TV Azteca cumple treinta años al aire. Al mismo tiempo la televisora contra la cual su privatización en aras de generar competencia en contenidos—Televisa—logró un hito de rating con otro de sus “Reality Shows”, confirmando la posición en el duopolio. Si el aniversario de una permite se ponderen los efectos de ceder a los intereses privados, la segunda muestra cómo es que lejos de mejorar, la competencia les ha hecho ir por el mínimo común denominador. Esto es, lo más bajo, pedestre, y vulgar. Debe recordarse que hace casi esos mismos treinta años el por entonces carismático vocero de una guerrilla, incapaz militarmente pero melodramática, chantajista y mediática, pidió a la ciudadanía un boicot contra Televisa por lo obsequioso y aberrante de su cobertura de noticieros, amén de la degradación de su oferta de contenidos. Un tercer elemento por considerar es la proliferación de sistemas de televisión de paga. Si bien no eran desconocidos, son esos mismos treinta años en que se popularizan y contribuyen a la segmentación de lo que se pueden considerar “audiencias de TV abierta”. Las mismas se definen por el especializado vocabulario del CONEVAL.
Precisamente porque el duopolio de TV abierta supone una división inequitativa pero que se acerca al reparto de horarios y audiencias, es que ambas empresas deben compartir barras de programación y contenidos. Telenovelas, programas de concursos, noticieros, etcétera deben ser lo suficientemente similares para que la audiencia participe “eligiendo” entre dos versiones de lo mismo. Las dosis de propaganda gubernamental, anunciantes y definiciones mismas de artes, opinión política y en sí el infundio que algo tiene peso si es que aparece en esos canales televisivos las hace casi indistinguibles. La tele abierta debe ser barata y de fácil acceso; no sólo en costos y precios, también capacidad tecnológica y cobertura, así como en lugares comunes a reiterar. Los treinta años con que algunos felicitan a Tv Azteca, así como el regreso de ratings de audiencias a Televisa, demandan la comparación con el estado de las cosas a mitad de 1993. La aparente estabilidad previa a la firma del TLC y en sí del año 1994 tiene como corolario se rompiese el monopolio en que la mayoría de las personas sintonizaban a una sola empresa como articuladora de la esfera pública. Si alguna vez se dio una identificación en la homogeneidad fue en la masificación de la televisión entre mitades los sesenta del veinte hasta sus noventa cuando los televisos se decían priístas y guadalupanos, ergo mexicanos de utilería. A la fecha no han renunciado a la manipulación del culto guadalupano pero lo comparten ahora con morena. La tajada del león en los presupuestos de propaganda gubernamental la comparten ambas televisoras.
El duopolio tiene sentido dentro de una segmentación por criterios de clase. Clase no sólo en tanto posición en el proceso productivo o la intersección de ingresos, empleo, y educación; clase, sobre todo, en la relación entre sus facciones, segmentos, o formaciones en alianzas y conflictos de la sociedad, ejerciendo coerción y liderazgo moral-intelectual. Clase como principio de organización y dominio en que una minoría decide qué de la cultura universal es apropiado vía una manipulada y mediatizada expresión popular. Esto en aras de entretener, vender, e influir en las decisiones de las mayorías.
Todo ello viene a cuento porque tanto la consolidación de Azteca, como la demostración de fuerza por parte de Televisa, juegan en el proceso de selección de candidatos de la alianza gobernante y el frente opositor. Ambas van a facturarles a todos, pretender informar, pero sobre todo comprometerse con la distribución de propaganda. No será sino hasta dentro de pocas semanas que se sepa a cabalidad quiénes encabezarán las fórmulas de ambas coaliciones desde las candidaturas presidenciales. Una vez que se den, los personajes que se animen y movilicen lo harán con los contenidos y lenguajes de la tele abierta. No podría ocurrir de otra manera, pues será en ese medio en que se pelearán los votos. Contrario al prejuicio dominante respecto al clientelismo de programas sociales, la gran reserva de votos en la pobreza juvenil no le pertenece a nadie y son actores pragmáticos hechos al mínimo. Lo cual no quiere decir sea de forma individual sino en complejas articulaciones. De ahí que sí tenga importancia la celebración de unos y otros por sus relativos logros en la sociedad mexicana.
Indudablemente las campañas venideras serán burdas, guachafas, y patéticas, haciendo aún más falsas las opciones con que se juega a la elección, y nos retarán para saber si podemos distinguir entre imitaciones de qué y quiénes.









