Desde un enfoque histórico, nuestra civilización se encuentra en un punto de desarrollo nunca antes visto. La tecnología nos ha permitido agilizar los procesos de producción de alimentos; la educación tiene una inclinación cada vez mayor hacia el conocimiento científico; y el combate a las enfermedades desde la medicina moderna nos ha permitido prolongar nuestra esperanza de vida; sin embargo, aquello que llamamos “progreso social” se resume principalmente al desarrollo de la técnica, el cual deja de lado el mejoramiento moral, de ahí que las sociedades tengan una tendencia a corromperse. Sí, nuestra vida en muchos aspectos es más cómoda que en los tiempos pasados, pero de alguna manera también es más letal y triste.
Para que una sociedad pueda vivir en plenitud es fundamental que su desarrollo se dé tanto en las esferas de la ciencia como del espíritu, pues si únicamente se hace énfasis en la primera, se obtendrá algo semejante a una cáscara de huevo sin contenido y del que, por ende, nada podrá nacer. La biología y la cultura avanzan a velocidades diferentes, esto se debe a que la primera forma parte de un gran todo articulado, mientras que la segunda responde a los intereses particulares de sus integrantes, y mientras que la biología evoluciona buscando mantener sus correspondencias con todo aquello que la conforma, la cultura lo hace a pasos agigantados y destruyendo todo lo que a su paso le estorbe, lo cual puede corroborarse en el aumento de trastornos físicos, emocionales y mentales que atestiguamos en el diario acontecer.
Gracias a las neurociencias hoy podemos comprender que el acelerado y desequilibrado desarrollo social ha provocado la aparición de enfermedades psiquiátricas y neurodegenerativas que no se habían visto, al menos no en los niveles de hoy en día, como lo son, por ejemplo, la esquizofrenia y el alzheimer, las cuales, además, son exclusivas de nuestra especie. Generalmente se tiene la idea de que la evolución siempre es una mejora de las especies, sin embargo, esto no es así, pues también puede ser que los cambios vayan en detrimento de la naturaleza. También suele creerse que el hecho de que nosotros poseamos una mejor tecnología que los pueblos antiguos garantiza que nuestra calidad de vida va a ser, por ende, superior, pero esto tampoco es así y es absolutamente posible que civilizaciones anteriores a la nuestra hayan mantenido una mejor calidad de vida a costa de su desarrollo tecnológico. En este sentido valdría la pena preguntarnos de qué nos sirve la tecnología cuando estamos matando al cuerpo.
Gracias al desarrollo de la tecnología, hoy podemos vivir un mayor número de años, sin embargo, debido al desequilibrio que existe en el desarrollo social esta mayor esperanza de vida difícilmente ocurre bajo condiciones óptimas. Por ejemplo, cada vez es más frecuente ver a un mayor número de personas viviendo en la pobreza hasta edades muy avanzadas y con múltiples enfermedades, las cuales en parte son resultado de la imposibilidad de acceso a los servicios de salud, pero también al creciente egoísmo que observamos en todos los niveles sociales. Las ciudades, sí, poseen una tecnología sin igual para funcionar, pero al mismo tiempo son espacios enfermos que con el paso del tiempo se degradan, en múltiples sentidos, más y más.
Llegados a este punto, valdría la pena preguntarnos cuál es el precio a pagar por el desarrollo de la inteligencia. El ser humano contemporáneo posee un cerebro excepcional que le permite realizar grandes proezas, aunque en la práctica resulta evidente que no es así y que la mayoría de los individuos prefieren entregarse a actividades y prácticas que lejos de favorecerlos, los contaminan; esta actitud se entendería como una consecuencia de la convivencia en las deshumanizadas ciudades de nuestro siglo y en el que un porcentaje considerable de la población vive los efectos adversos del estrés. En este sentido, las enfermedades mentales podrían ser el precio a pagar del desarrollo de nuestras redes neuronales, pues si bien nuestras capacidades aumentan, lo hacen también sus riesgos y exigencias.
Los profesores Jordi Agustí, Enric Bufill y Marina Mosquera, en su obra El precio de la inteligencia, mencionan: «Todo cambio tiene un precio, y el desarrollo de la cultura y tecnología no fueron ninguna excepción. La civilización trajo también la superpoblación, la pobreza y la guerra. ¿Es este el precio de la inteligencia? ¿O tal vez estos problemas son solo el resultado de la codicia, ignorancia, falta de previsión e insuficiente tecnología? Sabemos que el estrés sostenido produce ansiedad, depresión y contribuye a las enfermedades cardiovasculares, trastornos que afectan negativamente a la reproducción. También que la disminución de espermatozoides detectada en numerosos países industriales podría estar relacionada tanto con el estrés como con la contaminación ambiental. La superpoblación, el cambio climático o desastres ecológicos podrían llevar al colapso de nuestra especie. En las condiciones creadas por dicho colapso, la selección natural volvería a actuar con toda su crudeza. Sean cuales sean los escenarios que debamos afrontar en el futuro, las únicas opciones para nuestra especie son el desarrollo de la inteligencia o la extinción.»
Resulta interesante que la aparición y desarrollo de las enfermedades mentales es mayor en las grandes ciudades, justamente en donde se vive un sedentarismo exacerbado acompañado de dietas ricas en grasas saturadas. A diferencia de otras especies, la evolución de la nuestra está marcada por cambios naturales y culturales, es decir que al mismo tiempo que somos animales homínidos, somos algo más que pretende rebasar a la naturaleza, de este desequilibrio nacen el estrés, la ansiedad y la frustración cada vez más generalizadas entre todas las personas. ¿Son nuestras modernas, egoístas y contaminadas ciudades el reflejo justo de nuestra inteligencia o tan sólo una aberración de la misma? La inteligencia es para nosotros semejante a un arma de dos filos, y dependiendo cuál utilicemos es si nos abriremos paso hacia el desarrollo o la extinción.









