Puebla vuelve a relucir en las noticias nacionales por malas razones. Dos notas sobre “violencia infanto-juvenil” se sucedieron durante el finde anterior. La primera hablaba de otro “niño sicario”. Esta vez del rumbo de Xilotzingo, dónde un menor de edad y aún puberto tiene supuestamente amenazados a los vecinos. Ladrón, extorsionador y suponemos con rumbo a violador, asesino, y sepa qué más, desborda lo que la ley sobre menores infractores puede contener. Al publicitarlo a nivel nacional por más de un medio impreso de la Ciudad de México, puede intuirse se está pidiendo a los vecinos o criminales duros se encarguen de él pues es muy joven aún para meterlo a población general y patio en la peni de San Mickey, donde sabemos está su papacho. Antes de que llegue a vengarlo “de favborts” (como al pasar el varo en la chombi o micro), sírvase a quién corresponda “darle piso”. Nadie se sintió obligado a explicar el por qué se torció esa plántula mucho antes de hacerse árbol. Es cosa de arrancarla nomás que enraizada ya está. En contraste, la nota sobre la Isla de Angelópolis y su Estrella sí ha causado revuelo y otras predecibles chorradas. A la unánime condena contra la cobarde, abusiva y alevosa golpiza dada por los identificados antaño como juniors montoneros a un sobrepasado joven, la acompaña una amnistía general. Se ha identificado ya a los siete u ocho perpetradores del acto y, pese a que hay entre ellos mayores de edad, por ende, sujetos de derecho penal (así como cotizadas pieles en la mismísima peni), se les infantiliza por la intersección de ser “fresas” blanqueados por plata. Viene entonces la monserga sobre dónde radica la responsabilidad; esto es, quiénes o qué instituciones fallaron al inculcarles valores.
En un ejercicio contraintuitivo, pero considero es justamente al revés como se debe hacer la pregunta: quiénes y qué instituciones se los inculcaron tan bien que les pareció normal y motivo de alarde el abusar en pandilla contra uno. Es decir, con alevosía y ventaja se agandallaron a uno como contra cualquiera en condiciones a modo. Ciertamente, ya se repasaron en “checklist” a familia, Estado y sociedad, tratando de deslindar a las instituciones educativas. Considero eso es un error metodológico y político, pues a las claras, el universo de todas las clases no sólo la lumpeburguesía (que es de lo que estamos hablando aquí) se define por sus interacciones e interrelaciones destacándose entre ellas “la corporación” (definida en “hegelés”). Acusar a las autoridades municipales de no tener vigilancia estricta en la zona es una primera forma de deslinde. Ridículo como sonó aquel “fue el Estado”, es también alucinar que una patrulla puede detener todo cuanto ocurra entre personas. Ciertamente las zonas de antros deben contar con la complicidad de la policía municipal para poder operar, por lo que su presencia no inhibe nada de lo que en ellos ocurre. De darse un escrutinio punitivo, los clientes simplemente se irán al clandestinaje. Sigue entonces la familia. ¿Qué tan permisivos o descuidados, ausentes o alcahuetes y desatentos fueron padres o madres para que los engendros saliesen así de torcidos? No es totalmente incorrecto, pero sí insuficiente pues las conductas de los padres y hogares no son infinitas en su variabilidad, antes bien se moldean en patrones reconocibles y que se acumulan en conglomerados sociales diferenciados. Finalmente, achacarlo a la sociedad, es decir a todos y a nadie, simplemente escurre el bulto. Es donde convergen las tres instituciones, esto es en las corporaciones, que en este caso serán las instituciones educativas, donde podremos entender la asimilación de la “mentalidad tiburón” o “instinto de manada” con que se les ha caracterizado.
Las instituciones de educación superior privadas dónde están matriculados o cursaron hasta el bachillerato se han deslindado del acto. Hay un esfuerzo concertado (y suponemos pagado) en medios para que no se les involucre y eso supone poner énfasis en las fallas del gobierno, familia y sociedad. Sin embargo, para que cuaje “el estado” y la incivilización por la que todos nos lamentamos, es imperativo analizar a la escuela como institución y corporación. Si bien podemos examinarlas una a una y tratar de encontrar en ellas aquello que permitiría vincularles, no me parece sea ninguna en particular. Dejemos, por un lado, se incriminen ellas solas haciendo gala y pregón de los valores cuya ausencia las caracteriza. Considero, por otro lado, es el modelo de segregación de clase que las sustenta el que merece ser cuestionado y revisado. A diferencia de las eufemísticamente llamadas clases “managerial”, “profesional”, “technocratic”, “White collar”, etc (para eliminar el término burguesía) en los Estados Unidos, su equivalente comprador en México no esconde la naturaleza parasitaria ni predadora en que se regodea. Si aquellos usan desde Webber el manual de “La ética protestante y el espíritu del capitalismo” aquí se acepta con todo cinismo católico el privilegio y sus abusos. No sólo eso, tampoco tienen que justificarse con ningún tipo de historias y cuantimenos carácter. De hecho, al traducir directo del inglés terminajos como “excelencia académica”, entendemos es un guiño a la palabrería hueca. Y lo sabemos porque ninguna de ellas va acompañada de acción significativa alguna. Las escasas becas que hay son gancho para comprometer a esforzados hogares, pero no dan para que se den brincos de clase ni mucho menos diversificar el aula enriqueciéndola con talento. La segregación responde a una posición defensiva pues se pueden heredar bienes inmuebles, dinero y privilegios, nunca talento ni capacidad. Y al irse segmentando por nichos de mercado, se logra contener en cada una de esas instituciones a facciones o formaciones de clase que se reconocen por símbolos confesionales, de importaciones, o modas en su cómoda mediocridad. Una de sus consecuencias nos muestra ahora la parte más repugnante del proceso de segregación: la impunidad en espacios controlados por el dinero y la secrecía. Seguramente cada uno de los participantes tiene responsabilidades diferenciadas como serán diferentes sus expedientes y alertas dadas desde párvulos a los padres. Seguramente más de uno ha recibido tratamiento psiquiátrico y ande enchochado. También puede tenerse la certeza que fuera del “grupo social” al que tienen acceso por las mismas instituciones educativas en que están inscritos son incapaces de interactuar.
La probabilidad que la lumpenburguesía viva en “cotos” o fraccionamientos cerrados, además de enviar a sus hijos a escuelas segregadas y habite un universo de membrecías no es ningún descubrimiento ni media filiación, es la simple descripción de la enajenación poscolonial. En ella se pasó de la internalización de intereses externos al autodesprecio hecho odio a flor. Como tal se descarga y ensaña con quiénes pueden en abrumadora correlación de fuerzas. Este, puede decirse no es un caso que amerite análisis. Desde los chistes y memes, sospechamos se resolverá vía la barbarie o encubrirá por corrupción, pero no tiene dobleces ni asegunes. Son orgullosos productos de un sistema que deforma a embaucadores y abusivos, rateros y asesinos, depredadores y parásitos. La única diferencia con el “niño sicario” es el dinero. Asaz tiene dejamos de esperar nada de la sociedad mexicana, precisamente por lo variopinto pero tupido de sus ejemplos en la inmiseración, y porque es innegable que sabiendo lo que hacemos—institucional, política e ideológicamente—lo seguimos haciendo. De ahí que sólo queden por documentarse los esfuerzos de encubrimiento, simulación, y duplicidad. Hacerlo nos torna en simples amanuenses de la degradación. Ahora, esperar hay de otra “es muy mucho”.









