Sin perder tiempo, usando los poco más de dos meses, antes de ser juramentado como cuadragésimo séptimo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump comenzó a condicionar la política internacional. No hay bloque regional o país que no se vea afectado por las iniciativas del único imperio capaz de pelear dos guerras simultáneamente. Que sea capaz de ganarlas es consideración menor frente al daño que inflige en el proceso. Es sobre la base de su presencia militar en todos los continentes, en primer lugar, seguido de la pujanza de sus industrias culturales y capacidad de innovación tecnológica, que deba lidiársele. Sabedores de ello es que extienden las agendas más estrambóticamente retardatarias disfrazadas de progresivismo.
Así, cada país o conjunto de ellos debe saber interpretar los procesos de negociación venideros, seleccionando qué batallas son ganables, cómo ignorar sus despropósitos, y cuáles son imposiciones por soportar. Para el caso mexicano, se daba por hecho presionaría con la amenaza de aranceles reservándose medidas punitivas si no se atendían sus predecibles exigencias. Así, inversión china, tráfico de personas y substancias controladas borrará cualquier exceso retórico de soberanía, quedando las relaciones con Cuba, Venezuela y Nicaragua como “repechaje” para la nostalgia vía el cascareo doméstico.
La primera demanda, ya avanzada por el premier canadiense Trudeau, es un asunto de seguridad regional. La inversión china creció en México de forma importante durante la última parte del sexenio de López Obrador. Para cualquier residente en México es notoria a simple vista en el parque vehicular. Nuevas marcas de automóviles y mamamóviles buchones inundaron el mercado. Nadie puede saber qué tan recomendables son, cuál es su durabilidad y qué tipo de opción sean para quién. Se puede especular sobre el valor de reventa, la ausencia de mecánicos entrenados en sus procesos y la escasez de refacciones. Este nivel de conversación es sintomático. Así como es indudable su presencia, lo es también que sólo son la expresión visible de lo que está pasando en la política de importaciones. Requiriendo otros registros de observación, pero es corroborable también el desborde de mercancías chinas intermedias y subestándares en textiles y electrónicos, utillajes y herramientas. Y ahí es que comienza a complicarse la cosa.
Estados Unidos no puede permitir se den inversiones en infraestructura de telecomunicaciones chinas a lo largo del territorio porque las mismas sirven primerísimamente para labores de espionaje y marginalmente para que los mexicanos tiktokien, wassapien, bajen porno, o vean la siguiente temporada de la casa de los babosos. Esta consideración elemental es bien conocida y sólo fue dable se avanzase dado el descontrol del gobierno de Biden. No es posible saber quién toma las decisiones dentro de la incontinente burocracia federal estadounidense aun en (dis)funciones. Ciertamente no el demenciado presidente que vegeta vengativamente, ni la vapuleada vicepresidenta reducida a burla DEI. Es por la inutilidad de esa administración es que se establecieron las cabezas de playa chinas que son parte de un plan mayor. Qué tan enterado o comprometido estaba el gobierno mexicano de la tetranstornación con esa avanzada es difícil saberlo. Lo cierto es que no va a haber “segundo piso” en esa dirección.
La forma de contenerlos será atacando las exportaciones del sector automotriz. Ni uno de esos autos podrá entrar a los Estados Unidos, pero tampoco los de las cinco grandes armadoras tradicionales o coreanas que lleven ciertos componentes chinos en porcentajes definidos. La pandemia produjo escasez de microprocesadores que se recuperaron sin respeto a las cuotas previas. Es con preponderancia china que se reestableció el abasto y Trump va a apretar amenazando con dar por terminado el NAFTA y sucedáneo USMCA si no se enmienda como él determine. México, como exportador de manufacturas intermedias está en muy mala posición ante sus supuestos socios y “queridos enemigos de siempre”.
