El fenómeno conocido como “las mareas”, en que una multitud de ciudadanos se moviliza en torno a una demanda particular contra el gobierno es un fenómeno de la década pasada (2011-2020). Si bien se le pueden encontrar antecedentes relevantes, informando las formas específicas de protesta social y manifestación, desde “la revolución cultural” del 68 y otras tanto menos fetichizadas, el hecho es que surgieron en esa década. Un elemento banal fue el que los manifestantes eligiesen un color de forma arbitraria para un asunto de protesta. Suele darse al movimiento de “los indignados” o 15M (por el 15 de mayo madrileño del 2011) la autoría de esta tendencia escolar y pueril, pero si bien su papel fue destacado en la Comunidad de Madrid (donde los podemitas alumnos de Laclau estudiaron), lograrían irse sazonando sin precisar de su dirección por el resto del reino. Así hubo mareas verdes por la educación pública y marea blanca por la “sanidad” (salud), violeta por la igualdad, roja por el empleo de calidad, y naranja por servicios sociales. Dada la muy nutrida experiencia de protesta en Argentina y Chile, contra la impunidad de las dictaduras, cuando se trasladaron allá adquirieron los elementos del “escarche” y “funado”. Tarde, que los niñatos culicagados del “yo soy 132” no lograron apropiárselas, pero las mareas se importaron a México por sus clases compradoras. Destaca sobre todo la secuencia que sigue al ocho de marzo (omitiendo su carácter “rojo”) yéndose hasta el 10 y 11 con distintos giros y acentos que diluyen la igualdad de género en el madroteo sororo de convento y vela perpetua.
El último año y fracción ese ejemplo se adoptó para lo que comenzó como defensa del Instituto Nacional Electoral (INE). Como tal unos identifican la “marea rosa” con la quintaesencia de la sociedad civil. Otros denuestan son manifestaciones reaccionarias a favor del viejo sistema de partidos y corrupción. Es decir, como otra pantalla filo-panista disfrazada de sociedad civil. Más que optar entre una y otra, el debate que abren es relevante porque teniendo los elementos de las mareas españolas (defender un bien público) y de las sudamericanas (confrontarse contra la autoridad en forma de repudio), suman el elemento mexicano del presidencialismo. Son así, un fenómeno que, del 13 de noviembre del 2022, pasando por el 26 de febrero del 2023 y hasta el 18 de febrero del 2024, muestra el descontento y agravio que causa el presidente López Obrador a una minoría vocal que encuentra unidad al denostarlo. De defender al INE (22) a oponerse al plan B del presidente (23) se ha llegado a defenestrarlo como “narco” (24).
Indudablemente todo el proceso converge con el electoral y busca alterar su resultado. De entrada, se centró que se diese una sola candidatura de oposición, pero Movimiento Ciudadano ha decidido mimetizarse con su lenón en el esquirolaje. De cualquier manera, la Marea Rosa está identificada con el voto de rechazo al presidente actual sin tener que identificarse con ninguno de los tres partidos con que se integra la coalición opositora. Sería reaccionaria si morena y su coalición fuesen progresistas, pero bien sabemos se trata de la misma gata revolcada en uno y otro caso. Para sus mascaradas, sainetes y farsas han decidido optar por otros nombres como la que dicotomiza a populistas y liberales por un lado o transformadores y conservas por el otro. Todas son sujetas a la chacota que los mal llama chairos y fifis.
Expresarse mal es derecho inalienable de quiénes sin tener lengua madre destrozamos la de la madrastra (con la gramática del padrastro). Ciertamente no pude decirse que la marea rosa sea solamente derechosa, como que tampoco es un respaldo incondicional a Xóchitl Gálvez como candidata de un Frente con tantos nombres que linda en el ridículo. Se sabe quiénes son, no qué significan pues tienen todo menos credibilidad. Así, esta marea tiene contornos y contenidos estando informada por el repudio contra el presidente López Obrador y el asco que producen sus cohortes oligofrénicamente criminales. En tanto, crecerá este año yendo de los carnavales a San Juan pasando por la semana santa y otras fechas relevantes del calendario cívico religioso. El paroxismo es su divisa y de la misma manera que hay que estar suficientemente afectado como para poseer una camisa rosa, así es un kink hacerse uno en la masa.
La certeza que las mareas están banalizadas en México lo da Movimiento Ciudadano. Partido que (también) diciéndose movimiento apostó primero por revivir a la Tercera Vía de Clinton y Blair, para naufragar en la descerebrada subnormalidad de la pareja de primos regiomontanos y su compadre zacatecano. Al igual que las mareas ha decidido usar un color “fosfo fosfo” hecho lema y significante de la vacuidad. Muestra de abyección es el uniformado de sus candidatos con naranja fosforescente de píes a cabeza. Fuera del grupo tapatío, que logró desde lo regional una plataforma relativamente concordante, el experimento neolonés es irrisión y penosa vergüenza. Del veracruzano, si existiese más allá de quién lo regentea, está el proxenetismo para la carne de presidio.
A diferencia de la marea rosa, que logra suprimir sus contradicciones dado el denuesto del presidente por la concentración del poder en su persona, los “fosfo” nos recuerdan todas las taras del sistema político mexicano y porque no es ni posible, ni deseable un regreso a ningún pasado. De un desordenado y corrupto pasado a un deteriorado y venal presente, el elector será llevado por mareas (guinda o rosa) a un incierto futuro. No hay garantías más allá que bajaran en el naufragio. De momento animan la muy desangelada contienda de tres impresentables en campaña, sustituyéndoles con “un nuevo destino para el o[d]io”.









