En la celebración del Día Internacional del Croissant, vale la pena recordar la historia sobre su origen. Su creación se sitúa en Viena, Austria en el Siglo XVII, durante el asedio de las tropas del Imperio Otomano frente a la muralla de la ciudad. En 1683, los invasores cavaron el terreno para pasar por debajo de las murallas y llegar al centro de la ciudad.
Para no ser descubiertos trabajaban sólo por la noche, pero no se habían percatado de que los panaderos también trabajaban a esas horas. Al oír el ruido que hacían los turcos con las palas y picos, dieron la voz de alarma. De esta manera toda la ciudad y el ejército pudo repeler el ataque del invasor, que no tuvo más remedio que retirarse.
Como celebración de esta victoria, los panaderos crearon un bollo con forma de luna creciente, la misma que lucía en la bandera otomana y simbolizó ‘comerse a un turco’, una dulce venganza de los panaderos vieneses.
Desde entonces el bollo invadió Europa y el mundo, hasta que los franceses -no sería el primer caso- lo hicieron suyo, dándole la nacionalidad y oficializándolo con este nombre, además crearon su versión más hojaldrada.
La primera vez que se utilizó la palabra croissant fue en 1863 en el diccionario francés Littré. En Francia la primera receta se publicó en 1905 y la primera edición del Larousse Gastronómico en 1938 incluye al famoso panecillo.
Fuera de Europa, los cruasanes son conocido como ‘cachitos’ en Perú, Ecuador y Venezuela; ‘cruasán’ en Colombia; ‘medialunas’ en Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay y en otros países de América Latina como ‘cangrejitos’ o ‘cuernitos’ como dicen en México.
Ya sea cualquiera su origen, llámese como se llame, dulce o salado con o sin relleno: ¡Buen provecho!
Periodista. Catedrática de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la BUAP. Pionera en Puebla de noticiarios y programas de radio con perspectiva de género desde 1997.
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