Dentro del degradado y enrarecido horizonte “nacional”, toda opinión o publicación de personas con acceso a medios es inmediatamente descalificada. Parecería que nadie puede tener criterio o perspectiva; lo que sea que cualquiera opine es porque se le ha pagado, quiere que se le pague o es un ofrecido. Así los epítetos de “derechango” o “izmierdoso” son la última serie entre una larga genealogía de términos de abuso y colectivo hundimiento moral-intelectual. Que si fulane escribió esto es porque recibe plata o es apachurre de tal. Que si mengane ha elaborado aquello es por la abyección de suinos en engorda. No puede decirse eso sea responsabilidad de su bajeza autocrática.
No comenzó con él, aunque se haya beneficiado de ese ambiente de podredumbre y rencor. Fox destacó al hablar de las marranadas entre tepocatas y víboras prietas, como antes de él un esquizofrénico subcomediante, y así podríamos irnos sexenio a sexenio, década a década, época a época para documentar la gradual pero inexorable saturación en que no es posible creer, dar crédito, o esperar ser persuadidos por nadie. No se apela a la inteligencia informada y crítica, porque las opiniones son para escarnio entre quiénes se la pasan chapoteando en el drenaje. Duplicidad, perversión y “sospechosismo” marcan pues la escala “nacional” en la política, que sólo empeora a niveles estatales y municipales.
Quizás por ello es por lo que apreciamos tanto las secciones internacionales de medios impresos y electrónicos. Muchas personas educadas, inteligentes y bien intencionadas saben que el medio favorito del gobierno federal es basura. Aun así, acotan, “sus traducciones valen la pena”. Otros recuerdan las gestas de reporteros televisos cuando se trató de cubrir eventos internacionales, particularmente como corresponsales de guerra. Todo ello viene a cuento y se complica por el fracaso de pandits, comentócratas y calumnistas respecto a las elecciones en los Estados Unidos. Por meses, a coro auguraban una segura victoria para Kamala Harris, la vicepresidenta de los Estados Unidos, que usurpó la candidatura del senecto e “incumbente” presidente Biden. Al no haberse dado ningún proceso de elección primaria en el Partido Demócrata, sin importar quiénes levantaron la mano y pidieron ser considerados, el liderazgo de éste determinó Biden iría sin retadores. Tras el debate con Trump eso se hizo insostenible, obligándole a retirarse.
El peso de los Clinton y Obamas fue determinante como el de los donantes multimillonarios para perseguir la continuidad en política doméstica e internacional. Mientras eso ocurría, el coro de opinadores profesionales editorializaba al unísono en México. No importaba quiénes, todos son tan impresentables como la copia de Walter Mercado en Univisión o los juniors de empresarios de medios en México (arrastrando los nombres de papachos y mamachas), incluyendo a aquellos que armados de grados en delusiones internacionales reclaman “experticia”. En sí, reiteraban que el arroz estaba cocido para recalentarlo en el microondas y como esas cenas rápidas para consumirse en soledad mirando la televisión o alguna serie en streaming, el espectáculo del DEI era tan indudable como disfrutable.
No es tal. Kamala Harris fue una muy mala candidata a la primaria de 2020 (en que no ganó el voto de ningún delegado) y su utilidad ha sido siempre marginal. Dada la importancia que han cobrado “las minorías” en la reinvención del partido Demócrata, una vez Biden amachinó la nominación requería un testaferro por la “diversidad”. Aunque pudieron ir por los de la sexualidad elegida, optaron por la de “una mujer de color” como significante vacío. Independientemente de lo vitriólico que puedan ser los vomitivos desplantes de Oprah Winfrey y Whoopi Goldberg, Kamala tenía la ventaja de no ser negra sino india (de la India vía el Caribe) y por ende carecer de una base en el agravio de los guettos. Jamás nadie le creería nada respecto a “reparaciones” aún en estados dónde sí hubo esclavitud y se pueden rastrear bastardos herederos (como en su familia de esclavistas jamaicanos).
En todo caso, el fracaso de su campaña es elocuente. Por un lado debemos reconocer la fortaleza de Trump al irse directamente contra la “mulveinización” del Partido Demócrata, por el otro que lo que aqueja al coro de comentócratas, pándits y claumnistas es peor que aquello con que los denostamos en escala nacional. Son incompetentes, incapaces e inútiles, no porque esten maiceados con chayotes, embutes y tamales. Lo son porque gustosos y por su cuenta se han prostituido; como muchos otros profesionales, sólo están a gusto “en el fango de la mediocridad”.









