Son legión los pandits degradados a “influencers” que con acceso a medios encuentran solaz en afirmar que la “nueva aplanadora” de morena nos “regresa a los años del partido hegemónico” (del PRI). Pueden variar en las fechas seleccionadas para su encuadre, como en la manera de caracterizarlo, pero ese lamento es un apócrifo. Dejando aparte que el uso que hacen de “hegemonía” corresponde al del Perro Bermúdez en Televisa y no al de Gramsci en los CUADERNI DEL CARCERE (de los que hay edición facsimilar en español por ERA-BUAP) y en sí demanda entender su complicación en el paso del griego al ruso—que es como se romaniza—tras los intentos fallidos en alemán e inglés, lo relevante es la sobresimplificación del proceso en marcha. Si es eso entonces no hay nada que analizar ni explicar, interpretar o comprender, nomás actuar como plañideras.
Del lado victorioso en los que pasaron de “pejezombies” a “plebeyos” en voz del nuevo presidente del senado, no sin antes identificarse gustosos con la burla de “chairo” (de “chaqueto” que no es chaquetero sino el que quiere y está dispuesto a hacérselas a otros y no sólo con las manos), también se esfuerzan por el desborde del cinismo arrasando hasta con el nido de la perra. La hibris del presidente López Obrador es suya para con eso burlarse al nivel de la “Roque-señal” del “PRI de los últimos tiempos”.
Ambas posiciones son incorrectas. Ni es posible volver al pasado, ontológica e históricamente, ni tampoco puede hablarse de algo completamente nuevo. Hay pocas cosas que están claras. Ninguna como que el personaje que el disciplinado priísta López Obrador se reinventó, desde que perdió la candidatura a gobernador de Tabasco en 1994 (frente a Roberto Madrazo), no era sólo contra aspectos específicos de lo que se llamó “neoliberalismo”. Es decir, su oposición, no era simplemente contra los excesos en la concentración de oportunidades y riqueza, el saqueo patrimonial en las privatizaciones del sector paraestatal, ni tampoco en el elitismo de los tecnócratas a los que aún en la campaña de Salinas de Gortari sirvió. No, su oposición era completa al “banquito de tres patas” que desde el final del sexenio de JoLoPo (1976-1982) comenzó a tomar forma de manera inconsistente, pero para la primera generación de reformas estructurales de Salinas ya era un proyecto para consolidar en los sexenios desde Zedillo hasta la segunda generación de reformas con Peña Nieto.
Es decir, libre mercado, democracia procedimental y estado de derecho fueron siempre ya rechazados por el personaje que comenzando rijoso, logró se identificasen con él masas a lo largo de 30 años. Su oposición parece primero contra otras personalidades, los “grandes hombres” ante los que pierde (Madrazo y Zedillo primero, Fox y Calderón después) para ir concretándose en una serie de eufemismos como “humanismo mexicano”, “economía moral”, “despertar de las conciencias” etcétera, pero que al decir de los teóricos del populismo autoritario en Sudamérica se abrevia como “posneoliberalismo”. Al no poder identificar qué es lo que sigue al mismo, ni tampoco qué es lo que de él queda, se recurre a la cultura popular. Independientemente de la degradación del término “neoliberal” de escuelas de economía política a peyorativo con el cual adornar la primera página del pasquín oficial de morena, se asume que el posneoliberalismo es “el lado oscuro” del neoliberalismo. No se precisa si es el álbum de Pink Floyd o el universo “Warsie”, pero debemos adivinar qué entre ellos. Si la meritocracia era un artificio para el entrenamiento de cuadros avanzados para tareas sofisticadas, ahora queda el nepotismo, “cuatismo”, y “pirobismo”.
Lógicamente el neoliberalismo en sus claroscuros fue proponiendo elementos de validación, de cara a los riesgos de violar la Constitución. De ahí que a la sumisión del poder legislativo y su abuso en la sobre-representación de plurinominales, siga el desmembramiento del poder judicial. Si bien los ciudadanos y residentes de la formación estatal mexicana jamás podríamos asegurar hay o ha habido “estado de derecho” es cierto que sí había esfuerzos por avanzar en ello. El vaso nunca esta medio lleno o medio vacío, se llena o se vacía y ahora es elocuente estamos ante su vaciado con la evacuación de todos los significados. Del libre mercado queda el capitalismo de cuates y nepotismo, uso de testaferros y un “sexenio de Hidalgo”. La democracia procedimental está lisiada por no decir desahuciada cuando los órganos que debían garantizarla fueron copados, mientras que los partidos de oposición están desfondados y sin rumbo. La cereza del pastel es imponer una reforma al poder judicial como regalo que de prerrogativas metaconstitucionales al que pronto será expresidente como “servidor providencial de la nación” (y soberano).
¿Cómo se llegó a ello, en compañía de quiénes y bajo qué supuestos? es la tarea de la que rehúyen colegas y amateurs. Supone ir más allá de las “pulsiones” autoritarias de la izquierda universitaria, el entender al PRI no como partido sino “aparato ideológico del Estado” y la “revolución pasiva” que fue el neoliberalismo entre tecnócratas bien comidos, educados, viajados y elitistas. El “genio” que se concede al presidente López Obrador no es por su retórica, ni capacidad comunicacional, es el haber entendido la fuerza del rencor y lo fácil que es administrarlo con coimas. ¿Qué de ello es priísta y qué neoli?, ¿qué corresponde a las formas en que se entienden los intercambios (“amor con amor se paga”) entre “la pobrería”, así como el contorsionismo de los autodenominados “izquierdosos”? demanda reconocer la ausencia de escrúpulos no de la clase política sino de la gente ordinaria con tal de poder vengarse de aquellos contra los que nunca podían competir.
Eso es lo que el antropólogo estadounidense George Foster llamó “la idea del bien limitado” y que, predeciblemente no es privativa ni del México rural, ni de hablantes de p’urhe con quienes trabajó, cuantimenos de una clase. De hecho, él mismo tuvo que ir a Andalucía, Extremadura y Castilla la vieja para corroborar su vigencia como herencia romana. Entenderlo, implica desmenuzar el proceso, rechazar el término posneoliberal (que no dice nada específico) y poder llamar al populismo antiliberal por lo que es. De ninguna manera entra tampoco en las acusaciones de socialismo o comunismo a la que es dada la descerebrada derecha militante, si se considera el peso de la meritocracia y competencia en la formación de vanguardias entre aquellos. Ciertamente se asemeja al extravío de la “pastoral del pobretariado” de teólogos de la liberación confundiendo la opción preferencial por los pobres franciscana con el regenteo de la miseria a través de los congales que son las ONGs/OSC. Los maleantes (malos estudiantes) se reconocen por buscar atajos y creer todo es transable, adaptarse y ser buenos mentirosos. No cabe duda, este es su mes y ya veremos qué tanto se prolonga.









