Trump ganó, goleó y convenció. Así podríamos, en la más vulgar práctica de los periódicos deportivos, reducir el resultado del proceso electoral estadounidense a un cliché absurdo. Deja de serlo cuando de ñapa añadimos que también humilló. A quiénes humilló es lo relevante. No necesariamente a “les” votantes por Harris, aunque es prerrogativa de “elles” victimizarse si eso les consuela. Sin duda al establishment de la prensa. Por meses y en sí toda la campaña se reiteró hasta la náusea por medios impresos, audiovisuales y electrónicos que se trataba de una contienda cerrada entre el retador y la sustituta. Un retador que no necesitaba presentación siendo esta su tercera campaña habiendo ganado la primera y perdido la segunda.
La sustituta, que sólo en círculos de California era conocida, no por nada bueno, pero a la que le inventaron logros inexistentes, capacidades por conocer, pero que contaba con dos falsos méritos en la política ficción: ser mujer y “de color” (prieta). Nadie votó por ella, no habiendo logrado ni un delegado en la primaria del Partido Demócrata en 2020 y sin ningún proceso de legitimación en 2024. Simplemente era la sustituta, no sólo de Biden sino de los Obamas, quizás de Hilaria Clinton, y en sí de un partido de élites costeras cosmopolitas y fariseas.
En sí, que los demócratas tengan una crisis de liderazgo es un problema común a las formaciones políticas en todo el mundo. Que la prensa sea tan abyecta y decida apoyar mentira tras mentira, produciendo un remedo de espantapájaros, al que le inventan atributos, contra un bien curtido retador va más allá de la campaña. Es la debacle de una industria que no es sólo explicable por las redes sociales. Es la venalidad de los ejecutivos y dueños, del gremio mismo de periodistas e informadores, que o bien han dejado de enseñar el oficio o están demasiado satisfechos facturando apócrifos. La humillación puyará más hondo en los medios establecidos y señeros. El New York Times y The Atlantic en la prensa impresa, seguido por las cadenas televisivas de acceso abierto y medios subsidiados como NPR/PBS (radio y televisiones públicas estadounidenses), por no mencionar a las plañideras de MSNBC, CNN, y un sinfín de podcasts, canales en You Tube y pasquines tan obsequiosos como reiterativos.
En todos se seguía el mismo guion tomado de la secretaria de prensa de la Casa Blanca (Karine Jean-Pierre) que no tenía dos sino tres (siendo lesbiana) de las patrañas identitarias que suponían auparían a Harris. Lo que no es cierto en una—que esas categorías fetichistas sustituyan capacidad profesional y credibilidad—tampoco lo es en otra, fuera del mundo ficticio del DEI (contrataciones de personal subestándar en atención a la Diversidad, Equidad e Inclusión). Ciertamente ninguno de esos medios está ausente de la aberrante tendencia institucionalizada con Obama desde 2008, pero tampoco puede decirse que quiénes tomen las decisiones no tuviesen opciones. Podrían haber informado veraz y críticamente o sumarse a la producción de barata propaganda chantajista con demasiadas negociaciones en medio.
Al interpelar al estadounidense común con monsergas de “culpa blanca” o sus equivalentes en masculinidad, heterosexualidad y en sí de “privilegio” se mantuvieron en el plan por dieciséis años, ignorando que ya dio de sí. Pudo sin duda proyectar a Obama por encima de Clinton, así como repetirse en asaz diputaciones y senadurías, gubernaturas y alcaldías, pero demandaba contar con cierta consistencia. “El escuadrón” de la cámara baja es la mejor burla de ello y no escasean lectores de noticias (pasados como “líderes de opinión”) que se han tornado en escarnio no sólo de hombres blancos resentidos por “masculinidad frágil” sino de cualquier persona con dos dedos de frente, sentido común y el criterio mínimo para separar frijol de gorgojo.
El chantaje da ventajas de salida, pero no puede ser lo único. Al mismo hay que darle densidad con la trayectoria corroborable personajes y políticas de amplio espectro. Nada eso ocurrió y la debacle es por demás monumental. Asimismo, debe insistirse que eso se sabía desde la misma selección de Harris como vicepresidenta DEI, pero supusieron que el miedo por ser atacados como misóginos o racistas sería suficiente. No fue así, simplemente porque ella se encargó de darle la razón a los escépticos. Sí, puede posar por una WOC “mujer de color” (sic[k]) pero al menos debe saber amarrarse los zapatos y saber con qué mano comer y con cuál limpiarse. La ofensiva “Woke” pasó de perspicaz curiosidad con cierto mérito a burla y en sí estigma como enajenación de subnormales e impresentables.
Los meses siguientes serán pródigos en sesudos ensayos que expliquen sin reconocer responsabilidades. Sin embargo, no hay paso atrás. Volver a confiar en los grandes medios no parece una posibilidad. En su lugar las redes sociales y podcasts experimentarán primero una obscena explosión de escarnio y venganza, para posteriormente irse segmentando en grados de credibilidad de manera inestable. A nadie puede culparse de la debacle sino a los medios mismos, razón por la cual se abre un nuevo juego para El Gatopardo (“para que todo siga igual, todo debe cambiar”). Ya veremos de qué cueros salen más gonorreas.









