A pesar de la familia, de los amigos y de los conocidos hay un punto de nosotros mismos en el que estamos solos. No importa cuánto amemos ni tampoco cuán amados seamos, pues la soledad es la condición natural del ser. Y es que así como nunca llegaremos a saber todo de alguien, tampoco quienes nos rodean llegarán a saberlo todo de nosotros, incluso podríamos decir que ni siquiera nosotros mismos nos conocemos bien y que ha sido más de una la ocasión en la que nos desconocemos. Tenemos familia, amistades, alguien que nos ama, pero a pesar de ello hay momentos en los que el sentimiento de soledad y de que somos incomprendidos se nos presenta.
La vida es un acertijo irresoluble. Diariamente nos enfrentamos a situaciones más o menos difíciles, más o menos alegres que nos hacen sentir que formamos parte de algo o alguien, sin embargo, siempre regresa a nosotros esa sensación del sinsentido de la vida, de la zozobra de la existencia, de que a pesar de los esfuerzos de los demás o de uno mismo por emocionarnos, una especie de tristeza secreta, de melancolía, nos envuelve y tan pronto eso pasa caemos en un fingido desánimo.
Si fuera necesario reducir la existencia a algunas reglas simples estas podrían ser dos: la primera es que nadie nos pertenece, por lo que es equivocado depositar nuestra vida y esperanzas en manos de alguien más, pues ese alguien, al igual que nosotros, tiene su propia soledad interior. La segunda regla es que realmente no podemos controlar ni planear nada y que la vida, en su movimiento autónomo, nos lleva de un lugar a otro mientras nos hace creer que somos nosotros quienes decidimos, pero es más bien una cuestión de inercia.
Nadie nos pertenece, no controlamos nada, la vida nos lleva a su ritmo y una soledad profunda reside en el fondo íntimo de cada quien. Los soles nacerán y morirán indeterminadamente, y junto con la caída de estos astros simultáneos vendrá siempre la nuestra. Qué pesada es la atmósfera que flota sobre nosotros cuando en cama esperamos el momento en que nos quedemos dormidos; cuando por las noches volvemos a casa anhelando que la rutina no nos tome como rehenes; o cuando esperamos que alguien llegue y nos reconforte sin que nunca suceda, y en su lugar nos encontramos con una espera interminable en la que sólo podemos musitar algo como: “claro, cada quien tiene sus problemas; cada quien tiene su vida”.
Mientras convivimos, la sensación de soledad profunda disminuye a tal punto que pareciera desaparecer por completo, sin embargo, tan sólo se ha ocultado de la misma manera en que un felino detrás de la maleza se agacha, aguardando el momento ideal para saltar sobre su presa. Todo es risa y diversión, un espejismo del que somos conscientes y que nos esforzamos por disimular a fin de que la soledad profunda desaparezca por completo, pues lo único que en verdad deseamos es no tener más la sensación de que somos seres incomprendidos que llegaron a este mundo sin saber cómo y que se irán sin haber comprendido nunca nada, o quizás sí: que estamos solos y que nadie renunciará del todo al cuidado de sí mismo en aras del de alguien más.
Los giros en la cama producidos por el insomnio, las caminatas silenciosas en la noche y las contemplaciones pavorosas de la turba que a nuestro alrededor desfila se acompañan siempre de esa consciencia de la soledad personal. Quizás ahora no lo hemos notado del todo, pero se hará patente minutos antes de que la cama de la agonía se convierta en el lecho mortuorio; ¿y llegado este punto, se resolverá el misterio de la vida? Quizás no, o quizás no haya nada que resolver, podría ser que incluso la vida, en sí misma, está tan sola como nosotros.
Son pocas las personas que se deciden a abordar el tema de la soledad profunda del ser con la seriedad que amerita, la mayoría cae en la tendencia a evitar el tema a fin de no sentir que las lágrimas se les resbalan por los ojos. En un punto íntimo estamos en verdad solos, ya se ha dicho antes, pues ni siquiera nosotros llegamos a entendernos totalmente, ¿cómo esperar, entonces, que los demás nos entiendan? La vida no es un valle de lágrimas, pero sí un páramo de soledad en el que, contrario a los pronósticos, se puede vivir bien, felices, con la observación de que la felicidad consiste más en saber estar solos y menos en estar con los demás. El samurai Miyamoto Musashi da cuenta de ello en su obra Dokkodo o El camino de la soledad, escrita en el año de 1645, y en la que mediante veintiún preceptos explica cómo aceptar la soledad; leamos:
«Acepta todo como es. No busques el placer por sí mismo. No dependas de un sentimiento parcial. Piensa ligeramente en ti y profundamente en el mundo. No tengas celos jamás de los demás, ni en bien ni en mal. No te arrepientas de lo que has hecho. Nunca te entristezcas por una separación. No reproches nada a ti mismo o a otros, no te quejes de ti mismo ni de los demás. No permitas que te guíe la lujuria o el amor. Gustos y aversiones, no tengas ninguno. Sea como fuere el lugar donde vives, jamás tengas ninguna objeción en su contra. No busques los platos más refinados para contentar el cuerpo. No te aferres a posesiones que ya no necesites. No actúes siguiendo costumbres o creencias. No seas tentado por ningún objeto. No temas a la muerte. No busques poseer bienes o riquezas en tu vejez. Respeta a los dioses, pero nunca pienses en depender de ellos. Puedes abandonar tu cuerpo, pero debes perseverar en el honor. Nunca te apartes del Camino.»
Musashi escribió los anteriores preceptos una semana antes de morir. Él estaba enfermo y, consciente de la soledad del ser, decidió vivir en una cueva en la que meditó hasta que el último de los soles cayó para él. En esencia, sus enseñanzas son: el mundo es como es y no como nosotros queremos que sea; el miedo a la muerte es absurdo; el placer y los bienes nos frustran; y la soledad, por ser nuestra esencia, es el único camino del que jamás podremos apartarnos.
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