Si bien el nombre en sí es motivo de burla, las “tecnologías de la información y la comunicación” han sido fetichizadas como una alternativa a la escasez, pobreza, y miseria presupuestal, política y educativa en México. Los antecedentes “locales” se derivan de las limitaciones que hicieron pensables las telesecundarias en los ochenta del siglo XX y telebachillerato después. Como tales, se sabían una falsa salida educativa pero eficaz políticamente ante las restricciones de staff, importancia de poblaciones (justificadas por “dispersión”), pero sobre todo el logro de contratos comprando monitores y demás infraestructura básica de telecomunicaciones. Posteriormente vendría Enciclomedia y los intentos de Fox para responder nulificando a la promesa de Labastida en la campaña del 99-2000. Si el segundo prometió (para burla del irrespetable) enseñar inglés y computación en todas las escuelas públicas del país, desde primaria, el primero haría un buen bisne apantallando paisanos con la “magia de la tecnología”. Tal barrabasada, vergonzante, se la oí no al Chero, sino a dilecta profesora extranjera, demasiado contenta de jugar a película de El Santo o Capulina, en un país incapaz jamás de contar con un servicio postal decente. Cuál de todos era el reflejo/síntoma o causa del analfabetismo funcional está de más. Lo cierto es que se pasó de la incapacidad de escribir sin faltas de ortografía al hacerse mensos con procesadores de textos, pero sobre todo “slides” en “pogüer poins” pa’aburrir y abaratar al personal. Sería ya en la pandemia (2020-2023) que las TICs adquirirían carta de naturalización entre la sociedad en general. No porque la experiencia haya sido buena, pues fue atroz, sí porque permitió ahorros y mejores negocios entre funcionarios y burócratas, empresarios y marchantes.
Eso en lo que tiene que ver con la formación estatal mexicana, que en otras partes sí se experimentó con la posibilidad que daba apropiarse de una nueva tecnología. Aunque los debates sobre el internet datan de la última parte de la guerra fría, cuando científicos nucleares soviéticos y de la OTAN se comunicaban para saber qué maldades pensaban los políticos de un bando contra los otros, amén de descubrimientos y avances en resolución de problemas teórico-metodológicos y prácticos, fue ya en los noventa cuando se pensó no en llevar el tercer mundo al primero, sí en cómo hacer uso de las posibilidades que la caída del segundo abrió. No sólo narcotraficantes ni funcionarios ladrones de empresas públicas, también profesores e instituciones advirtieron que la mal llamada “globalización” abría tanto oportunidades empresariales como la posibilidad de redimirse con ciertas políticas educativas. De suyo que finisecularmente y hasta el advenimiento de las redes sociales se experimentó con cursos y grados a distancia. Didáctica, pedagógica y académicamente se ponderó qué era posible y así se lanzaron iniciativas de varios tipos. La que conozco de primera mano pues participé en ella entre el 2003 y 2005 permitía imaginar posibilidades limitadas, de acuerdo con la experiencia. Ofrecí, más de dos veces, dos cursos en una plataforma prestigiada, sobre el surgimiento de la revuelta zapatista y el estudio cultural de los estimulantes en la modernidad. Recuerdo con claridad a la madre de familia casada demasiado joven en Australia no rural sino salvaje, como al entusiasta hijo de comerciantes de diamantes en Sierra Leona. A la primera por su curiosidad con las variadas formas de embriaguez y sociabilidad, siendo ella abstemia en su aislamiento, y al otro por su admiración genuina, informada y ponderada por Salinas de Gortari. Lógicamente el esquema era pusculoñal. Instituciones de la OTAN contratando profesores mal pagados del tercer mundo, por un tercio de lo que les cuestan sus adjuntos, para una clientela global que pagaba a precios de Gringolandia. Intentando mantener el resto de dignidad que nos quedaba, la variopinta asamblea de mal pagados (en nuestros países y por ese “gig”) discutíamos y participábamos honestamente en sesiones de seguimiento y evaluación, ponderando las posibilidades reales de transferencia canónica. Todo ello antes de las redes sociales universales (Facebook destacadamente) evacuaran de pretensiones, sino nobles al menos honestas, al internet. Para entonces la Universidad de Phoenix las mercó como lo que son títulos a paguitos para quienes empleados no tienen interés, tiempo ni capacidad para estudiar. El mundo de las escueluchas pato en línea pues.
Lenta e inexorablemente las TICs oscilarían entre la burla por su similitud a los términos “garrapata” (thick) y de “cabeza dura” (thick) en inglés. Solo lacras y gandallas, así como zoquetes y subnormales podrían dar crédito a la imbecilidad de que se puede enseñar en una plataforma hecha por y para colegas sofisticados, pero como todo en el malhadado neoliberalismo “se trata de hacer monino”, nada más (a bloody good business). De ahí que la pandemia nos trajese de regreso al imbroglio de tener que “hacer de tripas corazón”. Pocos, entre los docentes, teníamos experiencia con las limitaciones del medio, la mayoría no tenía la mínima idea de a qué se enfrentarían ni lo largo de la curva de aprendizaje (por varios imponderables, destacando que no hubo forma ninguna de respaldo profesional), como que el estudiantado estaría crónicamente maltrecho. Esto último por razones de infraestructura básica (internet disponible aun si contasen con los juguetes adecuados) como la miseria que implicaba usar un teléfono pseudo inteligente en vez de un lector de tinta electrónica o una computadora con el monitor adecuado. Sabiendo todo era una situación FUBAR (fucked up beyond any recognition), se aprobó por tandas a los estudiantes sin importar no hayan aprendido nada. La idea era pasar la cubeta, sabiendo cruelmente, que se irían ordenando por el criterio implacable, aplastante e inequívoco de clase. No que todos los burgueses tengan cerebro entrenable, sí que saldrían de entre ellos las posibilidades de los cursos remediales particulares. En oposición, una élite del proletariado sería rescatable, sacrificando por toneladas a los más jóvenes y más pobres de manera inmisericorde.
Todo ello viene a cuento porque contrario al sentido común que demandaría ir eliminando gradual, pero inexorablemente los ambientes en línea, estos se multiplican. Por baratos, por lacras y por gandallas, pero desde el Gobierno federal y replicados en los establos, en sus instituciones de educación superior públicas (las privadas no nos interesan por ser “estados de excepción”) se plantea su crecimiento para hacer frente a una inflada matrícula sin voluntad de contrataciones de profesores que han acreditado todos los procesos de formación ni mejoras en infraestructura básica. Nadie cree que le puedan “hacer hijos al chile”, que todos sabemos son simulacros sin otra idea que aumentar la matrícula devaluando los grados. Como tal, no es imputable ni a las falsas científicas del ejecutivo federal, cuantimenos a quienes desde instancias subordinadas bailan al son que les toquen, sabiendo que con dinero baila el perro, y sin él no es menester irnos a excesos sexistas, clasistas y racistas. Lo que sí es que contra ese cretinismo genuflexo y abyecto, gazmoño y culicagado es que redoblamos el primordial valor de la enseñanza. El que no ha cambiado por cinco mil años de experiencia desde el primer seminario en Asia (India, Persia, Mesopotamoa, lo que les cuachalengue) y que sigue vivo ya no sólo entr onvres tópsicos sino de manera integrada, unisex y sobre todo sabedor que sólo en emergencias se recurre a esas marranadas.









