A lo que nos sucede, solemos darle una importancia exagerada. Somos protagonistas de nuestra vida, no hay duda de ello, pero nos confundimos y pensamos que también tenemos un papel protagónico en el mundo, y no sólo eso, suponemos que lo que hacemos es muy importante y que por ello mismo no podemos dejar de hacerlo, lo cual nos mantiene ocupados, sin tiempo para nada y con la sensación de que somos personas no solamente importantes, sino, además indispensables y productivas, cuando la realidad es que un día desapareceremos y con ello nuestro recuerdo.
Qué difícil resulta para todos nosotros reconocer que de alguna manera nada importa, esto no significa que la vida no deba de experimentarse apasionadamente y que sería mejor que todo terminara aquí y de una vez y para siempre. Comprender que lo que diariamente nos ocurre no es más que un instante que pronto se perderá en los arenales del olvido es fundamental para alcanzar la plenitud de la existencia porque, aunque parezca contradictorio, la felicidad depende de la comprensión de que todo, tarde o temprano, se derrumbará de la misma manera en que lo hicieron las esplendorosas ciudades antiguas.
Afligirse por que las cosas no van como lo esperamos es comprensible, pues aunque el sufrimiento es parte de la condición humana, nadie desea sentirlo; por el contrario, alegrarse por que las cosas sí van como lo esperamos también es comprensible, pues qué mejor que nuestros planes se realicen cabalmente; sin embargo, el hecho de que nos aflijamos o de que nos alegremos es un indicador de que nuestra tranquilidad depende de la identificación que tenemos con respecto a lo que nos ocurre y rodea, es decir, puesto que consideramos que todo lo que es externo a nosotros es verdadero, permitimos que influya en nuestras emociones, mismas que, aunque sean de alegría, tendrán repercusiones negativas en nosotros; en este sentido, es fundamental saber que la realidad, o lo que entendemos como tal, no es más que una ilusión.
La vara que utilizamos para medir la realidad es la de nuestras creencias. Para cada uno de nosotros, lo verdadero está en relación directa con lo que creemos, de tal suerte que todo aquello que contravenga a nuestras creencias no sólo nos parecerá falso, sino, además, censurable. Lo que creemos es lo real, pero puesto que cada uno de nosotros cree en algo diferente lo real no puede ser nunca. Reconocer y comprender que las creencias son subjetivas es fundamental para acercarnos a una vida armónica; popularmente se dice que “cada cabeza es un mundo”, y en general estamos en el entendido de que así es, pero esto dista mucho de que lo aceptemos y de que lo comprendamos, pues, por lo regular, la mayoría se niega a aceptar que la creencia del otro pueda tener un grado de verdad.
A nuestras creencias nos aferramos como si éstas fueran incuestionables. No sabemos de dónde nos llegan las creencias que tenemos, ignoramos si las heredamos, las creamos o son resultado de un continuo adoctrinamiento social, pero a pesar de ello las defendemos a toda costa y como si fueran verdades inmutables y eternas. Lo cierto es que nuestras creencias, en general, son débiles y que no resistirían el más mínimo escrutinio por parte de alguien que tenga interés por llevar a la práctica la duda filosófica. Cuántas veces no nos hemos sentido molestos cuando alguien se atreve a cuestionar nuestras creencias, esto ocurre porque inconscientemente tememos la pérdida de nuestras creencias, pues si nos despojaran de ellas, no nos quedaría nada.
Creencias en el mundo, de cualquier índole, hay muchas; verdades solamente hay una, misma que por su naturaleza es inaccesible para el ser humano; en cuanto a las certezas, éstas son pocas, siendo algunas de ellas: nada dura para siempre, todo se acaba, somos insignificantes, el olvido todo lo sepulta, etcétera. Estas certezas medianamente las llegamos a intuir a lo largo de nuestras vidas, pero puesto que podrían llevarnos a una sensación de miedo y angustia, preferimos evitarlas para volver a refugiarnos en nuestras creencias. En este orden de ideas, el psicólogo Enric Corbera, en su obra Yo soy tú. La mente no dual, afirma:
«Para algunos la verdad solo es aquello que pueden ver, tocar y medir. La ciencia ya ha demostrado que solamente vemos aquello que creemos que podemos ver, o simplemente que necesitamos ver. Uno proyecta la necesidad de que las cosas se adapten a su manera de entender el mundo. Las creencias son el obstáculo que impide ver la otra cara de la moneda. Uno crea una ilusión de sí mismo y construye una personalidad alrededor de su yo, que es el ego y que es una ilusión de uno mismo. Las creencias se aprenden, no son naturales, ni son verdad, sino el producto de imaginaciones febriles y con miedo. Vivimos en un mundo prefabricado por nuestra mente, y lo grave es que creemos que es real. La locura del mundo es la creencia de que las cosas deben ser tal como uno piensa que son. Cuando sabes, cuando tienes certeza, ya no necesitas creer. Vives sabiendo que tu manera de ver es sencillamente una manera de ver, y no la verdad. Cuando comprendemos que lo que vemos es un holograma de nuestra mente y no la realidad, el mundo pierde el sentido que antes tenía, entendemos que todo es efímero.»
Todo lo que percibimos no es lo que es, sino lo que creemos que es. La realidad es desconocida para nosotros porque la hemos vestido con el disfraz de nuestras creencias. En un afán por querer ser los protagonistas de la vida, hemos caído en el error de creer que nuestro ego y el yo que somos son lo mismo, sin embargo, el ego es un disfraz más con el que hemos adornado a la realidad para ocultarla. ¿Por qué escondemos a la realidad debajo del velo de nuestras creencias? Porque sentimos miedo, porque nos negamos a reconocer que nuestro protagonismo es irrelevante y que la felicidad se alcanza al aceptar que todo es efímero.
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