Cuántas veces no hemos sido testigos de aquella escena en la que, luego de asistir a la celebración religiosa, los ejemplares creyentes abandonan el templo ignorando a los limosneros, sus hermanos, que se hallan sentados en las escalinatas que van hacia el mundo profano. La escena es cotidiana, incluso, podríamos decir que normal, pero al mismo tiempo resulta incongruente, pues lo que ocurre dentro de un templo, cualquiera que éste sea, es una lección de humildad y de la hermandad que nos debemos los unos a los otros, pero que pocas veces llevamos a la práctica.
Variadas son las formas en las que se realiza la vida religiosa. Algunas personas lo hacen en comunidad, mientras que otras prefieren la soledad; algunas siguen dogmas, pero otras se inclinan hacia la improvisación espiritual, sin embargo, independientemente de la manera que cada quien tenga para “conectarse” con lo sagrado, pareciera que es la oración, el rezo, la plegaria el camino más recorrido, pues prácticamente puede hacerse en cualquier momento.
Aunque la mayoría no lo tenga en cuenta, rezar no es sencillo, pues implica un gran esfuerzo de la consciencia por mantenerse en el aquí y el ahora. La plegaria es una forma de meditación en la que el objetivo es liberarse de las distracciones mundanas para centrar toda la atención en el examen de uno mismo, examen que permitirá al orante comprender cuáles han sido sus aciertos a fin de reforzarlos, así como sus faltas con miras a corregirlas y no repetirlas.
En la vida cotidiana, el acto de rezar, para la mayoría practicante, dista mucho de ser un examen de uno mismo, pues en casi todos los casos lo que las personas llaman “rezar” no es más que la repetición de frases y oraciones aprendidas de memoria que nunca han sido reflexionadas cabalmente, en este sentido, no hay diferencias entre orar o recitar el himno nacional, pues ambas prácticas suelen hacerse mecánicamente y de memoria, ignorando su significado profundo, de ahí que, en el caso de quienes rezan oraciones aprendidas mantengan una vida incongruente entre lo que piensan, dicen y hacen, pues mientras piensan en su vida cotidiana, dicen palabras “sagradas” y hacen actos éticamente cuestionables. Sólo cuando hay unión y continuidad entre el pensar, el decir y el hacer los frutos de la plegaria se manifiestan.
No es difícil comprender por qué la mayoría de las personas que rezan prefieren las fórmulas aprendidas de memoria por sobre el examen de consciencia, pues lo que se repite una y otra vez mecánicamente otorga una sensación de haber expiado las culpas propias, aunque en realidad no haya ocurrido en lo más mínimo ningún cambio significativo. La oración memorizada no es más que un autoengaño, una especie de método rápido y fácil para tranquilizar la consciencia, aunque en realidad poco es lo que se hace en favor de la consciencia, sin embargo, cuando uno miente, cuando uno comete una falta, cuando uno actúa equivocadamente por mucho que nos digamos cosas contrarias para justificarnos, nuestra consciencia no dejará de recordarnos insistentemente que hemos caído en el error, de ahí que cuando uno comete un acto reprobable, metafóricamente se queda “manchado” en su ser.
Pareciera que la única manera de llegar a la plegaria sincera es cuando en nuestro interior realizamos el examen de consciencia anteriormente señalado. La plegaria religiosa (en el sentido de religar, de volver a unir) es posible únicamente cuando uno mismo reconoce su imperfección, su error y se avergüenza de sus actos, de ahí que la plegaria se acompañe de la humillación, es decir, del reconocimiento sincero de la imperfección que nos conforma. Quien no se examina a sí mismo con el objetivo de reconocer sus faltas, avergonzarse de ellas y buscar la manera de enmendarse, no podrá emitir ninguna plegaria plena ni consciente.
Muchas son las personas que suponen que por repetir palabras sagradas se hacen así mismas santas, muchas son que creen que por repetir decenas de veces oraciones “espirituales” y memorizadas se acercan a la perfección, sin embargo, no hay nada más absurdo, pues son estas mismas personas las que terminan despreciando a sus semejantes, debido a que si bien conocen las palabras divinas, nunca las han comprendido en la complejidad de sus profundidades. El escritor Idries Shah, en su obra Aprender a aprender Psicología y espiritualidad al estilo sufí, menciona lo siguiente con respecto a las plegarias memorizadas:
«Los métodos rápidos y fáciles son infructuosos. Omar Jayam dijo: Partieron, y ninguno retornó para contarte qué hay más allá. No obtendrás nada de una plegaria mecánica. La plegaria es inútil sin sinceridad y verdadera aspiración. Las gentes que rezan y que no atienden al necesario cambio en sí mismas como su base, no son iguales a aquellas que realmente rezan. Las gentes que rezan deben ser alteradas por la plegaria, y esta alteración se manifiesta parcialmente en su conducta y temperamento. Podría igualarse la plegaria con el pensamiento correcto y con la correcta acción sobre el nivel humano ordinario. La plegaria consiste en escuchar las quejas de los afligidos y asistirlos; en ayudar a los necesitados y los oprimidos; en alimentar a la gente y liberar a los cautivos de la cautividad.»
Muchos rezan porque ven en ello una oportunidad para remediar las deudas que podrían tener con “el más allá”, sin embargo, precisamente por centrar su atención en una dimensión de la que ni siquiera sabemos si existe, desprecian lo inmediato, lo cotidiano y los problemas tangibles que tienen frente a sus ojos, empezando por el sufrimiento del otro, del prójimo. De ninguna manera se está afirmando que la plegaria es inútil, sino que más bien se enfatiza la importancia de que ésta venga acompañada de un detenido examen de consciencia, pues lo único que tenemos por cierto es lo que pasa en “el más acá”, sin importar lo que hay más allá.
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