Entre las múltiples acusaciones lastimeras que se dieron en el presente proceso electoral destaca la del regreso o restauración a tiempos del PRI como partido “de estado”, “hegemónico” y/o anti-democrático. Amén de reiterar el error que puede volverse a otro momento histórico, el lamento sustituye la impotencia ante el arrase que significó el fin del sistema de partidos de la transición (1994-2018). En sí lo que echa en falta no es la transición pactada desde la fundación del Instituto Federal Electoral (hoy “nacional”) sino la alternancia de partidos en un periodo muy corto. Comienza con la “épocal” victoria de Fox en el 2000 “sacando al PRI de Los Pinos” extendiéndose al regreso del “Nuevo PRI” con Peña Nieto en 2012 tras dos gobiernos panistas. En lo local todos los partidos que han sobrevivido a un ciclo sexenal tras lograr su registro, han gobernado al menos una entidad federativa (y varios municipios relevantes), mientras en las legislaturas sí se han visto coloreadas por las más diversas siglas. Quedan a ese nivel de simulacro, en los intentos de diferenciarse en una falsa pluralidad, que a la final los partidos satélites, coyunturales y auxiliares son simples cuotas de engaño para votantes primerizos. Lo que el movimiento escindido del PRD para promover la elección de López Obrador a la presidencia logró fue romper tal sistema.
Puede argumentarse que el desdibujamiento de las agendas de PRI, PAN, y PRD se dio desde el “Pacto por México”, que en 2012 suscribieron para garantizar el proyecto de la para entonces recién entrante administración. Apostando por la segunda generación de reformas estructurales (que Zedillo, Fox, y Calderón fracasaron en implementar) siguiendo el plan dictado desde Washington, pero implementado desde el entonces “Distrito Federal”, lo que Salinas hizo en lo oscurito con el PAN se vio formalizado con Peña Nieto. Si los tres partidos estaban encamados en lo mismo (“concertacesión”), qué sentido podría tener “lo político” para el juego electoral y en sí antagonismo como principio fundante de lo público y no sólo gubernamentl. Ahí es en que radica el mérito de López Obrador, en irse contra ellos en un movimiento alrededor de él y su capacidad de movilizar lo que en otros lados han llamado la política de resentimiento, odio, o rencor. Populista como también neoliberal, lograría entrar a esa zona marrón que se ya se debate como “post-neoliberalismo”. No tiene contenido, sólo que es algo en que se reconocen rasgos neolis pero en estados alterados, residuales, y ruinosos. Es el neoliberalismo desprovisto de su supuesta racionalidad, quedando por experimentar nuevas formas de improvisación política sin pensar en sus efectos. Los problemas que generen son la energía para mediar en ellos pateando el bote.
Electoralmente morena ha sido un éxito. Además de la presidencia, gobierna 21 entidades del país, incluyendo a la ciudad de la mugre, y es dominante en mayor número de legislaturas estatales. En el Congreso de la Unión perdió la mayoría absoluta, siendo su afán recuperarla para la presente elección. Contra ello se contrasta la ausencia de un plan reconocible, de un principio de racionalidad fuera de los ciclos electorales con compra, inducción y coacción del voto por vías legales, extra legales y criminales. No se encontrará porque ese era el plan. Elegir a López Obrador y después se vería qué seguía. Pues lo que sigue es mantenerse en el poder. Ahí es cuando la puerca tuerce el rabo, precisamente porque la figura que atrae y decide lo relevante ya no estará. Sí, quedarán demasiados que se consideran sus herederos políticos y custodios de su pensamiento y planes. Mientras lo primero, grados de cercanía al caudillo de la pobrería, es verificable históricamente, lo segundo no. En los “súper ventas” dictados a amanuenses es posible identificar hilos de pensamiento, digamos de Armando Bartra o Julio Boltvinik, para someterlos a las ocurrencias del predicador del pantano. Es más fácil contar chistes sobre cómo se dejó usar Toledo al nivel de El Fisgón, pero en sí será tanto autorreferencial como masturbatorio respecto al jefe político blandiendo el falo. Que sea “la macana” de beis y no el nepe en escándalos sexosos, contrasta con su antecesor inmediato, dado a las “novias” de Televisa y su estética de narquillos.
Lo que sigue es el paso del movimiento a partido y no será fácil. Ni para la muy probable presidenta Sheinbaum ni para los líderes de bancadas y partido en las regiones y gobernadores. Una minoría de morena no procede del PRI, sino que pasó del CEU uñamita al PRD cardenista. A ellos pertenece a Sheinbaum, pero no todos son sus incondicionales. No lo es ni Gatell ni Batres, como que tampoco da el CEU para más que separarse de la escoria del tricolor. Misma a la que pertenecen Bartlett, López Obrador y un sinfín de operadores. De hecho, en un conteo de ex líderes del PRD no priístas (sino procedentes del CEU y de todas las agrupaciones de izquierda socialistas y comunistas, trotskistas, maoístas, leninistas, o cubanistas) contra los que sí vienen del PRI no deja duda. Entre “perder la colonia o perder el principio” (según los jacobinos franceses), siempre se tienen otros principios de los cuáles echar mano (según sus remedos en el resto de occidente).
Ninguno tan relevante como el “transformismo” en tanto parte de la “revolución pasiva”. Así, hay quién halaga ese pragmatismo, y quiénes señalan que de un partido (el PRI) que es más que eso, llegando a operar como “Aparato Ideológico del Estado” (el gobierno como defensa de lo público contra intereses privados), actuando para hacer negocios corruptos desde un “patrimonialismo” (borbónico) no hay ideología sino máscaras. En todos los casos es usar la hacienda para enriquecimiento de grupos, peleando contra el partido de los changarreros y religiosos observantes. Ahora bien, esa relación entre morena y el PRI (el “primor”) y sus auxiliares o rémoras (Verde y PT, ensanchado por MC) se dirá es en pos de continuar con la tetranstornación de la vida pública, pero eso no quiere decir sepan qué están haciendo o tenga ningún contenido concordante o sentido práctico fuera de elecciones. No es posible todo quepan ni las contradicciones entre tantos grupos sean mediadas por una figura fuera del pastor que absolvía pasados y les hacía renacer en la fe por el hombre providencial. Lo que viene será un estado constante de conflictos y negociaciones que cristalizarán en un nuevo sistema de partidos post-López Obrador. Ese es su legado. Sólo sabemos el PAN saldrá fortalecido de su derrota en la presidencial (deshaciéndose de una impresentable candidata), con algunas gubernaturas y posiciones clave en las cámaras. El PRI ya no será suficiente por sí mismo, como lo fue aún en 2021 para las elecciones de Coahuila, y quedará en liga con el Verde y PT detrás de MC. Todos serán copados por morenistas que comenzarán a negar al su “líder moral” el tres de junio, distanciándose totalmente para el 2 de octubre y acusándolo con quién sea de lo que sea para ocupar nuevas posiciones en un “shitshow” que desafié en estulticia a “las mañaneras”.