Ahora bien, eso es lo que puede plantearse cara a cara. Con la misma fuerza están las amenazas respecto al flujo criminal de personas y substancias controladas. Activistas y académicos suelen afirmar que la migración no es un delito, como tampoco lo es la prostitución, pero la organización de una y otra sí. Ahí las principales empresas criminales de polleros son las iglesias y por ende han gozado de una hipócrita patente de corso. Sin embargo, están muy lejos los días de caridad cristiana como principal rasgo estadounidense frente a los contingentes de personas movilizadas por la demanda de su mercado laboral. Sin rechazar a las iglesias, exigen termine su confesional regenteo de la miseria.
Asimismo, son populares las amenazas de recortes a los subsidios que beneficien a los inmigrantes pues se les acusa, no sin razón, de abaratar salarios y saturar servicios públicos. Se trata de inmigrantes económicos, por más que se inventen relatos baladíes de refugiados políticos enmarcados en apócrifos escenarios catastrofistas. Independientemente de la cantidad de trabajadores “indocumentados” que laboren en las empresas de los militantes de MAGA, el troleo de campaña es igual de importante que el voraz “molino de carne” del mercado de trabajo gringo.
Sin embargo, la amenaza con la que blande el garrote es la de los grupos criminales responsables de introducir fentanilo y sus precursores químicos. De la misma manera que secuestraron al Mayo Zambada, asesinando en el proceso al ex rector de la Universidad Autónoma de Sinaloa y a escoltas de ambos, pueden hacer con cualquier otro personaje sin distingo de fuero. Empresarios, legisladores, gobernadores, alcaldes, policías y líderes de partido—revueltos y batidos en la promiscuidad venal del sexenio anterior—son “fair game” (presa legal). Entre Álvarez Machain del caso Camarena y el Mayo Zambada pasaron casi cuarenta años. Suponemos que no fueron los únicos casos de secuestro con su cauda de asesinatos por común acuerdo clandestino. Lo cierto es que durante las administraciones de Reagan y De la Madrid hubo consecuencias diplomáticas graves, mientras que ahora no se tiene con qué amagar. Todas las cacayacas, lamentos y pregones sobre la “soberanía” se reducen a la impunidad de la infeliz frase del original J-Lo: “la familia del cowboy come carne de cañón”.
Como consuelo “Little Marco” desde el Departamento de Estado nos recordará a los veteranos y aclarará a los novicios por qué les seguimos llamando gusanos a los cubanos de Miami y la Florida. Demandando se expulse a esos “profesionales de la salud” (sic), que no son médicos en su mayoría, pero organizan clientelas políticas arrabaleras, lograrán se casen. No es la forma más eficaz, pero sí sabrosa de resolverlo. Al tráfico de gente, documentado desde el sexenio de Fox por el embajador Pascoe Pierce y organizado por Lazarito y su familia, se le devolverá el toque de prostitución romántica. Ya no al son de boleros ni delirios de la nueva torta, sino con el más vil “degenere urbano”. Volverán así los despropósitos universitarios de placeros como la campaña “¡Va por Cuba!” con todo y banderitas, pero ciertamente se comprará menos basalto cubano y escaseará el envío de petróleo mexicano.
Nicas y venecos son menos relevantes para la imaginación de esa enfermedad infantil llamada izquierdismo, que nos recuerda la gratitud es una aflicción que sufren “les perris”. No digo que no vaya a ser cosquilleante, bullanguero y divertido el pitorrearnos respecto a los significados de soberanía entre países “hermanados” por el jineteo, lo platanero y el excrementicio subdesarrollo petrolero, pero sí hay quiénes ya estamos muy mayores para creer vale la pena reducir las expresiones de solidaridad al consumo de rones infames. Treinta años del NAFTA nos echaron a perder también esas “cubitas”. Se sabe, además, que aún desde esos paísuchos “levantan pedido” para que los impresentables políticos marchantes del partidazo barredora les lleven porquerías del Costco.









