Este jueves dos datos, observaciones o declaraciones, confluyeron en un mismo punto, la violencia que se vive en la sociedad… ¿de dónde? De cualquier lado, pero nos centraremos obviamente en Puebla.
En su rueda de prensa el gobernador electo Alejandro Armenta señaló de manera muy puntual que es necesario distinguir entre los ataques o agresiones ocurridas al interior de los grupos criminales, que los que ocurren en contra de los ciudadanos.
Momentos después, en el Congreso del Estado, durante su comparecencia, el Fiscal General Gilberto Higuera Bernal dio a conocer un dato escalofriante, por decir lo menos. De enero a noviembre la FGE tomó conocimiento de 74 mil dos hechos con apariencia de delito y aquí viene lo terrible, los ilícitos de mayor incidencia corresponden a robo, violencia familiar, lesiones, amenazas, fraude y daño en propiedad ajena, que representan al 78.90% del total.
Es decir, la violencia familiar ocupa el segundo lugar en la comisión de probables delitos en la entidad.
¿Por qué confluyen ambos datos?
Porque como en reiteradas ocasiones lo hemos mencionado, la violencia y criminalidad no nace en las calles, de la nada. Surge justamente entre las cuatro paredes de un hogar. Cuando Alejandro Armenta señala que no son lo mismo los ataques entre grupos criminales, invariablemente hay que remitirse al lugar donde inicia el fomento al delito.
¿Acaso no es en un hogar (o casa) donde no existieron reglas, valores, límites? ¿Cómo puede revertirse esa realidad cuando, como lo señalan las cifras oficiales, es justamente la violencia familiar el segundo delito más cometido en la entidad?
Claro que hacer frente a la violencia es un reto común, pero no sólo de la autoridad, tiene que ser un reto de sociedad y gobierno. Si ambos sectores no ponen la parte que les corresponde, este ciclo de agresiones difícilmente llegará a su fin.
Y es que la realidad que viven miles de familias es verdaderamente dramática. Basta darse una vuelta por alguna escuela y escuchar las historias de los docentes. Lo mismo instituciones públicas que particulares enfrentan la misma historia a diario, pequeños que llegan asustados de las golpizas que sus padres propinan a sus madres. Traumatizados por lo que tienen que ver y escuchar a diario en el lugar se supone debe ser su sitio seguro. Y es que la violencia familiar no distingue posición social o económica.
Es precisamente en esa grieta donde todo puede pasar. Donde empieza la violencia, donde se vuelven presa fácil de grupos criminales, donde nadie les enseña valores, donde nadie los ama, donde pierden el camino.
Así que, claro que el combate a la violencia tiene que ser un reto común. Sociedad y gobierno, si realmente se desean cambios.
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