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Uno de los tantos vicios que caracterizan al ser humano es su estado de insatisfacción, pues las personas en lugar de sentirse contentas por lo que tienen, sufren por lo que les falta, o al menos eso creen. Si volteamos a ver lo que poseemos, descubriremos no solamente que somos ricos, sino que, además, vivimos con más de lo que en realidad necesitamos, sin embargo, aunque lo sepamos no estaremos dispuestos a soltar lo que nos sobra, pues otro de nuestros vicios es el apego, ya sea a las cosas materiales, a las personas y/o a los recuerdos.
Nuestra época es la de la acumulación brutal. Los medios de comunicación todos los días nos instan a comprar más, a tener más, a desear más, pues se cae en la falacia de que para poder ser, es necesario tener. Revisemos nuestro guardarropa, nuestro librero, nuestra cocina, nuestra habitación, etcétera, y notaremos que hay en estos espacios objetos que desde hace tiempo ya no utilizamos, pero a los que tampoco renunciamos, pues suponemos que en ellos estamos nosotros, sin embargo, las cosas no somos nosotros, aunque a veces nosotros sí somos por las cosas.
Pero tener tantas cosas no es gratuito, para ello es necesario trabajar, y trabajar mucho, incluso a grados que podríamos llamar esclavizantes. Otra falacia de nuestro tiempo es la de creer que por el hecho de estar trabajando todo el tiempo somos personas productivas, cuando no es así, incluso podríamos afirmar que el hecho de trabajar todo el tiempo podría ser un síntoma de nuestra incapacidad para administrar nuestro tiempo, pues el descanso y el ocio son tan importantes y necesarios como el trabajo.
No trabajamos mucho porque lo necesitemos, ni tampoco porque somos tan productivos como lo suponemos (la misma palabra “productivos” es insultante, pues refleja los intereses de un sistema esclavista), en realidad trabajamos muchos porque deseamos más de lo que necesitamos, es decir, si nos explotamos, es debido a nuestra incapacidad de ponerle un freno a nuestros deseos, a nuestras falsas necesidades. Vivimos bien, no hay duda de ello, pero no lo vemos, y por ello es que deseamos más ropa, más viajes, más tecnología, más cursos que nos venden las ilusión de que gracias a ellos sabemos más, pero en realidad, no sabemos nada y por eso es que las falsas necesidades nos seducen tan fácilmente.
Nuestra era es la de la acumulación, tan sólo echemos un vistazo a las galerías de nuestros dispositivos y descubriremos una cantidad increíble de fotografías que una vez que fueron tomadas, no fueron vistas más de dos o tres ocasiones. Tenemos mucho de todo y aún así sentimos que no tenemos nada, pero esto no es más que una ilusión, pues nada nos falta, sino que nos sobra, pero por el mismo hecho de tener tanto es que ya no podemos ver la realidad.
Socialmente se nos da la idea de que la felicidad consiste en tener un trabajo, un salario elevado, una profesión, una gran familia moralmente aceptable, etcétera, sin embargo, quienes determinan estos estándares son las mismas personas que inadvertidamente nos mueven a desear de manera incontrolable, y puesto que el deseo nunca está satisfecho, tampoco llegará el día en el que nos digamos “ahora sí nada me falta”. De lo anterior, resulta fundamental saber que si la felicidad la medimos a partir de estímulos externos, jamás seremos felices, pues lo exterior es infinito y al mismo tiempo imposible de poseer. Si la felicidad es nuestra meta, entonces hay que saber que la riqueza no consiste en tener en cuantiosas cantidades, sino en estar satisfecho con lo esencial, sin envidiar nada, ni desear lo accesorio.
Pero el problema de la acumulación en el que nos encontramos sumidos no es únicamente de orden material, sino que, además, este vicio se extiende también a los pensamientos y a las emociones, los cuales con toda seguridad resultan más perniciosos que el montón de objetos que podamos poseer, pues mientras que las cosas son externas a nosotros, los pensamientos y las emociones son internas, e indudablemente moldean la realidad al capricho de sus necesidades. De lo anterior, el historiador Alexis Racionero Ragué, menciona en su obra Darshan: Sabiduría oriental para la vida cotidiana, lo siguiente:
«En la sociedad actual, tendemos a pensar que la felicidad tiene que ver con acumular, obtener o conseguir, sometiéndonos a una presión brutal que suele derivar en estrés o frustración al comprobar que no llegamos a obtener todo lo que queremos o que, en el intento por conseguirlo, nos dejamos la vida. Muchas veces somos esclavos de nuestros trabajos, porque vamos más allá de lo que necesitamos para vivir. El ser humano necesita afecto, salud, disponer de tiempo con los suyos, un techo bajo el que dormir y comida para alimentarse, no más. Si aprendemos a vivir con menos, podremos ser dueños de nuestro tiempo para invertirlo en aquello que es verdaderamente esencial. Hay que saber soltar y desprenderse, al igual que sucede en el ciclo de la naturaleza cuando llega el otoño y los árboles dejan caer sus hojas, antes de la llegada del invierno, que implica el recogimiento, el retorno al punto cero en el que apenas hay nada.»
Aprender a vivir con lo esencial no significa vivir con poco, en pobreza ni en condiciones de miseria. Vivir con lo esencial es vivir de acuerdo con lo que la consciencia, luego de un largo examen, dictamina. La acumulación de objetos, de pensamientos y de sentimientos, cuando llega al exceso, termina enfermándonos. A este mundo llegamos sin nada y cuando partamos de él lo haremos de la misma manera: sin nada, por lo que la idea de que “tener” es igual a “ser” no sólo es equivocada, sino aún más absurda. La naturaleza es con lo que tiene, no con más ni con menos, y para renovarse no necesita más que soltar y dejar ir lo que le estorba. Como los árboles, si queremos ser es fundamental abandonar el exceso y disponernos a soltar, a dejar caer las hojas.









