La economía global vive un momento de tensiones y reajustes impulsados por narrativas nacionalistas. Uno de los ejemplos más claros es el de Donald Trump, quien ha perfeccionado el arte de amagar con impuestos y aranceles como una herramienta no solo económica, sino política y mediática. Sus recientes declaraciones sobre imponer más impuestos a productos de China, Canadá y México han sembrado inquietud tanto en América del Norte como en Europa, particularmente en la industria automotriz alemana.
En este tablero de juego, no se trata solo de tener la razón económica o moral. El truco está en darle al político de enfrente la oportunidad de ganar mediáticamente mientras se logran los objetivos estratégicos propios. Trump entiende esto a la perfección. Amaga con políticas agresivas, pero muchas veces las retira en el último momento, logrando titulares que proyectan fortaleza sin necesariamente ejecutar medidas que puedan dañar su economía.
Un ejemplo reciente que genera reflexión es el análisis de la economista Viridiana Ríos sobre la migración y su impacto en la economía estadounidense. Según sus datos, los trabajadores migrantes, incluidos los mexicanos, contribuyen enormemente al crecimiento económico de Estados Unidos. Más del 70% de los trabajadores en el campo son migrantes, y 16 millones de empleos dependen de actividades relacionadas con las exportaciones desde México. Si bien los números son contundentes, ¿son suficientes para contrarrestar el discurso de Trump?
La respuesta es no. Los datos por sí solos no ganan corazones ni mentes; las historias lo hacen. El nacionalismo económico que Trump ha utilizado está lleno de narrativas simples y poderosas: “China nos roba”, “México se aprovecha”, “Canadá no es nuestro amigo”. Estas frases, aunque falten a la verdad, son fáciles de entender y reproducir. El reto de México y de otros países radica en desarrollar estrategias comunicativas que no solo desmonten estas afirmaciones, sino que también conecten emocionalmente con el público estadounidense.
Por ejemplo, el argumento de los empleos puede reformularse: “Los productos mexicanos no compiten con los estadounidenses; los complementan”. Los productos mexicanos pueden llegar a los hogares a precios y calidades más competitivos que si fueran hechos en otros lugares.
En el plano diplomático, los países afectados pueden buscar aliados internos en Estados Unidos: cámaras empresariales, líderes locales y organizaciones civiles que comprendan los riesgos de una política proteccionista extrema. Estas voces, amplificadas pueden equilibrar el discurso agresivo de Trump sin que los gobiernos extranjeros sean percibidos como “entrometidos”. El nacionalismo económico no desaparecerá pronto, pero los países pueden entender las narrativas del adversario y de construir una propia que sea tan potente y convincente como la suya. Al final del día, la comunicación estratégica no es solo un complemento de la diplomacia económica: es su esencia misma.










