La sobrevaloración que nuestra sociedad hace de la juventud ha colocado a los viejos en una situación desfavorable, tan es así que la misma palabra “viejo” suele ser considerada ofensiva, cuando, todo lo contrario, debería de ser motivo de orgullo debido a los años de experiencia, y por ende de conocimiento, que un viejo lleva a cuestas. “Adultos mayores” y “abuelitos” son los eufemismos más frecuentes en uso cuando se quiere evitar la palabra “viejo”. Caso contrario sucede con la palabra “joven”, la cual, salvo en contadas excepciones, no es considerada ofensiva, sino, antes bien, motivo de celebración, a pesar de que el joven, si bien es rico en salud y en fuerza física, es pobre en experiencia y en conocimiento. No se puede tener todo en la vida.
El culto que nuestra sociedad le rinde a la juventud, al tiempo que practica un hipócrita desprecio a la vejez, es observable en ámbitos como los medios de comunicación, la publicidad y la mercadotecnia, principalmente, en la que observamos jóvenes que suponen que siempre serán jóvenes y viejos que se niegan a aceptar que son viejos. El culto a la juventud lo observamos además en la infantilización que tanto pesa a nuestra sociedad con adultos que rebasan los veinte años de edad, incluso los treinta o más, y que siguen gastando su dinero en juguetes y ocios propios de niños y adolescentes. Los adultos “jóvenes” de hoy (expresión antagonista de “adultos mayores”) son incapaces de tener una vida estable y no es tanto por el desigual sistema económico en el que estamos inmersos, sino por su afán de seguir comportándose como niños.
Ser viejo, en una sociedad de consumo, materialista y superficial como la nuestra no es fácil, pues los jóvenes, aparentemente, tienen la delantera en todos los ámbitos, sin embargo, si hoy en día la condición juvenil se halla tan privilegiada no es tanto por su salud ni su fuerza, sino por la facilidad de su manipulación, y es que un joven, a diferencia de un viejo, es más fácil de engañar a fin de satisfacer oscuros intereses de algunos otros (jóvenes y viejos) que han sabido sacar ventaja de los estereotipos y prejuicios que nos gobiernan. Muestra de lo anterior es el medio político, el cual cada vez cuenta con perfiles más jóvenes e inexpertos que lejos de buscar el bien social, se empeñan en perseguir el bien personal. Lo anterior, en parte, explica la desigualdad e injusticia en la que vivimos, pues un joven, a diferencia de un viejo, no sólo podría estar en desventaja en cuanto a conocimiento histórico del presente y del pasado se refiere, sino aún también, en cuanto al trato prudente de sus semejantes, prudencia que sólo con el tiempo se gana, no hay otra forma, pues no hay escuela más severa y útil que la del error.
Indudablemente, la sangre joven siempre es necesaria para evitar que la maquinaria social se atrofie con las ideas de quienes son incapaces de comprender los cambios del mundo, sin embargo, es imprescindible comprender y recordar lo que la historia de nuestra especie tiene para enseñarnos. Siguiendo con el ejemplo de la política, veamos lo que ocurrió con el imperio romano, el cual cayó, en parte, por reconocer como gobernantes a césares jóvenes como Calígula y Nerón, así como por aceptar en el senado a hombres jóvenes, lo cual es una contradicción, pues la palabra “senado” y “senador” significan “viejo”.
Pero este desprecio hacia los viejos que vivimos hoy en día no es reciente, sino que ya desde hace algunos siglos (del XVIII y a la fecha) los viejos han ido perdiendo posibilidades en sociedades cada vez más tecnificadas y tecnologizadas como la nuestra. Un ejemplo de lo anterior lo hallamos en el cuento “Los músicos de Bremen”, el cual fue recopilado por los Hermanos Grimm en el año de 1819 y que, en resumidas cuentas, trata de lo siguiente: Un labrador quiso matar a un asno que tenía debido a que éste era viejo y ya no servía para trabajar. El asno, a fin de salvar su vida, huyó de la granja y se dirigió a Bremen para convertirse en músico. En el camino, el asno se encontró con un perro, un gato y un gallo que por ser también viejos iban a ser asesinados por sus dueños. El asno convenció a los animales de unirse a él y de viajar rumbo a Bremen para convertirse en músicos, lo cual todos aceptaron. Por la noche, los animales se encontraron una casa en la que vivían unos ladrones, a los que los animales decidieron espantar a fin de poder entrar a la casa y comerse los alimentos. Los animales se encimaron uno sobre otro, entraron a la casa fingiendo ser un monstruo, los ladrones se fueron y los animales se quedaron en la casa, sin que se explique si siguieron rumbo a Bremen o no.
Si bien los cuentos de los hermanos Grimm hoy son considerados como literatura infantil, es preciso aclarar que, en principio, eran relatos para adultos debido al sentido moral que contienen y es que los niños no fueron considerados un sector importante sino hasta mediados del siglo XX, cuando el capitalismo vio en ellos una oportunidad para incrementar la riqueza de los monopolios. Volviendo al sentido moral del cuento, es preciso rescatar ideas como que los animales van a ser asesinados debido a que son viejos y ya no sirven para trabajar; ¿y acaso no es esto lo que de alguna manera hoy en día ocurre con nuestros viejos, quienes en ocasiones son considerados como una carga? ¿Qué fue del respeto que en el pasado se tuvo por los ancianos, quienes eran vistos como figuras de autoridad y de conocimiento?
Otro aspecto relevante del cuento es que el burro, el perro, el gato y el gallo podrían ser simbólicos de la razón, la experiencia, la inteligencia y la dignidad, cualidades que son más propias de los viejos que de los jóvenes y si bien los diálogos son escasos, vale la pena rescatar unas palabras que el asno le dice al gallo: «Cresta roja, vente con nosotros a Bremen; en cualquier parte encontrarás una cosa algo mejor que la muerte».
La juventud y la vejez son etapas de la vida, una no existe sin la otra. Enfrentarlas nos ha llevado a ser una sociedad frustrada por el paso del tiempo. ¿Qué hacer para reivindicar a nuestros viejos y aleccionar a nuestros jóvenes? Debe haber algo mejor que la muerte.
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