Una de las características de la sociedad tecnologizada es la pérdida de valores trascendentes como la verdad, la belleza y lo sagrado. Hoy se vive para lo inmediato, para lo efímero y para lo superfluo. El hombre transmoderno supone que la tecnologización de sus quehaceres es directamente proporcional al progreso, pero la experiencia cotidiana nos demuestra lo contrario, pues la tecnología no solamente ha rebasado el uso adecuado que de ella podemos hacer, sino que, además, su desarrollo es tan rápido que estamos lejos de comprender su operación. Nuestra sociedad transmoderna cuenta con las mejores herramientas jamás creadas, pero la falta de genuinos ideales políticos, religiosos y sociales nos impide emplearlas.
Idealmente, las ciudades son espacios propicios para el desarrollo individual y social, de ahí que las grandes urbes sean anheladas e, incluso, veneradas, sin embargo, en la práctica las ciudades son sitios estériles y carentes de originalidad, pues sus procesos y caminos están automatizados a tal punto que sus habitantes, si bien son de carne, son semejantes a robots cumpliendo con una función específica. Irónicamente, las ciudades son necesarias, pues por ahora no estamos en condiciones de prescindir de ellas, sin embargo, esto no implica que de vez en cuando podamos nosotros, los transmodernos, abandonarlas no para desperdiciar nuestro tiempo en actividades vanas, sino para poner un alto temporal a la monotonía.
Las ciudades son espacios fríos y absolutamente desacralizados. No confundamos la presencia de templos religiosos con lo sagrado, pues aunque pareciera que son lo mismo, su naturaleza es opuesta, y esto es porque, aunque lo nieguen, toda religión está más preocupada por lo que pasa en este mundo material, que por la obtención de la dimensión inmaterial. A fin de cuentas, las religiones no son más que el antecedente de los partidos políticos, de ahí que durante siglos hayan ejercido el poder y administrado los recursos naturales y sociales a conveniencia; basta con poner atención en la disparidad que existe entre sus jerarcas y el modo de vida planteado en sus libros sagrados para percatarse de que su discurso es parcial y, particularmente, en contra del grueso de su comunidad, siendo el particular objetivo de las religiones: el dinero.
El tema de lo sagrado entre nosotros, los transmodernos, es complejo, pues pareciera que circula la idea de que todo aquello que está relacionado con lo divino está más que superado. Además, el pensamiento general en torno a lo sagrado es hoy en día preocupantemente deficiente, tan es así que no es posible mencionar la palabra “Dios” sin que venga de inmediato a la mente la idea de que este “Dios” es una emanación del cristianismo. Los transmodernos, debido a su entrega ciega a los medios de comunicación, son peligrosamente ignorantes, y se utiliza el adverbio “peligrosamente” porque los transmodernos han eliminado la mayoría de los límites, de tal suerte que se creen capaces de hablar de cualquier tema y con quien sea a pesar de carecer de toda instrucción formal o autodidacta.
Hablar de “Dios”, de lo divino, de lo sagrado es complejo, pero necesario. Complejo porque los transmodernos únicamente veneran a la tecnología (un símil del vellocino de oro), y necesario porque la transmodernidad se caracteriza por un vacío que permea hondamente en la existencia de los transmodernos, haciéndolos sentir insatisfechos, ansiosos, deprimidos, vacíos e infelices. ¿Pero por qué la ignorancia y tristeza de los transmodernos es cada vez mayor? ¿No se supone que a mayor tecnología, mayor progreso y, por ende, mayor desarrollo? La realidad nos dice que no es así y podríamos añadir que si los transmodernos han caído en un vacío existencial mayor que el del siglo XIX, cuya característica fue el tedio, es porque actualmente el transmoderno está absolutamente enajenado, es decir, fuera de sí mismo y fuera del mundo.
La experiencia histórica nos deja ver que cada una de las épocas por las que nuestra especie ha avanzado se caracteriza por una constante en sus subidas y bajadas, es decir, por su tendencia a ir del fracaso al esplendor y de éste de vuelta al fracaso sucesivamente. En la historia, como en la realidad, nada es estático, sino que todo se mueve y si bien la característica de la transmodernidad es su alejamiento de lo sagrado, no tardará en llegar el periodo en el que nuevamente se retorne a la búsqueda de lo imperecedero y, con ello, a la reconquista de los valores trascendentes, para después, nuevamente, ceder ante un estado de apatía semejante, o peor, al que actualmente experimentamos.
Necesario es aclarar que la vuelta a lo sagrado no tiene nada que ver con la práctica de ninguna religión, pues como ya se mencionó anteriormente, las religiones no son más que aparatos de control y de sometimiento poblacional que poco o nada saben del amor al prójimo, del desprendimiento de las vanidades y del triunfo del espíritu sobre la materia. La vuelta a lo sagrado que pronto veremos manifestarse entre los transmodernos con la renuncia parcial o total a las dinámicas urbanas será más en el sentido que el filósofo Jean Jacques Wunenburger menciona en su obra Lo sagrado: «Lo sagrado se vincula a sentimientos que oscilan entre el entusiasmo y la paz serena. La conciencia se da cuenta de que forma parte de algo más grande que ella, esto se llama lo numinoso y es lo sagrado. Lo numinoso es “todo lo otro”. Lo numinoso se extiende entonces desde la reacción frente a lo horrible hasta aquella frente a lo sublime, es una pareja de sentimientos de atracción y de repulsión, de placer y de pena.»
Lo numinoso es lo sagrado. ¿Pero específicamente qué es lo sagrado? Nadie puede decirlo, ni siquiera las religiones, porque al ser lo sagrado eterno, se hace inmediatamente indefinible, pues lo eterno, lo que es infinito, no cabe en un lenguaje limitado, de ahí que los antiguos dijeran frecuentemente que “todo lo que puedas decir de Dios, no es Dios”, y es que a lo sagrado no se le define, sino que se le experimenta desde lo que es: todo lo otro.
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