Esta semana comenzaron las campañas electorales a nivel local. Gubernatura, alcaldías, diputaciones al congreso del estado y federal, así como senadurías serán renovadas en Puebla. De ahí que se amenace en sesenta días estaremos bombardeados por medios de comunicación, en nuestras líneas telefónicas y redes sociales por aberrantes series de mentiras, despropósitos y personajes impresentables. El fantasma que se invoca o conjura no es otro sino el del abstencionismo. ¿Qué hacer para inhibir o promover la participación ciudadana? es lo que ocupa distintos cuartos de guerra de acuerdo con las proyecciones de coaliciones y candidatos. Así es que hemos de estar truchas para no desapercibir cosas importantes. Una efeméride que pasó sin ser debidamente anotada fue la conmemoración del dos de abril.
En 1867 el joven general Porfirio Díaz toma, para gloria de la república, la ciudad de Puebla de manos del II imperio mexicano (con el respaldo del también segundo imperio francés). Si bien la población de la ciudad pelea en ambos bandos son los foráneos (austríacos, belgas y franceses) los que exacerban el recuerdo de la gesta, amén del fusilamiento de todos los oficiales del imperio capturados. En oposición destaca el peso de las tropas del ejército de oriente, pues desde entonces al avecindarse en ella permanentemente veracruzanos y oaxaqueños quitarían a Puebla el carácter provinciano, gormondio y conservador, para hacer de ella capital regional de más de una sola provincia.
El 2 de abril pesa pues en la imaginación de los apoblanados frente a otras dos celebraciones venideras. La oficial del cinco de mayo, que siendo “efeméride nacional” pesa más en los Estado Unidos que en el resto de México y la del 28 de agosto, día de San Agustín. Una es parte del discurso nacionalista y socialización política de educandos desde la república restaurada. Se sabe hubo destacada participación de conscriptos de las sierras y llanuras orientales, mexicanizadas todas en la celebración. También es nacional en tanto destacan unidades militares de San Luis Potosí y Estado de México.
Finalmente, las corporaciones trasnacionales la han adoptado como vehículo comercial para promover productos de marca supuestamente mexicana. Corona y “dosequís” destacan sin ser las únicas en ello, tornándole un equivalente a San Patricio dentro de los Estados Unidos con sendos desfiles en Denver, Chicago y Los Ángeles como contrafuerte a los de Boston, Filadelfia, y Nueva York. La otra, es la identificación de la ciudad y su “núcleo” retardatario conservador con Agustín de Iturbide, dragón de hierro a su paso rumbo a ciudad de México en 1821. Esa sí es de los oriundos de la ciudad que pueden trazar varias generaciones en ella, naturalizando “españoles de allá” con los de acá.
Destaco estas tres efemérides no por mi condición de foráneo inasimilable. Gozo de las tres y sigo la etiqueta de cada una puntualmente, pero me interesa señalar el contraste en la elección local con los únicos vecinos que suelen tomarnos en serio (no sólo al Pueblita de la Franja). En contraste con el repudio a la imposición de una zacatecana como candidata de morena a la gubernatura de Veracruz, un apoblanado está dando la pelea ante la aplanadora en que todo porro priista se mimetiza con su líder (por idénticas características). Eso nos habla de cada candidato, seguramente, pues sus trayectorias son públicas y nadie mejor para juzgarlo a uno que colegas, conocidos y vecinos. Pero también dice mucho del estado y su historia, el papel de los foráneos en la ciudad y el peso relativo del nativismo. Así prueba no ser agreste el de los regnícolas del Malamor.









