Esta semana cae el 20 de abril que, por el uso de dar las fechas con el mes por delante en inglés estadounidense, se escribe como 4/20 o simplemente 420. La misma se ha ido consolidando como el día para reclamar, exigir y protestar por el retrograda estado de la legislación contra el consumo de mariguana en occidente, pugnando por su descriminalización, legalización y regulación, poniendo énfasis en cada estado y legislación local. El consenso en torno a la fecha es reciente y se consolidó en el siglo actual, ya que en el previo solía confrontarse con el primero de mayo.
Ahí hay dos efemérides que chocaban. Por un lado, sólo en los Estados Unidos y el Canadá no se celebra el día del trabajo sino el primer lunes de septiembre, quedando la celebración del “May Day”, pero la organización lúdica-política de la protesta con fines de presión legislativa se perdía en el resto del mundo con y contra los laboristas, obreristas y sindicatos. No es menor que entre sus líderes se cuenta aún con destacados oponentes al uso generalizado de la yerba. El veinte de abril por su parte es también el aniversario del natalicio de Hitler por lo que un mínimo de consciencia política demandaba evitar que se hiciese nada ese día para que los neonazis no se colasen. Este prurito se perdió, ante la ignorancia, “privilegio”, o falta de remilgos entre pachecos de la costa oeste norteamericana, y si bien es dable haya hachiditas entre neonazis serán necesariamente una minoría insignificante e incapaz de confundir las fechas. En todo caso, era necesario contar con un día para mostrar músculo y consciencia en la calle.
Ahora bien, ¿Qué es lo que se puede reclamar o exigir de manera consensuada entre generaciones de usuarios de la mariguana que pueda ser apoyado y entendible para toda la sociedad, considerando a quiénes se oponen así sea por inercia? En primer término, la libertad. Libertad de elegir qué es lo que consideramos ha sido un despropósito prohibir. Desde el reconocimiento a la larga historia de acuerdos internacionales iniciados con la Convención de Shanghái contra los excesos imperialistas por las guerras del opio, es que criticamos las legislaciones prohibicionistas por su ausencia de criterios al agrupar estimulantes y substancias de síntesis química como “drogas”. No es aceptable la mariguana ocupe el mismo lugar que la heroína en las clasificaciones internacionales y se criminalice su posesión, uso y comercio como la de una substancia controlada. Asimismo, “drogas” no es la única categoría que aplica e históricamente contamos con otros que permiten afirmar posiciones en el debate. Así, sin tener que invocar sus aplicaciones médicas, por principio de cuentas se le debe regresar su estatus de “artículo de placer” (Genussmittel).
Como tal, permite marcar los acentos que tiene y que se han ido ensuciando. En el caso de México no se dejó de usar la mariguana en el siglo veinte, pero se hizo de forma marcadamente lumpen. Sería hasta muy tardíamente que contingentes de artistas, estudiantes y bohemios la regresasen a su seno pequeñoburgués. Esta no es una consideración menor o que haya escapado a otros países. El principal riesgo de que jóvenes experimenten con la mota tiene menos que ver con los efectos nocivos en procesos cognitivos y más con exponerlos al contacto con criminales duros y extorsiones policiacas. Quitarle el tufo y embarre con la canalla es pues un primer efecto. Al hacerlo se deben escuchar todas las consideraciones y salvedades psiquiátricas, acotándolo a adultos en el ejercicio libre de sus derechos.
El cáñamo es también, como se sabe desde antes del ejercicio prohibicionista del siglo XX, base de una pujante industria con múltiples aplicaciones para sus derivados fibrosos y del THC. Desde textil hasta farmacológica, pasando por otras su potencial es bien sabido, reconocido y aprovechado en otros países. No sólo aquellos al oriente en que no logró nunca prohibirse significativamente sino en el aprovechamiento de las cambiantes leyes que así lo habían hecho. Ahí el rezago de la legislación en México es dónde es también lesivo. Es otra oportunidad perdida en un país que parece dedicado a ello, por la incapacidad de la clase política y sus liderzuelos. Atávicos, retardatarios y retrógradas, optan por el prejuicio de sacristía antes que una discusión informada, desapasionada, y serena. Para obligarlos a ella es que precisamos del 420.









