Seguramente a una considerable mayoría le ha ocurrido que luego de conseguir el empleo esperado, la relación emocional soñada o algún otro bien deseado siente una inmensa plenitud que más pronto que tarde termina convertida en una sensación de vacío, y así, el empleo esperado se transforma en un pesar rutinario, la relación emocional en una monotonía asfixiante y el bien deseado en una carga insoportable que le resta a la vida cualquier sentido posible.
El ser humano es un animal difícil de complacer y esto es porque necesita algo más que alimento para su cuerpo, necesita sentir que está vivo y esta necesidad suele satisfacerla a través de una incesante búsqueda del placer, pero tan pronto como éste se consigue, desaparece y entonces la búsqueda se extiende más y más, hasta niveles obsesivos. Somos animales, sí, pero al mismo tiempo pareciera que estamos más allá de la naturaleza, o al menos, de las exigencias fundamentales de la supervivencia y por ello es que no comemos sólo por hambre, sino que también por placer; y nuestras relaciones sexuales no son meramente reproductivas, sino que persiguen también el placer; lo mismo ocurre cuando dormimos más de la cuenta, cuando alteramos nuestras funciones con algún tipo de droga, cuando incrementamos nuestro guardarropa con los estilos de la temporada y cuando practicamos, en fin, todo aquello que nos haga sentir superiores, de alguna manera, con respecto a los demás. Difícilmente estamos satisfechos con lo que tenemos y hemos logrado, y por ello es que un vacío nos acongoja.
El riesgo que implica el estado de insatisfacción y de vacío es que existe y forma parte de nosotros de manera inconsciente, es decir que uno podría estar durante años en el mismo empleo rutinario, relación emocional asfixiante y búsqueda del insoportable placer sin darse cuenta de que la vida se está escapando y que nosotros, lenta y silenciosamente, nos vamos haciendo más y más viejos, vejez que no sería contraproducente si fuera fruto de un transcurrir consciente del tiempo, pero, cuando la vejez nos sorprende luego de que hemos pasado nuestros días metafóricamente dormidos, descubrimos con tristeza que ya es tarde para remediar las cosas.
Abandonar el estado de insatisfacción y de vacío teóricamente es sencillo, pues bastaría con cambiar los malos hábitos por otros buenos que nos permitan desarrollarnos, pero en la práctica no es tan simple, pues irónicamente aquello que nos hace daño, que nos lastima y que nos arruina se hace tan conocido para nosotros que hayamos cierta comodidad permaneciendo en ese estado de miseria, sobre todo porque nos da la oportunidad de victimizarnos y de culpar a los demás por lo mal que estamos.
Cambiar en favor de uno mismo no se puede hacer sin terminar los lazos que mantenemos con las personas de nuestro entorno, incluida la familia, y por ello es que la mayoría terminará sus días con una sensación de insatisfacción y de vacío, porque no es fácil poner límites a lo que nos hace daño, sobre todo a la familia, pues la costumbre nos dice que la institución familiar está por encima de todo, aún cuando ésta sea perniciosa, lo cual de ninguna manera puede ser tomado como cierto, pues lo único que se sobrepone a todo es el bien.
Toda persona que sufre lo hace porque esencialmente vive hacia afuera de sí misma, y como todo lo que está afuera de uno mismo solamente puede ser percibido por los sentidos, es esencialmente un espejismo, pues el mundo que conocemos no es el mundo que es, sino el que creemos que es y esto ocurre porque nuestros sentidos son imperfectos y desde esta imperfección perciben las sensaciones que nosotros damos por verdaderas. A diferencia de quien vive hacia afuera, quien se da el tiempo para vivir también hacia adentro tiene más posibilidades de salir del estado de insatisfacción y de vacío que hoy caracteriza a la mayoría de las personas, las cuales suponen que viven porque cada mañana abren sus ojos para cumplir con sus pendientes, sin embargo, una vida que dependa del automatismo no es realmente una vida.
Vivir hacia afuera de uno mismo es tan importante como vivir hacia adentro de uno mismo. La vida hacia afuera nos garantiza el mantenimiento del cuerpo que habitamos, mientras que la vida hacia adentro asegura la fortaleza del espíritu que dota a nuestros actos de un valor trascendente. La vida hacia afuera se desarrolla mediante el diálogo con quienes nos rodean, ya sea éste para conseguir o mantener un empleo, una relación emocional o algún tipo de placer; por otro lado, la vida interior se consigue a partir de un diálogo con uno mismo en el que se cuestionan los actos y pensamientos realizados y por alcanzar.
En síntesis, la vida exterior es la vida de los sentidos, mientras que la vida interior es la vida de la meditación, y mientras que a la primera la caracteriza su multiplicidad de voces, a la segunda la identifica la quietud de su silencio. Lo anterior lo explica la filósofa Alice Ann Bailey, practicante de la teosofía, en unas cartas que le dirigió al maestro tibetano Djwhal Khul y que fueron recopiladas, en la segunda década del siglo XX, bajo el título Cartas sobre Meditación Ocultista; leamos un fragmento:
«El hombre, en la actualidad, está dedicado a muchas actividades y polarizado en sus emociones y creencias. Mientras haya esa polarización, nunca sentiremos la necesidad de meditar, pues esta necesidad llega hasta que hemos sufrido y sondeado las profundidades de la vida, hallando que todo lo mundano ya no nos satisface. Entonces comenzamos a dirigir nuestro pensamiento a otras cosas: a aspirar a lo desconocido. En ese momento nos dirigimos internamente a buscar la fuente de nuestro origen. Es entonces cuando empezamos a meditar hasta que recogemos el fruto de la meditación, el cual no es otro que el de la autorrealización.»
La práctica de la meditación en un mundo consumista y acostumbrado a la victimización es casi imposible para la mayoría de nosotros, pues no solamente estamos acostumbrados, sino que además convencidos de que la vida hacia afuera es la única que tiene valor, sin embargo, en el fondo sabemos que estamos vacíos porque nos negamos a aspirar a lo desconocido.
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