Hacer y hacer, todos los días, sólo hacer, aunque no sabemos realmente para qué. Nos decimos que el tiempo se acaba o que de plano no hay tiempo y que por ello mismo siempre tenemos prisa. Vamos de un lugar a otro, a toda velocidad y eso nos hace sentir útiles, exitosos y necesarios, sin embargo, en ese ir y venir tan vertiginoso en realidad no vamos a ninguna parte, sino que tan sólo nos movemos como el polvo que es llevado por el viento sin rumbo fijo.
La cualidad de nuestra sociedad contemporánea es su saturación. Hay mucho de todo, anhelamos mucho de todo, vemos mucho de todo, aunque en ese tener tanto de todo lo cierto es que no se tiene nada. La vida es vertiginosa, o mejor dicho, la idea que tenemos de la vida es vertiginosa, a tal punto que son tantas las actividades superficiales a las que nos comprometemos que terminamos haciendo poco de todo y mal, o tal cual no hacemos nada, nos paralizamos ante la desmesura de actividades con que nos hemos comprometido, casi siempre, innecesariamente.
Estar ocupados es para nosotros sinónimo de ser exitosos, ¿pero qué es el éxito?, ¿en qué nos basamos para creer que la sobreexplotación de uno mismo es sinónimo de triunfo?, y de la misma manera, ¿qué justifica el hecho de que pensemos que quien no hace nada en su día no sólo está malgastando el tiempo, sino que, además, ha fracasado socialmente hablando? Tal pareciera que las ocupaciones con que tanto nos entretenemos son en realidad una especie de fuga o de escape para distraernos ante la idea de que en realidad no entendemos nada de la vida, como tampoco del sentido de ésta, en caso de que tenga alguno.
Hacer y hacer, subir y bajar, ir y regresar, estar ocupados, pero todo, siempre, en torno a ideas vanas. Nos duele reconocer que todo ello que consideramos tan importante y fundamental para la vida, en realidad a nadie más que a nosotros mismos le importa, y entonces no solamente descubrimos con ello que nuestros actos generalmente carecen de un sentido trascendente, sino que, además en la vida estamos profundamente solos. La soledad y el sinsentido son los distintivos del individuo contemporáneo.
Ocupados, todo el tiempo ocupados, lo cual indudablemente es para intentar llenar el terrible vacío de sinsentido que tenemos y es que a todos nos ha llegado en algún momento la necesidad de preguntarnos cuál es el sentido de todo esto que estamos experimentando. Llegamos al mundo sin pedirlo y todavía no hemos recibido ninguna muestra de afecto cuando la vida nos está golpeando para que el instinto nos aferre a la vida; empezar a respirar generalmente es posible sólo cuando se sufre, pues la vida, en general, nos dará más insatisfacciones o momentos de confusión, que certezas y alegrías; al menos así será para el grueso de la población mundial, la cual, por su estado de enajenación, está muy alejada de la posibilidad de sentir agradecimiento por esta experiencia que abandonaremos sin haberla comprendido en lo más mínimo, pues la vida, esencialmente, no es más que incertidumbre.
Desde hace ya mucho tiempo, tenemos la idea de que para que el progreso social se manifieste es necesario entregarse por completo a una percepción racionalista y funcionalista del mundo, el cual imaginamos como una gran maquinaria que existe únicamente para satisfacer nuestras necesidades, aún cuando la mayoría de éstas son adquiridas y no, naturales. El mundo basta y sobra, sin embargo, puesto que nuestra mente es estrecha solemos caer en el error de creer que también el mundo lo es y por eso es que mucho de lo que percibimos nos parece aburrido y sin sentido, tal y como es la vida de una inmensa mayoría de personas que ha perdido la capacidad de asombrarse ante la infinidad de enigmas que todos los días se muestran ante nosotros, pero que, por nuestra indiferencia, somos incapaces de ver.
Con respecto del sentido de la vida, la antropóloga Patricia May Urzúa, en su obra De la cultura del ego, nos dice: «En medio de sociedades que niegan crecientemente el ámbito espiritual de la vida, que exaltan una lógica ultra racionalista y materialista, el ser humano va perdiendo el Sentido. Vivir se convierte en un hacer y hacer, lograr y lograr sin conexión con una razón de fondo que dé una motivación a nuestro quehacer cotidiano. La humanidad emergente necesita una claridad que signifique su quehacer, que le dé una razón trascendente a su vivir. Anhelamos entender qué sentido tienen nuestros esfuerzos cotidianos, para qué el trabajo, el compromiso afectivo, la maternidad o paternidad, para qué ocuparse del bienestar y la salud. Necesitamos vivir desde una motivación que nos comprometa desde el Alma y alivie el profundo anhelo de que las cosas signifiquen algo más que simplemente ser llevados por la corriente y que nuestro quehacer sea el regalo que hacemos a la vida, la expresión de lo mejor de nosotros. Sólo cuando nos veamos en el contexto mayor como eslabones de la gran cadena evolutiva, como gotas de una Gran Corriente que se continúa en nosotros, sólo cuando tengamos una conciencia íntegra de que donamos nuestra vida a los que vienen, entonces nos conectaremos con un sentido que nos impulse a vivir.»
El no reconocimiento de que cósmicamente somos insignificantes e innecesarios es lo que nos imposibilita para comprender el sentido de la vida, el cual no es más que perpetuarse a sí misma por los siglos de los siglos. Como individuos, no tenemos peso en el mundo porque el mundo no se construye de individualidades, sino de grupos, por lo que al asumirnos como parte de una colectividad, como eslabones de una gran cadena sin principio ni final, entenderemos que el único sentido de nuestra vida es darla para que otros puedan vivir y con ellos, que también darán su vida, la existencia de este gran misterio prevalezca. Aceptar que el sentido de la vida es que todo desaparezca para que resurja, nos puede salvar de estar perdiendo el sentido.
elmundoiluminado.com









