La semana que termina ha prodigado actos de miseria que retan a la imaginación, obligándonos a ajustar nuestras expectativas sobre lo político. Entre la operación de limpieza étnica en marcha en Gaza y Cisjordania en Palestina (una segunda nakba) y la carroña política tras el paso del huracán Otis por Acapulco, escasea la discusión razonable, cerrándose los horizontes civilizatorios. El primer caso pasará de medirse en semanas a meses y quizás años, pero ha cruzado ya el punto de no retorno. El respaldo incondicional de los imperialistas a los sionistas, suspendiendo garantías individuales en sus países, carece de precedentes. La amenaza a los colegios y universidades en Estados Unidos donde haya protestas contra los crímenes de guerra israelís es la punta del témpano. Ciudadanos responsables y moderados han perdido sus empleos simplemente por expresar su repudio a los ataques contra civiles. Bajo el pretexto del antisemitismo es permisible intimidar desde gobiernos y empresas a la consciencia y discusión pública. No importa que dentro de Israel el mismo debate mantenga idénticas coordenadas de condena al intento de borrar la separación entre combatientes y poblaciones civiles. Se trata de imponer un régimen de terror. En sí el caso de Norman Finkelstein, académico judío neoyorquino, es el modelo usado. Tratándose del intelectual público más consistente contra el régimen de Apartheid y los usos ilegítimos del Holocausto, han mostrado los costos de desafiar al poder “cancelándolo” desde endenantes.
El segundo también ocupará discusiones por lo que resta del año, el siguiente y varios más. Evidenció que “caquistocracia” (el gobierno de los peores) no es ni ofensa ni agravio en México sino la simple definición de la coalición gobernante. Cosa que no quiere decir las oposiciones sean mejores en absolutamente nada. Con la información del servicio meteorológico estadounidense pudo haberse hecho más que el patético Tweet presidencial para curarse en salud.
Mínimamente la capitanía de puerto pudo haber impedido la salida de embarcaciones pesqueras y buscado el regreso de las que estaban en alta mar. Fueron más de doce horas, señalándose hasta treinta y seis con las que se sabía las condiciones empeorarían gravemente, pero se condenó a docenas de tripulaciones a una muerte previsible. Ciertamente una evacuación masiva está fuera de las capacidades de los gobiernos local y federal. Sin embargo, pudieron habilitarse albergues y planes de contingencia.
Posteriormente se probaría que los mismos podrían ser inservibles, dada la corrupción de las constructoras y órganos de gobiernos responsables de aprobarlas sin códigos apropiados ni supervisión, pero en sí se dejó que el huracán desnudase la abyección que todos comparten. No sólo en Punta Diamante y otros desarrollos relativamente recientes, también en la ausencia de cualquier atlas de riesgos (por considerarse superfluo o pleonásmico para las favelas). Más allá del deterioro histórico de Acapulco está el hecho que sacar raja política es lo relevante frente a los estragos. Partidos y gobiernos, supuestos representantes de la sociedad civil y en sí cualquier grupo goza de la oportunidad de atacar a sus enemigos mientras reclama falsas posiciones de superioridad moral. Es un espectáculo en que todos perdemos, sin otra posibilidad que simular mientras se fraguan fraudes.
Tanto el cese al fuego en el primer caso como la reconstrucción ordenada del segundo son reclamos que sabemos no está en el interés de los liderazgos políticos internacionales ni nacionales (suponiendo los hay). En el primer caso, hay planes en marcha para el traslado de la población palestina a Egipto y de ahí a países mediterráneos y hasta Canadá. Sin duda fracasará, pero eso no impedirá se intente. En el segundo se abre la oportunidad de concentrar la propiedad y beneficios del sector turístico sobre la emergente oligarquía prohijada por el régimen, desplazando a la población sobrante a otras partes del país o como parte de las olas migratorias a los Estados Unidos. Aquí el éxito de la operación garantiza desgracias venideras. En ambos casos las poblaciones son consideradas “residuales” y así serán tratadas. En sí eso no es nuevo, sí el cinismo con que se están manejando. Ambos procesos modifican los referentes de lo tolerable, abriendo nuevos sótanos de la miseria. Todos pagaremos sus consecuencias en la inmiseración de la vida púbica.









