La semana en que “el espíritu” del sesenta y ocho (del esplendoroso mayo parisino al trágico octubre chilango, pasando por Praga, Sao Paulo, Ciudad del Cabo y Berkeley) debería hacer acto de presencia, tuvo un “reality check” en las chinches. La nota desde que la semana anterior se “tomó” a la UNAM, dado el empate de la conmemoración y protesta por Ayotzinapa (“crimen de Estado”) en una suerte de carnavalito de inconformidad aprobada, es que en su Facultad de Química hay chinches. A ello se suma que no sólo ahí sino también en la de Derecho y otras. Acto seguido, la autoridad se deslinda y dice que los estudiantes las traen de sus casas. Así que en vez de esa “juventud dorada” a retratar por su belleza rebelde, lo que tenemos son unos “tekpiyoh” (enchinchados). Lógicamente todo ello es un despropósito pues las invasiones de chinches han dominado durante la última década en capitales del mundo. Resalta el antecedente neoyorkino que tomó años contener y ahora el desborde parisino, pero en la muy desleal y escasamente noble ciudad de la mugre, sabemos no habrá ni los recursos ni la capacidad organizativa para hacerle frente. Una vez más, la interseccionalidad del atávico clasiracismo colonial con la implacable racionalidad neoli pero, “que cada quién se rasque con sus uñas”.
Ante el doble error de negar la realidad y acusar a los estudiantes de ser vectores de la plaga, ya se reculó. Se han hecho los comunicados de control de daños, y de manera predecible se suspendieron las sesiones presenciales, pasando las actividades “a distancia”. En esto último es en lo que reside la relevancia de estar enchinchando. Si bien es reconocido lo mucho que se perdió durante la pandemia en términos de aprendizaje, se habla menos de los ahorros que significaron esos meses para los presupuestos educativos. A la suma simple de ellos en limpieza y mantenimiento, consumo de servicios, etcétera debe decirse que las relaciones entre personal de mantenimiento, administrativo y de dirección mejoró. Transfiriéndole los costos a los estudiantes, docentes, profesores y a sus familias, también se pudieron ignorar las contradicciones cotidianas y mundanas. De ahí que a la primera oportunidad se vuelva a decretar “estado de excepción” y una vez más se extiendan salvoconductos en que nadie aprende nada, pero tampoco reprueba.
Es ahí dónde radica la hipocresía de las celebraciones/protesta por las efemérides de Ayotzinapa y Tlatelolco. No en todas, pero en suficientes unidades académicas de instituciones de educación superior públicas se tiene a la segunda como semi-oficial y a la primera como emergente. Universitarios de todas las generaciones se juntan y vanaglorian conmemorando la “gesta” por su carácter contestatario, rebelde, e iconoclasta. La industria de la nostalgia tiene en esa fecha carta de naturalización y se puede ser turista a la juventud de una y todas las generaciones participantes. Normalmente no pasa de suspender cursos y tratar de encauzar las demandas del presente como agua para el molino de esos liderazgos septuagenarios en éxtasis. Este año tiene un hediondo tufo electorero, pero en sí no se puede decir sea más que repetir consignas huecas y significantes vacíos.
Esta renovación de votos anual, como ritual de reconocimiento ideológico, debería tener consecuencias frente a la experiencia alienante del recogimiento en pandemia. No sólo por lo que se supone sabemos dejamos de aprender, sino también por las formas específicas de control derivadas de la simulación educativa. Si la UNAM está enchinchada, lo mismo cabe esperar de la ciudad de la mugre y no será sino en pocas semanas que tengamos que actuar en consecuencia en la llamada “megalópolis” (megalomaníaca forma de referirse a los pleonásmicos arrabales periubarnos). Esperar la autoridad sea responsable y coordine una campaña general de fumigación y control de la plaga es tan ilusorio como suponer les importa. No les importó el dengue durante todo el sexenio, cobrando más vidas cada año y subiendo las cotas de altura. Tampoco tienen los recursos para hacerlo pues todo se ha transferido a la compra de votos y obras insignia. Mucho menos importa lo que se descuide la enseñanza, por si no fuese notorio en la política educativa, científica y de investigación. Las respuestas serán adaptaciones locales y ahí es sabremos qué tan oficial es la oligofrenia cínica con que se manejan las contradicciones del sector educativo. Ahí también está la clave de la sucesión para la rectoría de la máxima farsa de espurios.









