Los análisis tradicionales sobre Trump suelen caer en la trampa de juzgarlo bajo las reglas clásicas de la política. Se le critica por su falta de precisión, su constante contradicción o su agresividad discursiva, pero pocos entienden que su lenguaje no es político, sino transaccional. Trump no busca convencer con datos, sino negociar con percepciones. No argumenta: presiona. Y en su manual de estrategias avanzadas de negociación, el miedo no es un efecto colateral, es una herramienta.
Muchos gobiernos, analistas e incluso medios de comunicación no han descifrado este código. Se alarman con sus declaraciones, intentan desmentirlo con cifras y caen en la trampa de responder desde la lógica, cuando lo que enfrentan es una táctica de sometimiento. La diferencia entre países que entienden el juego y los que no, es clara. México, por ejemplo, ha aprendido a negociar dentro de este esquema, mientras que Canadá sigue actuando como si las amenazas de Trump fueran meros exabruptos y no una estrategia diseñada para obtener concesiones.
El caso más reciente es la advertencia de Trump de imponer aranceles más altos a China, Canadá y México. En términos técnicos, la medida no tiene sentido: dañaría a la economía estadounidense tanto como a sus socios comerciales. Pero Trump no busca coherencia, sino instalar una sensación de crisis para establecer los términos de la conversación. Su mensaje no es para economistas, es para su voto duro quienes han sido convencidos de que la globalización los empobreció y que solo una guerra comercial puede revertirlo.
Aquí es donde México tiene una ventaja sobre Canadá: ha aprendido a leer el lenguaje de Trump y a responder en su propio código. En lugar de reaccionar con pánico, Claudia Sheinbaum ha optado por la contención y la negociación silenciosa, entendiendo que responder con indignación solo fortalece la narrativa de crisis que Trump necesita. México debe encontrar ventanas de oportunidad, recordando que la jugada más inteligente no siempre es la confrontación directa, sino la construcción de una posición de fuerza a largo plazo.
Canadá, en cambio, sigue atrapado en una visión ingenua del proceso. Su estrategia es la no-estrategia: esperar que Trump se distraiga atormentando a México, o que apunte sus baterías hacia Rusia, Europa o China.. Un error fatal que les costará muy caro.
El problema es que muchos en México aún creen que lo correcto es contrarrestar a Trump con datos duros, sin entender que su narrativa no opera en el terreno de la verdad objetiva, sino en el de la percepción. Para negociar con Trump, la clave no es probar que se equivoca, sino desplazar su miedo con uno más grande: el del impacto negativo en su propia base electoral. Si Trump amaga con impuestos, la respuesta no debería ser desmentirlo, sino instalar en la conversación pública los efectos que tendría en los bolsillos de los estadounidenses.
En la guerra de narrativas, quien define el problema controla la solución. Y en este juego, no se trata de quién tiene la razón, sino de quién maneja mejor el miedo como instrumento de poder.










