Las personas llegan a nuestras vidas, nos alegran y enseñan, pero también se marchan, desaparecen o mueren. Lo anterior podría dar pie a pensar que la vida se resume a la siguiente máxima: Únicamente tienes este instante, aprovéchalo antes de que el tiempo te lo arrebate, y aprende a estar en soledad, pues, junto con la muerte, es la única certeza. Unos llegan, otros se van y en esta multitud vertiginosa, a pesar del hacinamiento, todos estamos completamente solos.
No se niega la posibilidad de una realización personal mediante la vía del amor, sin embargo, incluso cuando uno es partícipe de la experiencia amorosa, la cual parece colmarlo todo, el sentimiento de que una soledad profunda nos habita no desaparece. Esta soledad no es en un sentido físico, es decir, no es una soledad que se refiera a la falta de compañía y de personas a nuestro alrededor, sino más bien a una soledad del ser, la cual, por su naturaleza, sólo es accesible o medianamente conocida para quien la vive.
Cada quien porta con una soledad propia, la cual generalmente no es aceptada, por ello es que solemos caer en malas prácticas como la de buscar estar siempre distraídos, haciendo un gran esfuerzo de autoengaño que consiste en ocultar la soledad que de nacimiento traemos con nosotros, sin embargo, aunque parezca que la soledad ha partido, tan sólo ha disminuido su presencia, amenazando con volver cuando las distracciones hayan concluido y el enfrentamiento con uno mismo sea imposible de evadir.
La afirmación de que esencialmente estamos solos es irónica en tanto que la soledad se convierte en una compañera. Estamos solos, no estamos con nadie, salvo con nuestra soledad, la cual siempre nos acompaña y camina a nuestro lado de la misma manera en que nosotros lo hacemos, sin rumbo fijo. Podrá ser el caso de que nos hayamos planteado metas, objetivos, un camino a seguir, pero esencialmente la experiencia humana no es más que mera improvisación, por lo que resulta absurdo preocuparse en demasía por lo que nos ocurre. Cada quien está tan ocupado intentando distraerse para no hacer caso a su soledad que los problemas personales que tenemos, más allá de nosotros, a nadie le interesan.
El tema de la soledad del ser indudablemente está ligado al del sentido de la vida, y así como nuestra única compañía es la soledad, la única certeza de la vida es su falta de sentido. En verdad todo va hacia la nada, y en verdad nunca dejaremos de estar solos, pero a pesar de ello vale la pena la experiencia humana, pues en esa contradicción y vacío existencial es posible hallar momentos que deslumbran por un sentimiento de alegría.
Históricamente, han sido los poetas quienes más han no estudiado, sino experimentado la dimensión de la soledad. Todo poeta es siempre un marginal, de lo contrario no será poeta, sino un embaucador. El poeta es un marginal porque ve al mundo desde la dimensión de la emoción, en primer lugar, del instinto, en segundo, y de la razón, en tercero. El poeta, a diferencia del filósofo, no busca saber lo que es la vida, sino sentir lo que representa. En la cuestión de la soledad, el filósofo la asume como una oportunidad para escalar hacia la sabiduría o al fortalecimiento de su espíritu, pero el poeta ve a la soledad como una compañera invisible a la que uno puede hablarle sin que nunca nos responda, y que a pesar de que no la podemos ver, la podemos sentir. La soledad es para el poeta la presencia de lo ausente, mientras que para el filósofo la soledad es el ser en la nada.
La soledad da pie a que constantemente tengamos ideas, buenas o malas, no importa, pues a fin de cuentas estamos solos y nadie podrá verdaderamente escucharnos ni entendernos. La soledad es un silencio alimentado por el ruido del intelecto, el cual no cesa nunca de imaginar, de crear, de inventar, pero todo ello no son más que ilusiones que desaparecerán con la caída del cuerpo. La soledad es una experiencia que mitigamos con la invención de compañeros no humanos y que nos gusta imaginar con las propiedades de un atento auditorio, es decir, la soledad se suaviza con amigos imaginarios y esto lo saben los poetas. Veamos el caso de un poema chino del siglo VIII, el cual lleva el título “Libación solitaria bajo la luna” y que fue escrito por el poeta Li Po, considerado uno de los más importantes de todos los tiempos:
«Rodeado de flores, ante un jarro de vino, bebo solo, sin compañera. Alzo la copa, y convido a la luna. Ella, mi sombra y yo, venimos a ser tres amigos. Aunque la luna no puede beber, y mi sombra en vano sigue a mi persona, las tomo por transitorias compañías. ¡Divirtámonos, amigas, antes de que pase la primavera! Canto, mientras la luna pasea. Bailo, mientras mi sombra vacila. Antes de mi embriaguez, nos entretenemos juntos. Y cuando estoy ebrio, se deshace nuestra compañía. ¡Oh, luna! Serás mi inmortal amiga, nos veremos a menudo, a través de la Vía Láctea.»
Li Po perteneció a la aristocracia de su tiempo, pero, decepcionado de la podredumbre que la política de todos los tiempos representa, abandonó su círculo social para entregarse por entero a la vida lírica. Su motor fue el vino y sus compañeros fueron la luna y su sombra (ella también es nuestra fiel seguidora), quienes lo acompañaron hasta que la muerte apagó su llama. No hay certeza de cómo murió Li Po, pero circula la idea de que una noche, mientras bebía vino en un bote sobre el lago, quiso convidar al reflejo de la luna un poco de su alegre copa, cayendo al instante en agua y adentrándose en el reflejo de aquella luna, la cual, junto con la sombra, y como también ocurre con nosotros en esta soledad, fueron sus transitorias compañías.
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