Nuestra casa, la única que en verdad tenemos, es nuestra mente. Nuestra casa es móvil y por eso es que nunca salimos de ella, no es necesario, pues podemos percibir el mundo a través de cada una de sus ventanas, las más evidentes son los ojos, pero también tenemos otras como el oído, el olfato, el gusto y el tacto. De nuestra casa nunca podemos salir, pero sí es posible que otros entren en ella y dependiendo de a quiénes dejemos entrar, será la limpieza o suciedad de la casa.
Para algunos es sumamente agradable vivir en su casa, es decir, en su mente, pero, para otros es una experiencia incómoda y esto es en función de a quiénes les hemos permitido entrar, así como de la limpieza que hagamos de ella, pues la casa de la mente, como los espacios físicos que habitamos, también se limpia y se saca de ella todo lo que ya no sirve, toda la basura que a lo largo del tiempo hemos ido generando y acumulando sin darnos cuenta.
Es imposible salir de nuestra casa, que es nuestra mente, pues en parte nosotros también somos la casa, e ir más allá de nosotros mismos no es posible, por ello resulta tan importante aprender a vivir en nuestra casa, que es nuestra mente, lo cual, aunque parezca increíble, casi nadie lo sabe hacer; la mayoría de las personas habita su casa en un desorden tan generalizado que su experiencia por este mundo, del cual realmente nada sabemos, resulta tan incómoda.
A propósito del mundo que nos rodea es importante saber que nada de lo que en él ocurre es bueno ni malo, sencillamente los fenómenos y las cosas son, pero es nuestra mente, nuestra casa, la que al cobrar vida, porque en parte la casa es uno mismo, emite juicios de valor calificando todo como bueno y malo, pero no en función de su naturaleza, sino de las necesidades propias; es decir, el mundo que desde el interior de nuestra casa percibimos, no lo percibimos como realmente es, sino como nuestra casa, a través de sus ventanas, nos lo permite.
Dependiendo del orden o desorden de nuestra casa mental será la calidad del mundo que podemos observar desde nuestras ventanas; esto es: si nuestra casa está sucia, por ende también lo estarán cada una de las ventanas que la componen; por otro lado, si nuestra casa está limpia, también lo estarán las ventanas, y lo que podremos percibir a través de ellas nos resultará más claro y evidente que si estuvieran sucias.
Cuántas veces no nos hemos enfrentado a una situación que en su momento nos pareció negativo, pero que con el paso del tiempo lo empezamos a considerar como bueno o, incluso, insignificante; esto ocurre porque en nuestra mente, en un principio, no hay claridad, pero conforme vamos aclarando sus ventanas y ordenando nuestras ideas, que son los muebles de la casa, lo que percibimos adquiere un orden del que anteriormente carecía. En este sentido, el mundo que conocemos no es tal y como es, sino como nosotros somos.
En el habla popular se dice que “cada cabeza es un mundo” y esto mantiene una relación directa con aquella idea de que nuestra mente es nuestra casa, una en la que estamos en todo momento y desde la que juzgamos al mundo sin entender que lo único que estamos haciendo es juzgándonos a nosotros mismos; lo que digo del mundo, realmente es lo que pienso de mí mismo. En este sentido, conocer el mundo tal y como es, es imposible, pues siempre, entre el mundo y nosotros estarán las ventanas de nuestra mente, que es nuestra casa, y estas ventanas son filtros que únicamente nos permiten experimentar una parte mínima de la realidad.
El hecho de que nunca podamos abandonar nuestra mente, que es nuestra casa, nos hace comprender la importancia de tenerla siempre en orden, así como de aprender a vivir en ella. Es fundamental saber que no todo lo que las ventanas de nuestra casa nos dejan ver es real, y que en ocasiones lo que nuestra casa nos muestra es ilusorio. A nuestra casa nos debemos, sí, pero de alguna manera esta casa es autónoma y nos traiciona. Vivimos en nuestra casa mental, pero no somos del todo esta casa, y hay algo de ella que es ajeno a nosotros. Comprender que nuestra mente no percibe el mundo como es, sino como puede, y que desde esta deformación de la realidad emitimos juicios de valor, nos hará más prudentes en nuestro actuar.
Los escritores Ryan Holiday y Stephen Hanselman, en su Diario estoico, nos hacen algunos señalamientos con respecto a aprender a utilizar bien nuestra mente: «El trabajo apropiado de la mente es el ejercicio de elección, rechazo, anhelo, repulsión, preparación, propósito y asentimiento; y lo único que puede contaminar y obstruir el buen funcionamiento de la mente son nuestras malas decisiones. Las siete funciones consisten en Elección: Pensar y hacer correctamente. Rechazo: Alejarse de las tentaciones. Anhelo: Mejorarse cada día. Repulsión: No admitir la negatividad, las malas influencias, lo que no es verdad. Preparación: Alistarse para enfrentar cualquier situación. Propósito: Tener clara nuestra meta. Asentimiento: Comprender lo que está dentro y fuera de nuestro control. Estas son las siete funciones de la mente, todo lo demás es contaminación y corrupción. Recuerda: hoy, cuando te ocurran cosas buenas y malas, será mucho mejor si intentas comprenderlas hacia adentro que hacia afuera. Dirige todo hacia el laboratorio de la mente.»
Hay dos cuestiones que podríamos enfatizar: la primera es la importancia de mejorarse cada día, es decir, que lo malo que hicimos ayer, lo resolvamos hoy; la segunda es la importancia de saber distinguir lo que está en nuestro control. En esencia, nada de lo que ocurra fuera de nuestra casa lo podemos resolver, por lo que solamente nos queda como lugar de acción nuestra mente. En este punto revisemos si dentro de nuestra casa tenemos intrusos, es decir, ideas negativas, mismas que sólo eliminaremos cuando accionemos el laboratorio de la mente.
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