elmundoiluminado.com
Todos los días iniciamos nuestra jornada con la certeza de que somos alguien. Vemos esto y aquello y lo juzgamos en función de lo que nuestro yo considera necesario o accesorio. Nuestro yo es semejante a una alta torre desde la que avizoramos el mundo y debido a la altura a la que nuestro yo se ha elevado, supone que comprende al mundo mejor que cualquier otra persona. Cada quien concebirá a su yo como el más importante de los yos que deambulan por el mundo, sin embargo, en última instancia, ni el yo propio ni el de los demás realmente existen.
De la filosofía antigua es conocida la sentencia “Conócete a ti mismo” y si bien esta es una labor sumamente compleja, por no decir que imposible, muchos son quienes consideran que ya se conocen. El error más habitual de quienes suponen conocerse es que creen que son las cosas que les gustan, así como los actos que realizan. Sin embargo, si bien lo que deseamos y hacemos en algo se relacionan con nosotros, no terminan por definir lo que somos.
Desde la infancia vamos construyendo nuestra personalidad a partir de cada una de las experiencias que vivimos, a su vez, esto configura nuestra concepción de lo que el mundo es, sin embargo, lo que uno vive en su infancia y juventud, o aún en el grueso de su vida, es poco como para poder afirmar que conoce el mundo y comprende al ser humano. Quien tenga un ápice de sinceridad, reconocerá que realmente no conoce nada del mundo ni de sí mismo, pero lo cierto es que la mayoría se encuentra en el extremo contrario y como supone que entiende la realidad a cabalidad se toma el atrevimiento de juzgarlo todo desde su pedestal de fantasía.
Nunca conoceremos al mundo, como tampoco al ser humano y mucho menos llegaremos a saber quiénes somos, sin embargo, es mejor intentarlo, aún sabiendo que fracasaremos, a refugiarnos bajo la sombra del conformismo, pues quien va más allá de sus límites y se cuestiona filosóficamente su existencia, hallará las ventajas que la humildad y la prudencia otorgan. Cuestionarse con aspiraciones filosóficas lo que uno es y lo que el mundo es, acrecienta las posibilidades de vivir una vida tranquila; por el contrario, quien desdeña al conocimiento, al tiempo que se supone superior, atrae para sí mismo desdicha y desorden.
Aunque de repente no lo parezca, todo está cambiando, empezando por nosotros. Muchas veces caemos en el error de pensar que, en esencia, seguimos siendo las mismas personas desde la infancia y hasta el día de hoy, y como nos miramos todos los días al espejo somos incapaces de notar los estragos que el tiempo va haciendo sobre nosotros. Lo anterior nos permite comprender que somos ciegos a la realidad que nos rodea y que generalmente vemos únicamente lo que deseamos ver, esto se debe a que el yo, desde su egocéntrica torre, no está dispuesto a reconocer su insignificancia ante el mundo que lo rodea.
Todo cambia, siempre, incluidos nosotros, y por el hecho de que todo esté cambiando siempre tenemos que entonces nada es realmente, pues solamente puede ser lo que no cambia, lo que se mantiene de la misma manera. Todo cambia, el mundo cambia y nosotros lo hacemos junto con él, por lo que cabría la pregunta: ¿Podemos ser alguien, a pesar de estar cambiando? ¿Realmente el mundo está cambiando o únicamente lo hacemos nosotros? Si bien el mundo es lo que es, para nosotros resulta desconocido, pues lo que percibimos mediante nuestros sentidos y raciocinio no es el mundo en sí mismo, sino lo que nosotros proyectamos en el mundo, es decir, nuestro yo artificial. El monje budista, Ajaan Paññāvaḍḍho, en su obra Sabiduría poco común, lo explica de la siguiente manera:
«Cada uno de nosotros tiene una concepción del mundo que ha ido construyendo desde el nacimiento. Detrás de esta concepción, está la creencia de que representa algo real. En el centro de todo esto está nuestro yo, lo que no sabemos es que nuestros puntos de vista sobre el mundo y nuestro lugar en él son en realidad falsos. Cuando vemos algo desde un ángulo diferente o en un momento diferente, vemos que el objeto ha cambiado, pero el cambio está mayormente en uno mismo. Los cambios en nuestro interior son mucho más importantes para nosotros que los cambios afuera. En nuestra interacción ordinaria con el mundo, la idea de un yo es necesaria porque necesitamos un punto de referencia para compararnos con otras personas y con los objetos en nuestro entorno, pero esto hace que nos aferremos a creer que este yo realmente existe y lo asumamos como una entidad fija y estable.
El engaño comienza cuando creemos que el yo que nos conforma nunca cambia. La ignorancia y el deseo ciego son los factores que crean el engaño de una identidad del yo. Pero la característica fundamental de la existencia es el cambio constante. La existencia depende del cambio. Al mismo tiempo, todo lo que cambia no es real, ya que no dura. El yo es como un remolino, un tornado. Llega agitando a través de las planicies, girando violentamente, creando el caos y dañando todo a su paso. Pero cuando lo examinamos de cerca, encontramos que es solo aire y nada más. Y cuando el aire deja de girar, ¿dónde está? No lo podemos encontrar. Se fue. El yo es un torbellino de fenómenos cambiantes, impulsado por las impurezas mentales.»
El principal error que cometemos es que confiamos demasiado en nuestro yo. El yo es necesario en tanto que por él podemos manifestarnos en el mundo, sin embargo, esto que llamamos el yo, que hemos construido desde la infancia y que es la base de nuestra personalidad, es artificial. En última instancia, el yo no existe realmente, sin embargo, por creerlo real y dotarlo de las máscaras del deseo, es que nuestra vida se llena de aflicciones. Vivir en este mundo es paradójico, pues al tiempo que nuestra materia parece ser algo e interactuar con la realidad, nuestro yo, que en cada sitio y rincón se proyecta, no es más que sólo aire y nada más.
Sabiduría poco común
Ajaan Paññāvaḍḍho
Páginas 261 a 270
Escrito y compilado por Ajaa n Dick Sīlaratano
Publicado por Monasterio Budista Amaravati









