Cambiar es, de alguna manera, morir, pues al cambiar dejamos de ser lo que somos, mejor dicho, lo que creemos que somos. El ser humano no es el mismo durante toda su vida, pues se mantiene en una interminable espiral de cambios, aunque es cierto que algo en él se mantiene incorruptible, la esencia, por decirlo de alguna manera, la cual es en sí misma indefinible.
Cambiamos cuando hemos tocado fondo, cuando hemos visto de frente el rostro del error, pero también cuando nos aburrimos de la condición en la que estamos y aspiramos a algo nuevo, algo que no necesariamente será mejor que lo que ahora mismo tenemos. El cambio es natural, pues todo, ahora mismo, se mueve sin cesar y ese movimiento es en sí mismo un cambio. Nos movemos en contra de nuestra voluntad (lo hacen el corazón, la respiración y las células que se nos desprenden en forma de polvo), pero cambiamos por voluntad propia, aún cuando esa voluntad sea forzada y condicionada.
Cambiamos cuando nos damos cuenta de que hay algo más, otra forma de ser y de estar en el mundo. Todo cambio implica un conocimiento, verídico o no, pero algo sabemos y por ello es que cambiamos, desde los más trivial hasta lo más profundo, pero todo cambia: la ropa, los muebles, los días, nuestros gustos, deseos, aspiraciones, el estado de compañía y de soledad; incluso después de muerto nuestro cuerpo sigue cambiando, la metamorfósis que en un punto ignoto comenzó avanza de transformación a transformación sin cesar y hasta el final de los tiempos. Morimos y el cuerpo cambia, se desintegra en materia pútrida que es aprovechada por la tierra, por los insectos, por las bacterias, siendo todo ello materia también en perpetuo cambio.
De todos los cambios que puede el ser humano experimentar es el de la muerte el más difícil, no ya de entender, sino de aceptar. La muerte puede ser física, como la del cuerpo, o simbólica, como la de la ausencia, no importa, al final nos es difícil aceptar que aquella persona a la que estábamos tan acostumbrados, para bien o para mal, de un momento a otro desaparezca. Y con este cambio que va del estar al no estar nosotros mismos también cambiamos: nos afligimos, nos deprimimos, nos desesperamos, nos rendimos o, quizás, nos alegramos, pues hay muertes que por supuesto pueden ser jubilosas, y no por una cuestión egoísta, sino, antes bien, de comprensión profunda de los cambios a que la existencia está sujeta sin que nuestra voluntad pueda mediar en ello.
Aceptar que todo cambia es el primer paso hacia la tranquilidad.
Todos los días cambiamos, hoy no somos los mismos de ayer, ni somos los mismos que seremos mañana, de hecho, tampoco somos los mismos que éramos hace unas horas cuando nos limpiábamos el sueño de los ojos. Los cambios más grandes son los imperceptibles, los silenciosos, los que no se ven, sino hasta que la situación o estado de las cosas avanza hacia una transformación irreversible, por ejemplo: las enfermedades silenciosas que generalmente acelerarán la venida de la muerte, pero también los estados de consciencia mayores, pues todo cambia al mismo tiempo tanto para nuestro bien como para nuestro mal, pero como solemos caer en el error de ver sólo un aspecto de la realidad y no su variedad de posibilidades es que no nos damos cuenta de que al mismo tiempo que somos pobres en un sentido, somos ricos en otro.
El ser humano es complejo porque todo el tiempo está cambiando. Cambia en lo intelectual, con sus ideas; cambia en lo emocional, con lo que siente; cambia en lo sexual, con lo que desea; y cambia en lo físico, con lo que aparenta. Todo el tiempo estamos cambiando en diferentes aspectos y direcciones, y cambiamos tanto que a veces ni siquiera nosotros mismos nos entendemos, pues es más de una entidad la que nos habita. Lo anterior podemos corroborarlo recordando momentos en los que queremos hacer algo que sabemos que no nos conviene, pues mientras que una parte de nosotros (¿cuál y en dónde está?) dice que sí, otra, dice que no.
Además del componente orgánico que nos da un lugar en este mundo físico, hay otro aspecto espiritual que nos arraiga en una dimensión metafísica, algunos dirán que es la dimensión de las ideas y otros creerán que es la de la divinidad, es decir, la de lo temporal y eterno y que de manera económica llamamos “Dios”, “ángeles”, “demonios”, “espíritus” y cuya principal señal de cambio es que no se pueden tocar, aunque sí percibir. A diferencia de los seres humanos, estas entidades divinas no cambian, pues habitan en la región de lo eterno.
La eternidad y sus entidades es fija, mientras que la mortalidad es proteica, siempre cambia. En este entendido, ¿es posible que las entidades divinas se entiendan con las humanas? En el Tercer libro de Enoc, que es un texto profético escrito hacia el siglo III a. C., podemos leer: «Los más Altos Espíritus delante del Trono, no podrán jamás saber qué es ser un hombre, hasta que hayan tomado sobre sí la condición de un hombre y experimentado todas las fases del pensamiento de un hombre; por lo tanto, y para este fin, por libre voluntad este Árbol del Conocimiento crece allí. Cualquiera que desee alterar su condición, pruebe de este fruto y será hecho. Dios es el Difusor de Amor, también de Vida y de Belleza, pero si la Muerte no viene y hace un cambio, aún estos bienes podrían desgastarse al final.»
El supuesto texto del profeta Enoc está basado en el libro del Génesis y expone bien la importancia del cambio. Cambiar duele, pero es tan difícil e incómodo como necesario. El cambio es una forma de la muerte, pero al mismo tiempo la muerte es una forma de la regeneración. ¿Nos encontramos en una situación desfavorable y deseamos cambiar hacia el amor, la vida y la belleza? Entonces es preciso equivocarnos recordando que la grandeza que tenemos, a diferencia de las divinidades, es que nosotros sí podemos cambiar gracias a que somos conscientes de la necesidad de la caída.
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