De todos los eventos de la vida que como personas podríamos experimentar, es el de la muerte el único que todos compartiremos. Ya sea que hayamos transitado por esta tierra llevando la corona de la fama, o el harapo del anonimato, todos habremos de abrirle nuestra casa en algún momento a la indeseada muerte que habrá de llevarnos con ella; “¿y entonces qué?”, nos preguntaremos en los últimos estertores, “¿aquí y así acaba todo o habrá algo más?”, nos cuestionaremos después, pero la respuesta no sabemos si habrá de llegar, pues aunque la muerte es una certeza, los ropajes con los que se cubre son los del misterio.
El enigma de la muerte y del más allá ha sido abordado desde la antigüedad y todas las civilizaciones nos han hablado de ella. Resulta interesante que todas ellas coinciden en la visión de la vida ultraterrena, en que la muerte es un paso que nos conduce a un más allá en el que el alma habrá de ser premiada o castigada por sus actos cuando vivía en un cuerpo de carne. Entre los griegos, por poner un ejemplo, una de sus tantas perspectivas de la muerte se expresa en el enigma de la esfinge, el cual se resume de la siguiente manera: “¿Cuál es el animal que tiene una sola voz y que camina en cuatro pies, en dos pies y en tres pies?”, la respuesta es: “El hombre”; en este enigma aparecen las dos naturalezas que según algunas doctrinas nos constituyen: el cuerpo y el alma, siendo la primera cambiante y la segunda fija, siendo además ésta última la que logra trascender a la muerte.
Generalmente, cuando hablamos del tema de la muerte, hay dos perspectivas que nos hablan de su manifestación y trascendencia. La primera perspectiva propone que todo inicia y termina en la materia; esta idea es más propia de ateos y escépticos. La segunda perspectiva postula que la materia solamente es un estado de tránsito, pero no el inicio ni el final del ser; en esta línea se hallan quienes tienen algún tipo de esperanza o fe en “el más allá” y en lo sagrado.
A su vez, tenemos principalmente tres hipótesis que reflexionan sobre la muerte: la materialista, la teológica y la del renacimiento. La perspectiva materialista solamente considera como verdadero todo lo que se desprenda de la materia y pueda ser explicado por la vía de la razón, por lo que, evidentemente, toda idea de Dios o de lo sagrado no cabe aquí. La hipótesis teológica está presente en las religiones, principalmente en las de carácter monoteísta como el judaísmo, el cristianismo y el islamismo; esta hipótesis es la que postula la coexistencia de la materia, el alma y el espíritu y que en resumidas cuentas hallaríamos en las ideas descritas en la Biblia, el Talmud o el Corán. Con respecto a la hipótesis del renacimiento, ésta se corresponde más con sistemas de creencias de raíz pagana o politeísta, y entre sus postulados está el de que el alma necesita encarnarse en repetidas ocasiones para aprender, fortalecerse y perfeccionarse cada vez más; este tipo de creencia lo comparten también las escuelas de misterios e incluso podemos hallar rastros de su manifestación en algunos pasajes de los Evangelios; en resumen, la hipótesis de la reencarnación, que es la que comparte el filósofo Platón, asegura que hemos estado en esta experiencia terrenal más de una vez, pero en el proceso de reencarnación lo olvidamos.
Quienes se basan en las teorías de la conservación de la materia y de la energía han postulado que la muerte es ilusoria y que cuando el cuerpo apaga sus funciones solamente vivimos un cambio en nuestra forma física, sin embargo, y si bien desde el pensamiento científico lo anterior es hasta cierto punto verdadero, la continuidad de la consciencia no está comprobada, es decir, el cuerpo que se degrada en la tumba se transforma en algo más, pero la prevalencia del ser es un tema del que realmente no sabemos nada. El filósofo Max Heindel, en su obra El problema de la vida y su solución, nos dice:
«Entre todas las vicisitudes de la vida, las cuales varían en las experiencias de cada uno, hay un solo acontecimiento que más pronto o más tarde llega a todos: ¡la Muerte! No importa nuestra condición social, que hayamos sido famosos, hayamos pasado desconocidos en la sociedad durante los años de nuestra vida, llega un momento en el que estamos solos ante el portal de la muerte y forzados a dar el salto en la oscuridad. Eminencias científicas han declarado que la inteligencia que nosotros llamamos hombre sobrevive a la muerte de su cuerpo y vive alrededor de nosotros, sea que la veamos o no, como la luz y el calor existen alrededor de una persona ciega sin que nada importe que ésta no los vea. Nosotros nos aventuramos a decir que sólo hay un pecado: Ignorancia, y sólo una salvación: Conocimiento aplicado. No importa cuáles sean las circunstancias, estriba en nosotros mismos el dominarlas o ser dominados por ellas. La vida de cada hombre es el resultado de su existencia anterior. Los errores antiguos nos traen dolores y enemigos, y los anteriores aciertos, nos brindan bendiciones.»
Si bien la vida que como seres humanos podríamos experimentar no es suficiente para conocerlo todo, es fundamental combatir a la ignorancia lo más posible; cada día es imprescindible que le hagamos frente a la ignorancia a fin de solventar, aunque sea parcialmente, nuestro estado de imperfección. Independientemente de que la vida post mortem exista, debemos actuar sabiendo que nuestra diligencia o negligencia nos definirán en los días venideros, de ahí la relevancia de actuar siempre en aras del perfeccionamiento personal, de lo contrario, si somos negligentes, erigiremos un futuro pobre.
Las hipótesis en torno al misterio de la muerte son meramente eso, hipótesis. Muchos son los que las adoptan, pero siempre está la duda de si es un placebo para hacer de la experiencia de la carne algo menos tortuoso, pues de ser cierto que todo termina con la muerte, nada de lo que ahora mismo hacemos tiene sentido. A fin de cuentas, lo único cierto es que la experiencia de la muerte a la que estamos llamados no es más que la disposición de dar un salto en la oscuridad.
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