Uno de los venablos más socorridos para la elección del 2024 será la pertenencia o no a “la izquierda”. De hecho, la coalición de derecha del PRIAN usa a los residuos del PRD como pátina para malinformar sobre una alianza con lo que pudo haber representado el ímpetu del Frente Democrático Nacional, desde la campaña y crisis política del 88 hasta su debacle sectaria tras la enajenación del YoSoy132 en 2012, y secuelas. Así, más de un vivaracho y dicharachero pandit atrapado en sus chorradas ha planteado que su candidata a la elección presidencial actual es de izquierda sólo por el infundio interseccional que es “mujer indígena”, vendió gelatinas, y tuvo un padre alcohólico. Así de abyecto es su cretinismo. Uno supone eso dentro de la misma derecha la colocaría como sujeto de caridad cristiana, sea en las Comunidades Eclesiales de Base o misiones, pero al parecer hay más dignidad incluso en ordenes de esclavistas, mitómanos, pederastas y lavadores de dinero que en ambos partidos políticos y quién los regentea.
Queda así la pregunta de por qué el atavismo si en el mismísimo 2000, año de la consumación del matrimonio entre doña sociedad civil y el falo político, lográndose la tan ansiada “transición política en alternancia,” se decretó como superado el eje de izquierda/derecha. El Chero vencedor se ufanaba en su ignorancia de llamar como “jacobinismo trasnochado” a cualquier iniciativa de mínima compensación presupuestaria y política “progre”. Recordar tan desternillantes excesos del impresentable tiene sentido pues tanto de ahí procede el “cuarto de guerra” de la candidata actual de la derecha como que la misma vida política del personaje comienza ahí. Idénticamente, la banca, porra y pandilla de la candidata de la coalición gobernante se dice creció en la única facción del FDN y PRD que nunca militó en el PRI, sino que puede mostrar sus blasones de guerra izquierdosos (con pedigríes del 36 al 45) desde el 68 hasta innegablemente el CEU (del pase automático) y (en ambos) las becas al extranjero como premio a la disidencia y homenaje al exilio (uno madre y otros padroteados). De tan bajo proceder es que les es dable cancelarlas para quienes podrían merecerlas. Su máxima es siempre ya “la mediocridad prevalece” y así la champan. Por ende, es menester volver a preguntarnos qué quiere decir ser de izquierda en el presente independientemente de cómo se fije, siendo el 68, 94, y 18 las fechas a fetichizar.
Antes de responder debe recordarse que el término es una herencia de la revolución francesa. Los que apoyaban al rey e iglesia en la Asamblea se sentaban a la derecha (del padre) para emitir su voto. Los inconformes y detractores, malquerientes e inadaptados, a la izquierda (madrota). Lógicamente siendo el francés lengua romance “diestra y siniestra” son parte del repertorio entre esgrimistas frustrados porque la derecha tenía a las mejores espadas del reino. Así la “gauche” tendría sus significados sensuales y de transgresión burguesa en francés y de torpeza, desmañado, e impudicia en inglés. Con ambos se llenan los epítetos “rojo” en España y “zurdo” en Argentina. En México nunca llegamos a consolidar uno por más que hoy día se confunda “chairo” olvidando su puñetera etimología. Posteriormente bajo el poder bolchevique se separaría a “esa enfermedad infantil” de la militancia probada en el asalto al poder, quedando como recurso crítico para simpatizantes dentro de la esfera sociocultural en occidente antes que convencidos de la solución político-militar. Sería hasta el “flower power” y demás extravíos sesentayocheros que de Paris y Praga a Berkeley y Sao Paulo pues en Ciudad del Cabo y México hubo ofrendas de sangre, se actualizase en contacto con los derechos civiles y agendas “progres”. Esto es en tanto máscara ideológica del liberalismo y culpa blanca ahí dónde existe.
Así en los setenta y ochenta del siglo pasado irá tomando forma en diálogo con “Die Grüen” en la República Federal Alemana, “la nueva izquierda” franchute y “Solidarnosc” en Polonia socialista, por un lado, las luchas contra el racismo en los Estados Unidos y la mancomunidad británica, el feminismo académico del Atlántico Norte y las luchas universales por la liberación homosexual por el otro. De sus diálogos emergen las agendas con qué saturar el espacio político de izquierda desde el 94. Rechazada la opción guerrillera en el “tercer mundo” (o “sur global”), salvo en el Sur de Asía y los Himalayas, se opta por el gradualismo electoral e institucional como nueva tradición política inventada. En el caso mexicano, la mojigatería con que el movimiento zapatista se presenta y es adoptado pone fin a los ímpetus libertarios que definían también a la subgeneración CEUista de la UNAM. En su lugar la agenda caritativa de misiones es la principal apuesta vía ONGs con que se canaliza dinero público a la iglesia católica, emproblemada ante “el avance del protestantismo”, al tiempo que se abren diálogos sobre violencia de género, la primitiva legislación respecto al aborto, y el estatus de las uniones entre parejas del mismo sexo. Siendo asuntos de simple decencia política, condicionan gazmoñamente tanto la simpatía por el derrotado alzamiento armado, hecho chantaje racista, hasta la formación de un movimiento político que toma las mismas banderas lumpen de “la morenita”.
De ahí pues que sí es relevante cómo romper este impase y confusión con agendas y propuestas de izquierda. Destacan tres “focos rojos” contra los que ha sido particularmente reacio tanto el bloque del PRIAN como, sobre todo, el soberano (“aquel que decide sobre el estado de excepción”) que rompió el sistema de partidos. Estas son el matrimonio igualitario y la agenda de la diversidad, incluyendo la discusión trans, la despenalización total del aborto sin importar el número de semanas de gestación (tal y como Roe Vs Wade estipulaba), así como la del consumo lúdico de la mariguana y otras plantas que apócrifamente algunos llaman “enteógenos” (sic[k]), mientras se regulan artículos de placer de síntesis química. La izquierda no ha de ser simple política de “reducción del daño” ni tampoco máquina político-electorera que compre votos por mecanismos clientelares de transferencias condicionadas de efectivo. Menos aún conspiración racista dedicada al “brownwashing”.
Es en sí relevante más allá de la pose y como significante vacío a usar incluso por la derecha gormondia y también para exigir a quiénes de izquierdosos se disfrazan llenen y persuadan. Nadie espera ni a Robespierre ni a Lenin, tampoco a Castro o Mandela, cuantimenos a Rosa Luxemburgo o Haydée (Yeyé) Santamaria. Acaso, que se hagan responsables de las historias que sobre sí mismos cuentan, sobre las cuales se proyectan y con las que creen engañan a un electorado tan pero tan brutalizado que no espera nada (pero repite retardatariamente “fosfo-fosfo” como inhalando de “una bolsa de Resistol).









