Cuando algo nos incomoda, lo primero que hacemos es reaccionar, sentimos un impulso tan fuerte que nos lanzamos contra aquello que nos molesta y entonces gritamos, proferimos palabras ofensivas, manoteamos y/o escalamos a agresiones físicas cuyas consecuencias podrían ser irreversibles. Actuamos de esta manera porque estamos convencidos de que es lo correcto, pues si algo o alguien nos afecta, estamos en nuestro derecho de responderle, sin embargo, aunque al final creamos que hemos conseguido una victoria, lo cierto es que nos quedamos con un sufrimiento o incomodidad mental que nos impide pensar en algo diferente.
Los niveles de violencia de nuestra sociedad son alarmantes. Muchos de los actos violentos del pasado venían principalmente de personas que ostentaban algún tipo de poder político, religioso o militar, justificando su actuar argumentando la defensa de una causa mayor. Sin embargo, la violencia de nuestro tiempo es diferente, pues ya no es exclusiva de la oligarquía, sino que es practicada por casi todos, sin distinción de clase social, edad ni creencia.
La violencia de hoy viene tanto de niños como de adultos, que convencidos de que tienen un supuesto derecho a defender su forma de ver el mundo, se muestran intolerantes ante todo lo que les resulte diferente. La sociedad está polarizada, las personas son incapaces de convivir y pareciera que nadie se salva de sentirse ofendido por cualquier razón, dando motivo al enfrentamiento y al desencadenamiento de la violencia. Si la tercera guerra mundial va a ocurrir, con toda seguridad podría ser al interior de los hogares, en los que las familias se han desunido.
El exceso de estímulos a los que estamos sometidos y a los que además nos entregamos con complacencia, son la razón por la que nos hemos hecho tan reactivos. La sociedad vive sobreestimulada y por ello es que todo lo que tenga relación con la quietud, el silencio y la introspección le parece banal e intolerable. Las personas quieren comer más, comprar más, moverse más, sentir más y entonces van de estímulo en estímulo porque el deseo, sencillamente, nunca se satisface, convirtiéndose las personas, entonces, en adictos, en personas enfermas.
En el ámbito de las enfermedades, podríamos distinguir dos tipos: el primero es de las enfermedades que se adquieren por contagio o degeneración corporal, ante estas no hay mucho que hacer, pues de alguna manera son inevitables, obligándonos a tratarlas ya sea para curarlas o al menos para soportarlas. El segundo tipo de enfermedades son las que uno mismo desarrolla por negligencia, estas enfermedades son absolutamente prevenibles, pero debido a que éstas son causadas por realizar actividades que implican algún tipo de placer, aunque sea inconsciente, se torna tan complicado apartarlas de nuestra vida. La negligencia es un mal que muchas veces queremos remediar hasta que ya no hay nada que hacer, pues el problema se ha agravado de más.
Aunque no lo parezca, en esta sociedad reactiva y sobreestimulada el acto de rebeldía más eficiente es el estatismo, es decir, la inmovilidad. Permanecer imperturbables entre quienes están acostumbrados a la impulsividad podría ser tomado como un signo de debilidad o desinterés, sin embargo, la inmovilidad representa un profundo acto de autocontrol en el que no nos dejamos vencer por las provocaciones del exterior.
Si la gente todo el tiempo grita, discute, se enoja y asume comportamientos cada vez más violentos, es debido a que confunden lo que son con lo que aparentan ser. En la filosofía zen a esta apariencia del ser se le conoce como el “ego”, el cual es artificial, pues ha sido construido por agentes externos como lo son la familia, la sociedad y las circunstancias. Cuando reaccionamos violentamente es porque creemos que eso es lo correcto, pero la creencia siempre es una manifestación del ego, el cual es reactivo.
Lejos de lo que podría pensarse, el dominio del ego no está ligado con la sabiduría, mucho menos con la santidad, sino más bien con el silencio y el vacío. El que reacciona ante los estímulos podría decirse que tiene un ego sobrecargado de estímulos y por ello es que se hunde en el torrente de la cotidianidad, mientras que la persona que mediante la meditación se ha entrenado para dominar su ego, si bien también es arrastrada por la realidad, lo hace con mayor ligereza, pues ha aprendido a abandonar los condicionamientos y creencias que desde su infancia le fueron dados. El maestro zen, Densho Quintero, en su obra Zen, un camino de transformación, lo explica de la siguiente manera:
«El ego, nuestra personalidad, es producto de la genética, la educación, y el entorno social en el que crecemos. Nuestras creencias, placeres y malestares son consecuencia de nuestro entorno. Cuando actuamos de manera impulsiva, lo hacemos desde ideologías ajenas y entonces sufrimos. En la meditación zen sólo se busca estar sentado en un compromiso con el presente. Cuando estamos sentados frente al muro, evitamos reaccionar desde el ego. La quietud en nuestra práctica es nuestro rechazo a reaccionar desde ese yo construido desde las tendencias del entorno en el que crecimos. Desobedecemos a los impulsos del ego. La práctica de la meditación es una revolución inmóvil, ya que nos negamos a reproducir lo que la sociedad nos obliga a creer que debe o no de hacerse. Debido al silencio en la práctica, muchas personas piensan que el zen es frío y que el objetivo es aislarse, pero lo esencial es entender cómo las propias acciones afectan a uno mismo y a los demás, y desde esta comprensión modificar los comportamientos para relacionarse de una manera sana con la vida.»
Puesto que el estatismo nos mantiene en el presente, y el movimiento nos sobrestimula, no hay acto más subversivo que la meditación frente a un muro, en una revolución inmóvil.









