En el análisis de “situaciones históricas concretas”, “realidades sociales”, y/o “ciclos generaciones” las fechas de inició pueden aventurarse, pero sus cierres rara vez se afirman elocuentemente. En sí, todas son convenciones sujetas a debate y revisión, operando como marcos tentativos. Por ello el otoño de 2024 parece excepcional. Sea que lo opongamos a los treinta años respecto al 94 (como el punto más alto del “neoliberalismo” por la entrada en vigor del NAFTA/rebelión del EZLN) o el más corto de catorce respecto al 2008 (y la crisis hipotecaria financiera estadounidense), en ambos casos se sostiene en tanto “consolidación monopólica posneoliberal”.
De hecho, antes de ponderar cualquier consideración política, es en la cultura de masas dónde podemos advertir la perversión del reacomodo y derrota. Nadie en Televisa ni en la farándula podría haber previsto el éxito de “la casa de los famosos”. No en ningún sentido de calidad o mérito, sólo en términos de audiencias y efecto. Tras más de una generación, pero la gente vuelve a saber de qué hablan los demás cuando platican qué es lo que han reproducido en sus dispositivos. Lejos quedó el boicot al que el Subcomandante Marcos llamó en 1994. Pocos los hicimos propio, y menos aún lograron mantenerse en él, pero se entendía la necesidad de romper el monopolio informativo y de oferta para las industrias culturales. TV Azteca probaría ser idéntica o peor, pero con los servicios de paga (cable y satelital), el surgimiento del streaming y demás, parecía roto ese yugo. No es así y sea respecto a las demenciales cifras reportadas por rating y reproducciones en medios o el saber que “la gente” toma bandos entre los impresentables ahí reunidos, pero corroborar su regreso es sintomático.
No está divorciado del avasallamiento planeado por la coalición gobernante-electoral alrededor del presidente López Obrador vía la sobre-representación en el poder legislativo y reforma al poder judicial. No es un asunto de interpretación de la ley electoral ni sus posibles espíritus, es el descarado agandalle de “todo al ganador” pues “ta el lodo como pa el marrano”. Sean las que sean las chicanadas a emplear respecto a qué aplica a partidos y qué a coaliciones, ciertamente es la más fehaciente de las pruebas que nunca fue suya la simulación democrática. Como presidente se asumió soberano y ahora ensaya el último acto de su poder legal, estando por encima de la ley y definiendo sobre el estado de excepción que con su coalición de partidos ha creado. Cooptando cuando no destruyendo, es dable se impongan en el INE y TEPJF. Cada instancia tiene su historia reciente de sometimiento, pero por más que se den en uno y otros posicionamientos adversos, lograrán pasar del 54% de los votos a agandallarse el 75% en la cámara de “diputables”. Ahora no cabe decir que el PRI robó más porque no fue así.
Igualmente, los despropósitos de la reforma al poder judicial permitirán completar la carambola que va en la dirección del ejecutivo al legislativo y de ahí al desdentado destinatario. Aparentemente lejano para la mayoría de los ciudadanos en sus implicaciones, todos padeceremos sus efectos al volver al país de una voluntad (inherentemente miope). Que se dude sea o no de un solo hombre o que orgullezca a suficientes sea instrumentado por mujeres es parte del gatopardismo. Qué tanto poder conservará el presidente, parece más una pregunta hecha para que las agencias judiciales estadounidenses la respondan. Ni los partidos de la maltrecha e inoperante oposición ni las instituciones que se supone nos dimos entre 1994 y 2018 pueden frenar la voracidad de un entendimiento contrario a la pluralidad y búsqueda de consensos. Ese 54% de preferencia electoral en el legislativo y cercano al 60% en el ejecutivo, ciertamente no garantizan tal exceso, pero al no contar con la densidad ni consistencia institucional, queda ver cómo manejan la concentración de poder sin capacidad para gobernar.
El chantaje y amenaza desde el exterior, concentrado en asuntos migratorios y seguridad en lo atinente al contrabando de drogas sintéticas, puede o no operar como un límite. La disyuntiva no es entre democracia y dictaduras sino cuáles son los planes que acuerden. Lejos están las bravatas de hace unos meses, respecto a la igualdad en el trato. Con los chapitos en cana y cantando, no se sabe hasta dónde llegarán el rastro de dinero y embarradas.
El único elemento que queda ausente de la condición monopólica en términos político-culturales respecto al 94 y previo es la pluralidad religiosa. Ninguna encíclica papal, culto, o fanatismo puede regresar a los aberrantes espectáculos de las visitas de Wojtyla. En su lugar, gracias a la transferencia condicionada de recursos y el protagonismo de predicador de la vecindad de El Chavo desde las mañaneras, se ha roto la autoridad católica para justificar cualquier prejuicio. Al parecer no nos importa sean protestantes ni de otras religiones y eso es un logro del secularismo. “A la final”, desconocernos como comunidad política es lo que faculta proferir la maldición gitana del ”disfruten” por otros contra aquellos.









