Cuando estamos por terminar la educación preparatoria es común que nos pregunten qué queremos hacer después, en qué profesión nos gustaría especializarnos, o a qué empleo estaríamos dispuestos a dedicarle nuestra energía. En ese momento somos todavía demasiado jóvenes cómo para saber a qué queremos confinar nuestra existencia, sin embargo, se nos insta, incluso se nos obliga, a tomar una decisión, misma que, de ser desafortunada, podría confinarnos por el resto de nuestros días a una travesía dolorosa.
No hay duda alguna en la necesidad de trazar un plan de vida, pues esto nos permitiría tener si no claridad, al menos una posibilidad de acción para cumplir con un objetivo específico, sin embargo, el diseño del plan de vida no es sencillo y tampoco existe una metodología para hacerlo. El plan de vida no se trata de elegir la profesión a la que queremos entregarnos, aunque de alguna manera sí la incluye; tampoco el plan de vida consiste en elegir a las personas con las que estamos interesados en conformar una familia, aunque sí las considera como parte del mismo; en pocas palabras, el plan de vida no se resume a elegir solamente un aspecto de la existencia, sino a tener la sabiduría para armonizar los más elementales con miras a que nuestra existencia sea lo más agradable posible.
Una incógnita persistente en la experiencia humana es la de qué hacer con lo que la vida nos da, cómo mantenerlo y cómo enfrentar su disolución, es decir, nadie llega a esta vida porque lo haya pedido, sencillamente uno nace y se ve en la obligación de enfrentarse a las vicisitudes cotidianas, las cuales están conformadas de experiencias agradables y desagradables que poco a poco nos van llevando a encontrar placer, deleite e incluso felicidad en esta experiencia que nos fue conferida en contra de nuestra voluntad. Nuestra vida se desarrolla, adquirimos experiencia y aprendemos a disfrutar de algunos de los días que nacen con cada levantamiento del sol, y una vez que pensamos que estamos en nuestro mejor momento, en la cumbre de las alegrías, la vida, la misma que voluntariosamente nos trajo aquí, paulatinamente comienza a arrebatarnos todo aquello que ahora amamos: nuestras cosas, nuestros logros, incluso a nuestras personas más allegadas; es entonces cuando uno no puede evitar preguntarse para qué la vida nos da tanto, si después habrá de llevárselo todo, incluidos a nosotros mismos.
Es mientras la vida nos va dando más y más que cada uno de nosotros vamos trazando nuestro plan de vida. Nos imaginamos más o menos qué nos gustaría hacer, en dónde nos gustaría trabajar, en qué nos gustaría gastar el dinero y con qué personas nos gustaría estar, sin embargo, todo este diseño del plan de vida es improvisado y esto se debe a que no tenemos una meta clara para nuestra existencia, esto lo corroboramos de manera sencilla, pues si le preguntamos a alguien cuál sería su objetivo en la vida, la mayoría coincidirá en decir que su meta es la felicidad, sin embargo, la felicidad no es algo tangible ni concreto, sino imaginario y abstracto, algo semejante a una nube que cambia su forma conforme avanza por el cielo, y puesto que la felicidad es para la mayoría de las personas semejante a una nube, le resulta complejo el diseño de su plan de vida. Para saber cómo andar en el camino, es preciso saber su destino.
En la literatura antigua existe una frase anónima en latín que dice “respice finem” y que se suele traducir como “reflexiona en tu final”. Evidentemente la frase es una alusión directa a la muerte, tema que en nuestra sociedad es un tabú, pues aunque la muerte está presente en todo momento y lugar, se hacen esfuerzos por disimular su cercanía. Hablar de la muerte entre nosotros no es sencillo, hay quienes al escuchar la palabra “muerte” se acongojan, también hay los que se enfadan, los que temen, los que fingen desinterés y los que exageran una actitud morbosa, pero si nos cuesta hablar de la muerte no es tanto porque ésta sea maligna, sino porque sencillamente la desconocemos, al tiempo que nos negamos a comprenderla.
Ante la complejidad para trazar el plan de vida y ante la ausencia de una metodología para hacerlo, quizás podría proponerse que en lugar de hacer el plan de vida desde nuestra situación presente, lo mejor sería hacerlo desde nuestro final, es decir, en lugar de que nos preguntemos a qué nos gustaría dedicarnos, en qué nos gustaría trabajar o qué nos gustaría hacer, lo ideal sería preguntarnos: cómo nos gustaría morir, pues dependiendo de la respuesta que demos, sería más clara la manera en que tendríamos que vivir para alcanzar ese tipo de muerte. Con respecto a la muerte propia, el místico Alfonso de Ligorio, en su Preparación para la muerte, nos dice lo siguiente:
«Todos confesamos que hemos de morir, que sólo una vez hemos de morir, y que no hay cosa más importante que ésta, porque del trance de la muerte depende lo que dejemos al mundo. Todos sabemos también que de vivir bien o mal procede el tener buena o mala muerte. ¿Por qué acaece, pues, que la mayor parte de las personas viven como si nunca hubiesen de morir, o como si el morir bien o mal importase poco? Se vive mal porque no se piensa en la muerte. ¿Queremos correr el peligro de no disponernos a bien morir hasta que la muerte se avecine? Hagamos ahora lo que en ese trance quisiéramos haber hecho… ¡ Oh, qué tormento traerá la memoria del tiempo perdido, y, sobré todo, del malamente empleado!… ¡Qué angustias nos dará el pensamiento de que ya no es posible recuperar el tiempo perdido. Menester sería juicio sanísimo, quietud y serenidad para actuar bien, disipar graves escrúpulos y tranquilizar la conciencia…»
Construir nuestro plan de vida es fundamental. Nos lamentamos de que la vida gota a gota nos arrebata las alegrías con que nos ha premiado, pero nunca se nos prometió que éstas serían eternas. Vivir bien es un aprendizaje, y el plan de vida será posible sólo hasta que nos sentemos a pensar en nuestro final y a, en un ejercicio retrospectivo, a diseñar nuestra muerte.
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