Un día más para levantarse e ir a la escuela. Un día más para levantarse e ir al trabajo. Un día más para levantarse a practicar la misma rutina de siempre y al final del día preguntarse “qué sentido tiene todo esto”; aunque también están los que no se preguntan nada, de hecho son la mayoría, y suponen que son felices persiguiendo los mismos ideales de otros tantos que en su rutina diaria creen que lo único relevante es “ser una persona de éxito”, aunque no puedan decir lo que esto significa, pero que relacionan con el hecho de tener dinero en abundancia. Un día más para levantarse y darse cuenta de que si la vida sólo se relacionara con seguir órdenes, discutir, estresarse o deleitarse con una que otra banalidad, la existencia sería sumamente vacía.
El día a día es tan agobiante que pocas veces nos damos cuenta de la importancia que tiene el hecho de detenerse a contemplar sin hacer nada más. El día a día es agobiante, pero no es porque realmente lo sea, sino porque nosotros hacemos que lo sea a causa de nuestros pensamientos desordenados, los cuales se materializan en espacios y personas igual o más desorganizadas que nosotros. No es que el mundo sea caótico, sino que nosotros hacemos que lo sea al aferrarnos a estilos de vida artificiales.
Todos los elementos del cosmos están ordenados y relacionados entre sí, pero debido a que nos negamos la oportunidad de detenernos a contemplar lo que nos rodea y a nosotros mismos, nos hacemos ciegos a nuestro alrededor. Absolutamente todo está unido mediante un vínculo invisible, el cual se muestra a quienes tienen disposición a contemplar. Sin importar si tenemos la sensación de una vida ordenada o desorganizada, volteemos a ver lo que nos rodea, ya sean seres o cosas, y pensemos: ¿cuál es la relación que tengo (porque la tenemos) con este ser o cosa que me rodea?, ¿cómo llegó a mí?, ¿lo necesito?, ¿me define?, ¿lo juzgo como bueno o como malo? Preguntarnos de esta manera nos hará más conscientes de cómo vivimos.
Todo en el cosmos, incluido el cosmos mismo, se rige por el principio de causa y efecto. El piar del ave que hoy mismo escuchamos, por ejemplo, depende de la vida que surgió en el origen del cosmos y que desde entonces ha venido heredándose. Debido a que no nos damos la oportunidad de contemplar, ignoramos que la vida que anima al ave es la misma vida que ahora mismo bulle en nuestro corazón. No es que existan tantas vidas como criaturas hay en el universo, sino que más bien existe una sola vida que ha conseguido diversificarse en incontables cuerpos de cualquier especie. Es decir, la vida del ave es la misma de uno mismo, y la vida de uno mismo es la misma de las personas que ahora mismo me rodean, así como de los diminutos organismos que soy incapaz de ver, pero que ahí están. En este sentido, la vida es más compleja de lo que parece porque al haber solamente una vida no hay yo, ni tú, ni otro, sino que solamente hay uno, y aunque suene contradictorio, ese uno somos todos.
Aunque no lo parezca, el movimiento del sol y el de nuestro corazón se deben a la misma causa, no es fácil comprenderlo, pero el sol y nuestro corazón, en la raíz de las causas, se originan en el mismo punto, de ahí que todo aquello que vemos en el mundo de la materia y que nos parece separado y aislado no sea más que ilusorio. Si hasta ahora hemos vivido sin saber esto, es porque en verdad nunca hemos vivido, sino únicamente cumplido con rutinas vacías que no nos llevan a nada importante.
La búsqueda de lo real y la comprensión profunda de la Causa y de sus efectos (que somos todos nosotros, que somos uno) algunos la han realizado desde un camino que por común acuerdo llamamos el camino de la mística. La mística examina y experimenta todo aquello que está más allá de la materia, este sendero es el que han recorrido “los grandes iniciados” y que por la contemplación que hicieron de la Causa y de sus efectos podríamos decir que vivieron realmente, y no a manera de autómatas como lo hacen la mayoría de las personas. El filósofo Rafael Narbona, en su obra Peregrinos del absoluto, explica la experiencia mística así:
«Podríamos decir que lo místico es que el mundo exista, que haya algo en vez de nada. Lo místico evoca el misterio, lo que no comprendemos, aquello que se revela inaccesible a la razón y a la palabra. Lo místico apunta a las verdades más profundas, a lo más íntimo e inefable. Esta tensión revela que la raíz última de lo real no es visible. Si queremos conocer ese fundamento deberemos desprendernos de los prejuicios que nos confinan entre límites empobrecedores. Lo místico no es solo la conciencia directa de la presencia divina; es un estado donde el conocimiento no se objetiva en conceptos, sino en vivencias. El contemplativo busca la soledad para desposarse con el absoluto. Se aparta del mundo, pero no odia el mundo. Busca esa hendidura que permite atisbar lo que no aparece en la experiencia cotidiana. El místico palpa lo infinito en lo finito; conoce el trasfondo que sostiene lo contingente animando su vida y su continuidad. Los místicos descubren que todo es uno y uno es todo. El éxtasis místico es un estado de serena ebriedad, un sueño clarividente, una herida dichosa. La experiencia mística no nos pide un quietismo estéril, sino habitar la realidad de otra manera.»
La razón resulta inútil cuando se busca comprender aquello que originó todo lo visible. La vida mística no es únicamente la consciencia de los sagrado, sino un estado del ser en el que lo valioso no está en el conocimiento, sino en los actos. El místico se aleja temporalmente del mundo para encontrarse a sí mismo y después volver al mundo para vivirlo por primera vez desde la unión, no desde la separación. El contemplativo comprende, no por la razón, sino por el espíritu, que todo es centro, no periferia; que todo es presente, no pasado ni futuro; que todo es uno, y no dos, tres o más; que no hay adentro o afuera, tan sólo hay. La experiencia mística nos pide habitar la realidad de otra manera y no desde un quietismo estéril.
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