Calumnias de opinión e intervenciones televisivas de pandits llevan un mes defendiendo posiciones antagónicas. Por un lado, están los perdedores. Aquellos que se lamentan que el Plan C y en sí el sexenio que fenece significan la erosión de la democracia. Omiten que su entendimiento de esta es minimalista, procedimental y acotada a las elecciones. Aun así, responsabilizan al presidente López Obrador y a Morena de haber minado, erosionado y hecho cenizas el edificio institucional de la transición y alternancia. Por el otro, los ganadores, no paran de jactarse “la revolución de las consciencias” es una realidad y que el “mandato de las urnas” les faculta para no dejar ni el nido de la perra respecto a la herencia neoliberal. Ambas posiciones son demagógicas y falaces. Por principio de cuentas, esa democracia acotada a la certeza el día de las elecciones no logró sino ser un acuerdo de élites.
Sus enemigos jurados, fueron los defensores y nostálgicos por un partido de estado, ahora en coalición de movimiento y partidos y trabajaron por la retrogresión a una presidencia dictatorial. No haber logrado ofrecer nada fuera de la política identitaria de una indígena ladinizada al extremo de no tener otra lengua que el español, como insinuación que era “más mexicana” que la candidata de la coalición gobernante. El anti-semitismo implícito sólo caló en lo más retardatario del panismo. De ahí que, al no haber competencia, tampoco sea tan difícil suponer la mayoría rechazo la bufonada de marea rosa de tanto chocotorro y cagaleches.
AMLO y su círculo de colaboradores será evaluado respecto a los sexenios de Peña Nieto y Calderón. Del primero por los grados de corrupción, tráfico de influencias y en sí desfalcos al erario. Hijos, amigos, compinches y socios tienen expedientes que rivalizan con los del último gobierno priísta. Tardarán, pero eventualmente van a confirmarse algunas de las acusaciones sobre gobernadores y secretarios de estado, tanto de los que terminan como de los que inician. En eso no hay nada que los diferencie. Respecto a Calderón por los efectos de una guerra mal entendida y planteada contra el crimen organizado. “Drug Wars are Indian Wars” (las guerras contra las drogas son guerras contra los indios) reza en inglés la consigna y así es que ha sido desde que Calderón le pegó al avispero. Su uso faccioso del ejército para ganar la legitimidad que su apretado triunfo electoral ponía en duda no es el mismo que se dio con AMLO. Rechazando contener o en su caso minimizar el actuar del crimen organizado el ejército fue degradado a labores auxiliares, mientras se intentó otra paz narca. Evocando periodos como el que va de 1946 hasta 1986, omitió que los criminales deben estar sometidos al aparato de seguridad, así como que el portafolio de estos no es principalmente respecto al tráfico de drogas. Cobro de piso, extorsiones, y toma de negocios han sustituido al trabajo de mulas y burritos. Dejarlos trabajar, implica mantener un estado de guerra civil irregular.
Si el sexenio de Sheinbaum será o no el segundo piso de “la cuarta transformación” está por verse. Primero pasa por qué hacer con el presidente una vez se haya ido a La Chingada. Su rancho en Palenque es demasiado similar a Manga de Clavo o El Encero, desde dónde otro López se alejaba para ir a ser demandado, aclamado y endiosado como salvador de la patria. La tentación es demasiada. Mejores amigos, compinches y colaboradores se han distanciado por el exilio dado el peso de la oficina. Cárdenas y Calles compartían no sólo el robar vacas y haber traficado con yaquis para las haciendas henequeneras de Yucatán. López Portillo y Echeverría eran amigos desde la inflancia y alcoholescencia, se apoyaron mutuamente en su desarrollopolítico y profesional y nada bastó para que ejemplificaran aquello de “cuates mis aguacates”. Salinas y Zedillo compartían ideología y entendimiento del proyecto al que servían. En todos los casos, el saliente debe ir a dónde no estorbe so pena de que se aplique la ley a sus familiares.
Quizás la dimensión sexo genérica permita se dé la fantasía respecto a los “cuidados” como provincia de mujeres chantajistas, pero la oficina presidencial y la relación con los militares jugará en contra. Hay claramente una retrogresión a la presidencia dictatorial con un congreso abyecto y un poder judicial a punto de ser reducido a la ignominia. Una vez que se haga realidad el Plan C será la presidenta y no quién lo ganó quién decida la distancia sin la abyección actual. Entonces sí podremos ver qué quiere decir la tetranstornación de la vida pública.









