La sidra, esa bebida efervescente que deleita los paladares alrededor del mundo, tiene un profundo arraigo en la historia de Puebla. Su origen se remonta a tiempos antiguos, cuando los primeros colonizadores españoles introdujeron la tradición de la elaboración de esta bebida a partir de manzanas.
Durante el siglo XVII la sidra se consolidó como parte fundamental de la cultura poblana. Los colonos, que buscaron replicar las tradiciones europeas, importaron manzanos de distintas variedades para iniciar la producción local.
Gracias a las condiciones climáticas de Puebla, con el tiempo, el cultivo de las manzanas fue un éxito.
La sidra como industria y herencia cultural
Municipios como Zacatlán y Huejotzingo se han convertido en un importante centro de producción de sidra, contribuyendo significativamente a la economía local y consolidando su posición como un referente en la industria.
En 1920, las pequeñas haciendas y casas de campo eran los epicentros de la producción, llevando a cabo procesos artesanales que caracterizan la bebida con sabores genuinos como la pera, durazno, maracuyá y por supuesto, la tradicional manzana.
Con el tiempo, la industrialización y la mejora de las técnicas de producción permitieron un aumento significativo en la capacidad de elaboración de sidra.

Grandes empresas y pequeños productores se sumaron a esta tradición, creando una variada gama de sidras, desde las dulces y afrutadas hasta las secas y robustas.
A pesar de la innovación, la industria sigue transmitiendo como parte de una cuestión cultural de generación en generación.
Datos recientes indican que la sidra poblana ha ganado reconocimiento no solo a nivel nacional, sino también internacional.
Además, las bodegas y productores locales continúan perfeccionando sus técnicas, experimentando con nuevas variedades de manzanas y preservando la autenticidad que ha caracterizado a la sidra poblana a lo largo de los siglos.
Fotos: Mireya Novo / Agencia Enfoque









