Dice el alrevesado lugar común que “en veces se pierde ganando y en veces se gana perdiendo”. Aunque puede acusarse su uso sea de contentillo, “en veces” aplica sin que quepa “simonel” alguno. A dos semanas del conflicto armado en la Franja de Gaza entre las Fuerzas de Defensa Israelís (IDF) y las milicias de Harakat al-Muqawama al-Islamiya (Movimiento de Resistencia Islámica mejor conocido por el apócope “Hamas”) es claro que, tras el shock de la incursión a territorio israelí y predecible exigencia a su condena, la opinión pública internacional viró con igual o mayor energía contra el desproporcionado uso de la fuerza israelí devastando Gaza, como el señalamiento que los actos de barbarie en los territorios ocupados son engendros de las condiciones del aprisionamiento, cerco y acoso: ¡atrición!
Lo que es más, se duda, no en los extremos sino en posiciones centristas que el Mosad (HaMosad leModigin ule Tafkidim) y otros servicios de inteligencia imperialistas no hayan detectado el considerable movimiento de milicianos y materiales de cara al ataque. Para decirlo en términos que liberales y neocons reconocen, Israel y su lobby asentado en los Estados Unidos “han perdido el control de la narrativa” (sic) sobre Palestina. Para ello no es necesario recurrir a amañado y corrupto análisis de redes sociales, basta con apreciar las manifestaciones en las calles en cualquier ciudad civilizada del mundo y, sobre todo, el desquiciamiento de los grupos sionistas al respecto. Y entre la ruptura de la monolítica versión hollywoodense de buenos contra malos, colonos (vaqueros) contra nativos (sin ser “red-Indians” en la versión de Arafat), ha quedado al descubierto que los sionistas sólo hablan por ellos. No por la población judía dentro y fuera de Israel, no por los ciudadanos israelís, y mucho menos por las personas que se consideren “senti-pensantes”, de buena consciencia, o razonablemente moderadas. Aún más, el espantajo que cualquier crítica al Estado de Israel y sus políticas genocidas nos acreditan como anti-semitas parece ha perdido fuelle y ninguna operación de propaganda podrá devolvérselos, incluso ahí dónde ha sido usado como arma de intimidación masiva.
El despliegue de recursos del lobby sionista no es menor. Articulistas y liderzuelos de opinión, patronatos y notables por igual flexionan músculo no sólo en países imperialistas sino en las excolonias por igual. Amenazan, coaccionan y chantajean. Sea con fondos de inversiones, represalias veladas o abiertas, y en los casos más repugnantes diciéndose amenazados, pero en sí confirman la población informada y educada no está dispuesta a dejarlos tener una segunda campaña de terror en que desplacen a la población palestina de Gaza para el despojo y robo: “Nakba Reloaded”. La planeación y ejecución de la primera ha sido ampliamente documentada por historiadores israelís y la crítica más tenaz al genocida tratamiento contemporáneo de los palestinos se encuentra en el medio Haaretz de Tel Aviv, así como en su vibrante sociedad civil. La misma que ha sido amenazada por el gobierno de Likud con la prisión si continua su tarea “desmoralizante”. Es predecible que una nueva oleada de refuseniks entre las IDF marque la ofensiva terrestre, así como que los crímenes de guerra cometidos por ellas hagan insostenible el respaldo irrestricto de los imperialistas en el corto plazo.
Ante la devastación infligida queda por saber cómo se afectarán las relaciones en la región y con distintas áreas del mundo. Lo único cierto es que no parece sea posible recuperen ni el monopolio del sufrimiento ni el chantaje al respecto. Con atronadora elocuencia, la demanda de un estado palestino viable debe redefinir el mismo arreglo institucional de la sociedad política israelí y el estatus de los asentamientos. El “politicidio” iniciado por Sharon tras Sabra y Shatila y llevado al abismo por Netanyahu parece ha completado su círculo. Pueden ganar en el número de muertos y destrucción, perdiendo la escasa legitimidad de la que gozaban para actuar con impunidad. El crimen de guerra que es el ataque al Hospital Al Ahli del 17 de octubre con el chambón intento por negarlo exhibe la abyecta genuflexión de los apologistas acá, allá y acullá a los genocidas.









