Las campañas políticas deben ser un buen espectáculo. Esta oración aparentemente banal, lo es sólo cuando la “democracia” no ha sido institucionalizada y es un anhelo para una parte significativa, vocal y relevante de la sociedad. Es debatible si logra calar en las mayorías, como en la India o los Estados Unidos, grandes referentes por números y antigüedad. En aquellas sociedades en que se “transitó” a ella vía acuerdos internacionales, apoyado iniciativas locales, son parte del discurso de élites y en el mejor de los casos quedan como términos contenciosos. Al fin de la guerra fría y con la rapiña por hacerse de las empresas paraestatales e inundar de drogas, reduciendo a la prostitución a las exrepúblicas socialistas del centro y este de Europa, no se podía sostener que el sureste asiático, centro y Sudamérica, así como África ecuatorial y del sur se mantuviesen bajo dictaduras militares. De hecho, hasta en el Levante se dieron experimentos a modo. El más ridículo fue Egipto, pero en sí, la mayoría de los países se coordinaría para el desarrollo de un “nuevo orden mundial”. En él, la parte blanda sería la democracia procedimental, mientras la dura correspondería a las políticas de libre mercado.
El combo no aseguraba ni prosperidad, ni bienestar, sí otra normalidad, que los iniciados en “Foreign Affairs” llamarían “posdemocrática”. Así el heroísmo de sociedades como la chilena en su referéndum contra Pinochet en el 88, la sudafricana en la abolición del Apartheid en 1994, y las sobrevaloradas “revoluciones de terciopelo” como la de la República Checa en 1989 se harían equivalentes e intercambiables por el mínimo común denominador. Copiones, siempre ya, (m)amanuenses mexicanos que gozan de darse ínfulas de intelectuales públicos (denostados como orgánicos siendo más sintéticos que el corriente nylon hecho en México) reescribirían la segunda parte del siglo XX como una heroica gesta por la democracia. Sus bodrios están ahí para la burla de las nuevas generaciones y venideras
Si bien, hay sectores que pueden creerlo y hasta hacerlo suyo, en parte por ignorancia, en parte por entusiasmo oportunista y en parte porque no pueden pensar fuera de la bazofia que se les ofrece, pero ese es el juego en el que se expresan. Volvemos así a la oración tópica. Si la democracia se acota al “ritual de reconocimiento ideológico” de votar en elecciones (independientemente de cómo sea la toma de decisiones, reparto del poder y qué puede y no organizarse así), entonces debe emocionar. El electorado debe ser confrontado con opciones atractivas, contrastantes y carismáticas. Independientemente de lo que se piense de los personajes de Fox y López Obrador, cumplieron con ello. El primero como un compadre de comedia ranchera cinematográfica, el segundo como el rijoso pelado propio de Chespirito. En menor medida, pero al menos creíbles en su momento fueron Clouthier, Cárdenas, y Salinas. Si bien la trayectoria de todo político es verificable y corroborable, estableciendo la distancia entre el personaje y máscara con que se presentan y los compromisos que los atan, al jugarse como en un palenque o función de lucha libre, deben emocionar al irrespetable.
Todo esto viene a cuento porque la campaña del 2024 carece de todos esos elementos. La novedad de “es el tiempo de las mujeres” es un pobre sustituto mercadológico para la ausencia de sustancia. A nivel de la presidencia se ofrece la promesa incumplible de continuidad con “el segundo piso de la cuarta transformación”. Y es imposible no sólo porque a la doña se le caen los trenes elevados y escuelas con permisos para montar pent-houses, sino porque simplemente no habrá plata para botar. Los ahorros y fideicomisos heredados por los neolis fueron ya malgastados en proyectos balines. Por si eso fuese poco, la ungida no cuenta con el carisma ni credibilidad del presidente ni puede mediar entre las facciones del movimiento que no es partido ni tiene disciplina. Perdió en su afán por enrocarse en la ciudad de la mugre con un candidato leal a ella (y popular), debiendo aceptar un lastre de candidata. Ese es el caso más notorio, pero no es el único.

El desastre de la candidatura en Veracruz es otro, pero así se puede ir uno con las listas a diputaciones, senadurías e incluso jaloneos para el gabinete. Por su parte, la oposición terminó por darle la razón al presidente. “Moralmente derrotada”, presentó una candidatura guanga y grotesca que no emociona a nadie. De ahí que deban traducir “verbatim” la campaña de Biden contra Trump. Sleepy Joe es incompetente, senil, e imbécil pero no es Trump. Un voto por la mediocridad es a favor de la democracia. Que Trump no haya sido la mitad con la que espantaban a “libtards” es irrelevante. Así, se exige se vote por la ñosca de las gelatinas sin que haya ninguna buena razón y cuantimenos emoción por ello. “El tiempo de las mujeres” no será distinto al de los hombres. Una entre cada tantas valdrán la pena, pudiendo pelear si es 1:10 contra 1:20 o 25 la proporción, pero en sí el gabinete paritario nos ha convencido de ello. Los ejemplos de ministras plagiarias, analfabetas, diputadas, senadoras, gobernadoras, incompetentes, reprobables y hasta criminales son demasiados para que deje de ser burla.
Fuera de las elecciones locales en Ciudad de México, Veracruz y Morelos, el arroz no sólo está cocido sino batido. De hecho es tan malo, que aplica llamarlo como lo hacen las masas de analfabetas funcionales por la Puebla del Malamor: “es sopa seca”. Por lo mal hecho y peor nombre no merece sino abucheo.









