Las reacciones respecto a los desplantes de Trump hacia México y Canadá nos han expuesto a excesos peregrinos, retardatarios e hilarantes. Por principio de cuentas, sus amenazas son bravatas que hace para el aplauso y eco de su porra en Twitter/X. De ahí que sean necesariamente estrambóticas, rimbombantes y rocambolescas. Gravar con el 25% es romper el NAFTA/USMCA. Pese a que es abrumadoramente elocuente cuál de los tres países erige velámenes, maderámenes, fija curso comandando timón y artillería, también es un hecho que cambiar el suministro de materias primas, manufacturas, así como carne de cañón y galera desde otros bloques o regiones no sería ni sencillo ni eficiente. Ese blofeo desproporcionado constituye la parte posible. Más desbordado e improbable aún es la insinuación que Canadá podría hacerse el estado 51 de la Unión, dejando que los pirobos descastados se entretengan anhelando ser el 52. Por un lado, la federación canadiense es tan grande territorialmente que es pueril reducirla a un “establo”. Sólo Ontario sería competitivo como puente entre el Eastboard y Midwest (tipo Pennsylvania), pero, respetando la división política de provincias y territorios actual del Canadá, la broma de otro estado es un sinsentido. Eso para el caso de los “mungie cakes”, siendo muy pequeños los grupos de no blancos con derechos de ciudadanía por nacimiento.
Por el otro lado está México. Pudiendo habérselo quedado todo, una vez ocupado en 1847—para irse después sobre Cuba y Centroamérica—mantuvieron harto territorio, pero lo más despoblado posible (sólo California y Nuevo México contaban con núcleos poblacionales importantes). Eso como resultado de un muy amplio y nutrido debate entre varias facciones del senado estadounidense. Algunas pugnaban por tomar “nomás” hasta el inicio del trópico, pero incluyendo a la Península de Yucatán, otros que acaso las dos penínsulas, pero todos cedieron al razonamiento del racismo fundacional de la “hermandad aria”. Su república federada se pensó para herederos de Albión y Europa germánica, no para lo que en alemán es claramente denigrante (“Untermensch”), pero que en inglés los mismos degradados como “subhumanos” se reconocen como “de color”. Se dirá que mucho ha cambiado en los Estados Unidos tras ciento setenta años, mas no en lo característico. Si de algo sirven las presidencias de Obama y Trump (incluyendo la de Biden) es que su pulsión fóbica racista los hace ver moros con tranchete, por lo que jamás extenderían ciudadanía a estados con mayorías prietas. No es que no lo pensaron detenidamente, ponderando colonias penales y militares, nomás que les sale más caro el caldo que las albóndigas. De ahí que sólo se emocionen los penetrados culturales que están más que listos para vestirse, posar y actuar como “cantina girls” y “burrito boys”.
Por ende, la respuesta patriotera de defendernos cantando el himno nacional son tan líricas y risibles como patéticas y melodramáticas. El gobierno mexicano va a negociar en un juego de decepción invocando soberanía, independencia, autonomía y “similares” refrendando la categoría de simi-país. Ello por no tener una base industrial capaz de lograr un proceso, desde cero y completo, fuera de tortillas de nixtamal. A la ruptura de relaciones comerciales sobrevendría una hambruna sin el frijol de Michigan, el maíz de Iowa y hasta el epazote orgánico de Califas. Cada desplante sobre el aguacate y Súper Bowl, nos recuerda que no tenemos la capacidad de producir alimentos básicos, cuantimenos chanclas o huaraches. Engancharnos con otra región supondría deshacer los encadenamientos forjados desde el porfiriato y cimentado por treinta años del NAFTA y sucedáneo USMCA.
Todo eso lo sabemos, porque cada vez que como changuitos en fonomímica queremos comportarnos como gringos y canadienses sumándonos a boicots, solemos quedar muy entristecidos. Ellos pueden evitar el Starbucks porque tienen Second Cup y muchas más opciones de café excelso, nosotros ninguna. Los gringos boicotearon productos franceses a inicios de este siglo extrañando poco. Acá cualquier intento de unir el nacionalismo al consumo provoca risa involuntaria y harta pena ajena. De ahí que la negociación será tratando de salvar las apariencias. Se hará lo que impongan respecto a controles fronterizos y de seguridad, incluyendo acotar los intereses chinos, entonando grotescas cursilerías mientras la porra de Trump gruñe y aúlla.
Aquí lo relevante no es subrayar otra cosa, sino que la integración en el bloque norteamericano ya se dio en relaciones desventajosas para los mexicanos. Si se pretendió que los tres países y sus liderazgos compartían el mismo peso y poder de decisión fue por los buenos modales de las élites globalizadoras. Nunca fue así y no podrá serlo ahora. Tomarlo en serio es ser una persona ilusa y bobalicona, atávica y oligofrénica. Las decisiones sobre Norteamérica se toman en D. C. El mejor ejemplo está en los presupuestos para ciencia y tecnología. Bush Jr. los incrementó para Estados Unidos y fueron replicados sin importar qué partido o ideología campease en los patios vecinos. Obama, el farsante, los mantuvo sin incremento y lo mismo pasa acá con quién se vanagloria tal es su mole, pero exhibe diariamente ser todo menos lo que pregona.
Ahora bien, no deja de ser irónico que, el tratado planteado, avanzado y logrado por Salinas de Gortari rematando mano de obra sin derechos, sea por el cual se les va la vida a quiénes aún se atreven a usar “sustitución de importaciones” sin rubor ni pena ajena. La flota le llamaba “chafamex” con rencor al mercado interno compuesto por mercancías para consumidores cautivos con estándares inferiores al de cualquier otra pare del mundo. Hoy se le antepone el prefijo “simi” con el odio fraterno respecto a “los parientes pobres del amor”. Y esa es la injuria de la tetranstornación: hacer del “clasirracismo” que denuncian fetiche con el cual gozar.









