El rasgo principal que nos distingue del resto de las especies animales es nuestra razón, la cual, unida a la inteligencia, parece llevarnos más allá de la misma naturaleza. La razón y la inteligencia no son lo mismo, aunque suelen confundirse, siendo su diferencia principal que mientras la primera atiende a cuestiones físicas, la segunda responde a necesidades metafísicas; es decir, la razón resuelve las necesidades del cuerpo, mientras que la inteligencia satisface las del espíritu, por ello es que podríamos decir que somos un alma atrapada en la cárcel del cuerpo.
La idea de que podemos ir más allá de la naturaleza no es fácil de comprender cuando afirmamos que estamos subyugados a un cuerpo de carne y hueso. Ir más allá de la naturaleza no quiere decir que superemos a la materia, pues ésta siempre hallará los medios para doblegarnos, sino que somos capaces de crear espacios que si bien nacen de la materia, se encuentran más allá de ésta, como lo es la interioridad, dimensión ligada a conceptos como alma y espíritu, pero también con ideas como la consciencia y el desarrollo del ser, siendo precisamente la conciencia del ser o del yo lo que el resto de los animales no tienen; ellos no saben que existen ni tampoco que van a morir, sencillamente porque la abstracción de lo que llamamos existencia les es ajena a ellos. Los animales no humanos nacen, crecen, se reproducen y mueren, mientras que los seres humanos podrían nacer, crecer, reproducirse y morir, o nacer, crecer, reproducirse (o no), renacer y eternizarse. En pocas palabras, los animales nacen una sola vez, pero el hombre lo hace dos.
El tema del doble nacimiento del ser humano ha sido tratado por una amplia variedad de culturas. En cuanto al primer nacimiento no hay mucho que decir, éste le corresponde a la naturaleza y no es buscado por nosotros, sencillamente nos llega de una forma que podríamos llamar circunstancial o azarosa, a menos que creamos en la predestinación, pues desde ese punto de vista nuestro nacimiento físico se debería a un designio superior. El segundo nacimiento no es material y si bien se debe al cuerpo, es ajeno al mismo, pues es un nacimiento de orden espiritual. Con el nacimiento físico viene la consolidación de nuestro organismo, así como de la animalidad que nos ata al mundo de las formas; mientras que con el nacimiento metafísico viene la consolidación de nuestra alma, así como de la espiritualidad que nos ata al mundo de lo eterno. Hay un punto de coincidencia entre ambos nacimientos y es el de su final, el cual se deberá siempre a la muerte, pero hay una diferencia esencial y ésta es que mientras la muerte lleva al cuerpo hacia su hundimiento en la tierra, lleva al alma hacia su elevación en el espíritu.
Aunque el segundo tipo de nacimiento es una posibilidad latente para todas las personas, son pocas las que lo consiguen, y esto es porque la mayoría vive entregada a la conformidad de las formas. La persona que supone que ya está completa por el simple hecho de haber tenido un nacimiento material y por haber “progresado” en las exigencias sociales, las cuales suelen medirse por las capacidades económicas con que uno cuenta, vive engañado y únicamente en el ámbito de lo superficial. Cierto es que el mundo exterior es relevante, pues gracias a éste consigue su realización la carne a la cual nos debemos, sin embargo, no es más relevante que el mundo interior, el cual es el único que puede garantizar el triunfo del espíritu.
Muchas son las personas que se suponen realizadas por haber conseguido el empleo de sus sueños, por haber podido comprar una vivienda, por haber realizado viajes alrededor del mundo, y/o por poseer una gran cantidad de dinero en el banco, ¿pero de qué les aprovecha todo esto si en última instancia viven con un vacío interno que los mantiene ligados a bajas pasiones como la tristeza, el enojo y el miedo? Quien ha triunfado sobre sí mismo es sólo quien ha abandonado los sentimientos antes mencionados gracias a que ha vislumbrado la realidad y no sólo este espejismo con el que solemos sentirnos complacidos. El neurólogo Maurice Nicoll, en su obra El nuevo hombre, nos habla así de la importancia del segundo nacimiento:
«Los Evangelios y otros textos espirituales nos indican que el hombre que habita esta tierra puede someterse a un proceso de evolución interior si llega a tomar contacto con cierta enseñanza precisa. Por este motivo Cristo dijo “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Esta evolución interior es psicológica. Devenir en un ser más comprensivo constituye un desarrollo psicológico. Y este desarrollo yace en la comprensión. Un hombre es en medida de lo que puede comprender. El hombre tiene un nacimiento, el natural, pero todas las enseñanzas esotéricas hablan de que puede tener y de que es capaz de obtener un segundo nacimiento. Pero este segundo nacimiento le pertenece al hombre en sí mismo, al hombre privado, al hombre secreto, al hombre interior, y no al hombre que parece ser en la vida y que piensa que ya es, al de éxito, al hombre que presume. Nuestro primer nacimiento ocurre del mundo celular que evoluciona hacia el hombre. Nacer de nuevo significa evolucionar hacia una psicología superior, hacia un superior nivel de entendimiento.»
El segundo nacimiento, el cual es una manifestación del progreso espiritual ocurre únicamente cuando nos acercamos a todos aquellos textos considerados sagrados y que han perdurado a través de los siglos. Bien leídos estos textos, nos dejan ver que éstos no pertenecen a ninguna religión en concreto y que si las religiones se han apropiado de ellos ha sido únicamente para garantizar su subsistencia en el mundo exterior, desligándose por ello mismo de todo aquello que tenga que ver con la realización interior. El primer nacimiento es resultado de la unión de nuestros padres, y por lo tanto es ajeno a nosotros, pero el segundo depende únicamente de la disposición que tengamos para escuchar a nuestro maestro secreto, aquel que, nacido de la oscuridad de la consciencia ha venido para advertirnos que todo aquello que podamos percibir por la vía de los sentidos es ilusorio y pasajero, y que la Verdad está en un segundo nacimiento.









