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La educación es la crianza, enseñanza e instrucción que se le brinda a las personas a fin de ayudarlas en el desarrollo de sus habilidades, capacidades, facultades y cualidades, lo cual hace de la educación una especie de alimento que más que servir para nutrir al cuerpo, fortalece a la dimensión impalpable, pero presente, de toda persona: el espíritu. En pocas palabras, la educación es la vía por la cual dejamos de ser bestias para convertirnos en hombres.
Sin embargo también la educación es adoctrinamiento, sí en el sentido de “enseñanza”, pero principalmente en el de “sometimiento”, y cuando esto ocurre, la educación deja de ser alimento del espíritu para tornarse en veneno, haciendo con ello que el individuo, lejos de buscar el triunfo sobre los enemigos de la ignorancia, la hipocresía y la ambición, acepte someterse a estos tres traidores que al principio, como todo placer, deleitan en el ocio, pero al final matan a quien los toma como directores de su existencia.
El Artículo Tercero Constitucional establece, entre otras cuestiones, que la educación es obligatoria, sin embargo, valdría la pena que nos preguntemos para qué nos educamos, y aún también, por qué y cómo lo hacemos, considerando además interrogantes en torno a si la educación que recibimos verdaderamente busca favorecernos en lo individual y en lo social simultáneamente, pues a veces da la impresión de representar todo lo contrario, esto es, un adoctrinamiento centrado en el beneficio de una minoría a costa del bienestar de la mayoría.
Idealmente un Estado político se encarga de la administración de cada una de sus partes. Al estado lo constituyen gobernantes y gobernados, y a fin de que tanto unos como otros se consoliden equilibradamente es menester que estén educados. Sin embargo, un Estado político en la realidad funciona de manera distinta, pues cada vez pareciera más ser una regla que ni los gobernantes ni los gobernados estén educados, siendo la única igualdad entre ambos la de la ignorancia. A pesar de ello, resulta obvio que quienes ejercen el poder poseen una ignorancia distinta a la de quienes reciben los efectos del poder, pues mientras que los primeros se mueven por la ambición, los segundos actúan por la inercia de su pesimismo y apatía.
Es fundamental comprender que la educación emanada del Estado (cualquiera) tendrá como objetivo el mantenimiento del conglomerado social en la situación en la que actualmente se encuentra, es decir, en una estructura en la que unos pocos se benefician de la acumulación de bienes materiales, mientras la mayoría entrega indiscriminadamente lo único valioso que tiene: su tiempo. En este sistema social desigual la educación no es más que un veneno que ablanda al individuo a tal grado que es fácil hacer que adopte la forma que más le conviene a quienes ostentan el poder; en este sentido, la educación oficial, la del Estado, nunca será en beneficio de la mayoría, sino en perjuicio, de ahí que los programas educativos impartidos en las instituciones avaladas por el Estado tengan como prioridad la formación de obreros eficientes antes que de individuos pensantes, pues ello representaría el derrumbe de los privilegiados.
No hay duda de que el Estado tiene claro el objetivo de la educación que imparte, el cual no es otro que la satisfacción de sus propias necesidades, por ello mismo, resulta también fundamental que quien se eduque tenga claras las razones de por qué lo hace; la educación, la verdadera, sólo puede ser resultado de una toma de consciencia, lo otro, el automatismo que vemos en la mayoría de los individuos que van a los colegios, escuelas y universidades, no es educación, sino adoctrinamiento.
En la antigüedad griega, la educación del estado no era diferente a la nuestra, pero la impartida por los filósofos sí, pues su objetivo no era el sometimiento del individuo, sino la búsqueda de la Verdad. El filósofo Montesquieu, en su obra El espíritu de las leyes, menciona: «La mayor parte de los antiguos vivieron bajo gobiernos cuyo principio era la virtud, y cuando ésta obraba en ellos con toda su fuerza, hacía cosas que no vemos hoy y que llenan de admiración nuestras almas degradadas. Tenía además su educación otra ventaja sobre la nuestra, a saber, la de que nunca se desmentía. El general Epaminondas en el último año de su vida, decía, escuchaba, veía y practicaba las mismas cosas, que en la edad en que había comenzado a instruirse. Hoy recibimos tres educaciones diferentes y algunas veces contrarias: la de nuestros padres, la de nuestros maestros, y la del mundo. Lo que nos dice esta última destruye todas las ideas de las primeras; y esto en cierto modo consiste en el contraste que forman entre nosotros los diferentes deberes de la religión y del mundo; cosa en verdad que los antiguos no conocían.»
Unidad y congruencia son los atributos que con toda seguridad definen a esa educación impartida por los filósofos griegos. Unidad, porque su idea de educación era un alimento que nutría tanto las necesidades materiales como las espirituales de los individuos; congruencia porque en esa búsqueda de la Verdad era imprescindible la armonía en el decir, escuchar, ver y practicar, en pocas palabras, que lo que uno pensara, dijera e hiciera, avanzara siempre en la misma dirección, y no en sentido contrario, como generalmente ocurre con quienes ostentan el poder, pues a la par de que enuncian discursos rebosantes de virtud, manifiestan actos viciosos.
Es difícil saber en dónde inician y terminan las tres educaciones: la de nuestros padres, la de nuestros maestros y la del mundo. Es posible que la educación de nuestros padres sea un reflejo de la del mundo, no así la educación de los maestros, es decir, la de aquellos que lejos de proporcionar veneno, nos convidan del único alimento que nutre al espíritu: el de la virtud. La educación nos hace distintos a las bestias, pues por ella alcanzamos nuestra dignidad, sin embargo, la mayoría es “feliz” suponiendo que es libre sólo porque puede elegir sus cadenas.









