Cada vez es más frecuente que el comportamiento humano sea explicado desde una supuesta base científica. Sin importar de si se trata de un asunto trivial o de un tema bastante serio, es recurrente encontrar en los medios de comunicación titulares como “Estudio demuestra que…” o “Científicos aseguran que…” o “Esto es lo que la ciencia dice de ti si…”, etcétera. Lo que llama la atención de lo anterior son dos cuestiones: la primera es que por lo regular no se sabe nada de los supuestos científicos o de las instituciones que están detrás de las “investigaciones”, siendo el asunto “científico” más una cuestión de marketing; lo segundo es que se busca utilizar el “discurso científico” para convencer a una sociedad que realmente tiene un nulo interés por la ciencia, así como por lo relacionado a la educación, pues para nadie es un secreto que es la superstición y la ignorancia malsana el pan de cada día.
No hay duda de que fomentar el interés social por la ciencia favorecería enormemente la calidad de vida; sin embargo, lo que diariamente vemos es más un fortalecimiento del conocimiento pseudocientífico, el cual, en algunos casos, podría ser sumamente nocivo para la sociedad al permitir justificar ciertos comportamientos; por ejemplo, actitudes como el egoísmo se han querido relacionar “científicamente” con un elevado coeficiente intelectual, mientras que experiencias profundas como las del amor se han reducido a simples interconexiones neuronales y a procesos químicos que podrían sustituirse mediante el consumo de sustancias sintéticas. En resumen, la supuesta ciencia que cada día es encumbrada por los medios de comunicación y entre el grueso de la población enaltece al egoísmo y ridiculiza al amor a partir de una supuesta base científica centrada en el “estudio” y “conocimiento” neuronal. Lo anterior nos permitiría entender parcialmente el porqué de la degradación social que diariamente experimentamos.
De alguna manera es comprensible el encumbramiento que desde hace ya algunos años se está haciendo del conocimiento científico, pues se trata de una respuesta a los siglos de dogmatismo religioso que limitaron a la sociedad; sin embargo, a veces da la impresión de que mucho del discurso científico de hoy en día es tan dogmático y sentencioso como el condenado pensamiento religioso. A la ciencia se le ha dado un grado de verdad tal que resulta ofensivo ponerla en tela de juicio, lo cual es irónico, pues es precisamente la duda la que le ha permitido a la ciencia llegar al punto en el que se encuentra actualmente.
La ciencia es indudablemente necesaria para estimular el desarrollo social, pero el uso y tratamiento que mediáticamente se le ha dado no puede aceptarse como la única forma de entender el mundo, pues hay saberes que poco o nada tienen que ver con las ciencias exactas y que no por ello son menos valiosos. Entre los riesgos de imponer el pensamiento científico en prácticamente cualquier ámbito de la vida es que se cae en el error de clasificar todo, esto se observa principalmente en el ámbito de las neurociencias, a las que se les ha dado una autoridad tan superior que ahora prácticamente no hay quién se salve de padecer algún tipo de trastorno o síndrome, cuando en la realidad hay numerosos estudios que cuestionan la exactitud de los diagnósticos psiquiátricos; lo anterior por dar solamente un ejemplo.
Y es que, si bien la ciencia busca erigirse sobre una base objetiva, los científicos, desarrolladores o patrocinadores de ésta podrían actuar a partir de intereses particulares, siendo la mayoría de éstos de orden económico, y es en este punto en el que el discurso científico comienza a estar en entredicho. No hay duda de que el conocimiento objetivo en sí mismo carece de particularidades morales, es decir, de una tendencia hacia el bien o el mal; sin embargo, quienes poseen el conocimiento y, además, los recursos para propiciarlo o limitarlo socialmente son quienes harán un uso adecuado o no de él. El médico Guillermo Javier Nogueira, en su obra La era del neuroTodo: Uso y abuso de las neurociencias, lo explica de la siguiente manera:
«Todos los días somos atosigados con aparentes explicaciones científicas de conductas humanas que van de las preferencias sexuales, políticas y religiosas, a la elección de un sabor de helado o la tintura para el cabello. La ciencia y su método alegan la virtud de carecer de una ideología determinada, pero las tecnologías entrañan el peligro de que sus creadores o desarrolladores lo hagan en función de ideologías particulares. El financiamiento, a su vez, dirige la investigación y su desarrollo. Lamentablemente en el libre juego de oferta y demanda se ha llegado a extremos indeseables como en el campo de la salud. En el terreno de lo “neuro”, descubrimos por ejemplo que los aportes de las neurociencias son hábilmente utilizados en el mundo de la economía, el marketing y la publicidad. Al emerger las neurociencias, aparece el uso del prefijo “neuro”. El uso abusivo y en exceso de ese prefijo es un grave error, en particular cuando cae en manos de divulgadores de todo tipo. La negación o la aceptación acrítica son las moradas posibles que ofrecen los observadores ingenuos o ignorantes, donde podrá alojarse el neuroTodo. Los divulgadores e inclusive algunos investigadores tratan de mostrarlo como el portador del progreso. Creen que en él reside la brújula o la llave maestra para guiarnos a la comprensión final. En el fondo podría ser espantoso tener todas las respuestas y explicaciones ya que no nos quedaría nada por hacer.»
Las neurociencias, de haber sido un conocimiento profundo de la mente, hoy son principalmente empleadas por todo tipo de charlatanes que hacen un uso indiscriminado del prefijo “neuro”, y los medios de comunicación, cómplices de las élites económicas que mantienen a la sociedad en condiciones vergonzosas de pobreza, son quienes más nos presentan la idea que todo lo ligado a lo “neuro” es portador de progreso; sin embargo, este prefijo, en la mayoría de las veces, no es más que la máscara de la ignorancia.
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