificables enalteciendo a una pobrería que ha ganado el cielo por los suplicios terrenales a manos de los neolis.
La confusión interesada identificando lo indeseable como marxismo no es una reliquia de la guerra fría. De hecho, la mayoría de los adultos jóvenes no está familiarizada con ella y les es tan lejana como aquello con lo que se entretienen a través del cine, pero no de la historia. Eso no sólo por el abismal estado de la educación en general, también porque las vulgatas con las que se maleducó a la mayoría de los cuadros universitarios fueron la causa de su proscripción. Antes que ahondar en los porqués de la virulencia e histeria con que gente educada toma espantapájaros ideológicos para evitar elegir términos de debate productivos, me interesa identificar dos vulgatas que siguen inhibiendo el estudio serio y ponderado de esa gran tradición intelectual de la modernidad universalista, así como los efectos para el empobrecimiento de nuestro páramo conocido como “esfera pública”.
El marxismo en México pasó de una serie de críticas ilustradas a línea semi-oficial de aquello que se identificase como “de izquierda” (en singular) tras el parteaguas del 68. Las influencias entre los sectores educados y partidos habían seguido los desarrollos de la guerra civil española, así como la revolución cubana. Puede decirse entre los anarquistas del periodo porfirista y revolucionario había una discusión de vanguardia. Por ende, quedaría al novel de la “intelligentsia”. Es ya posterior a 1968 que dos vulgatas se reparten el campo en aula y calle, convergiendo en “el asambleísmo”. Por un lado, la adopción por los programas de estudio en los Colegios de Ciencias y Humanidades (CCH) de la UNAM del libro de Martha Harnecker LOS CONCEPTOS ELEMENTALES DEL MATERIALISMO HISTÓRICO como canónico contrafuerte a LOS GRANDES ROBLEMAS NACIONALES de Molina Enríquez. Desde los CCH influiría numerosos sistemas de bachillerato estatales y así fue conocido por mayorías de estudiantes rumbo a la universidad. No es necesariamente un mal primer libro, sí es lamentable haya sido también último con que generaciones consideraron habían entendido “lo básico” para institucionalizarlo como línea de partido y ánimo de movimientos. Para aquellos que no irían a la universidad sino a las normales o truncarían el proceso educativo por integrarse al empleo muy jóvenes, correspondió extraoficialmente a Eduardo del Río “Rius” el hacerles llegar vía monitos y jaculatorias lo poco que él lograba comunicar maniquea, conspiratoria y lastimeramente. De su muy extensa y exitosa obra de superventas no es posible rescatar nada (fuera de la ironía, lo patético, y lo ridículo), sí que cuajó una serie de proclamas pedestres, ramplonas y rascuaches respecto a lo que él entendía como “ciencia proletaria”.
En conjunto, tanto el ultramontano gormondiaje del “changarro de dios” como una izquierda escasamente educada son responsables de que se identifique al marxismo con el gulag soviético, los afiches de una serie de santones, y en sí del autoritarismo. No es difícil, “desmontar” las caricaturas que de él se hacen, sí encontrar espacios en que personas e instituciones estén interesados en su estudio o cuenten con la “capacidad instalada” para lograrlo. Tampoco es menester establecer aquí la riqueza de la tradición por escuelas y periodos, apropiaciones regionales, y corrientes. Sí señalar que, aunque en la mayor ignorancia se le dio por “superado” tras la caída de la cortina de hierro, no sólo se ha mantenido con su fuerza crítica, sino que es imposible relegarlo de canon, sin perder por ello las posibilidades de diálogo inteligente.
Al haber surgido en duelo con el liberalismo, el marxismo contiene las posibilidades de relevancia, pertinencia, y vigencia de ambos. Ciertamente pueden hacerse de otros compañeros de baile, pero la resonancia y productividad no es remotamente equivalente. De la misma manera que la relación entre marxismo y anarquismo es materia escolástica antes que política, así se ha empobrecido el liberalismo con el posmodernismo. Esto es justamente lo que se pierde en la histeria actual. Al renunciar al diálogo con el marxismo, los liberales se traicionan sabiéndolo, pues renuncian a una posición crítica e informada apostando por un sujeto amo saber que es todo menos liberal. Tanto ha evidenciado la histeria contra el nuevo proyecto de socialización política en escuelas primarias y secundarias. Al saber se trata de eso y no procesos educativos es que podemos notar la relevancia de ambos, marxismo y liberalismo, sabedores que al prescindir de cualquiera nos condenamos a la lobotomía digital ahora supuestamente impresa en esos libros.









