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¿Hacia dónde es que llevamos nuestra existencia? Los confiados en la existencia de un ser supremo, avanzan hacia él estimándolo como causa y fin de todo lo creado; por otro lado, quienes asumen la existencia como una manifestación de la naturaleza, ajena a toda inteligencia suprema, caminan hacia su inevitable desaparición. En ambos casos, la suposición es lo que está de por medio, pues humanamente no hay manera de comprender esta travesía, pero, invariablemente de ello, siempre se va hacia un más allá, que puede ser físico o metafísico.
Tener una meta nos impulsa a seguir adelante todos los días. Quienes tienen una meta resignifican su persona, actos, circunstancias y objetos a partir de ella, por lo que las cosas y seres que nos rodean de alguna manera, pensamos, tienen relación con la meta. Las metas nos motivan, no hay duda en ello, pero es importante analizar la calidad de esa meta que nos hemos impuesto, pues no todo lo que nos impulsa es necesariamente bueno para nosotros; algunas metas son destructivas y cuando tenemos una de éstas la vida se resquebraja. El inconveniente en este asunto es que podríamos pensar que nuestras metas son favorables, aunque no lo sean, pero por una suerte de autoengaño cerramos los ojos ante la realidad.
Dejando de lado la ventaja o desventaja de las metas que hemos imaginado, ¿qué pasaría si llegara un día en el que por fin las alcanzamos? ¿Acaso esto no sería para nosotros un perjuicio, más que un bien?, pues, a fin de cuentas, dejaríamos de avanzar. Pensemos, por ejemplo, en aquellas personas que después de décadas de entregarse a un empleo se jubilan, por fin se alcanzó la meta, pero, por alguna razón, la felicidad no venía con ella, y entonces ocurre lo imaginado, la persona entra en una depresión, primero, y muere, después; y es que el no tener hacia dónde ir es más perjudicial de lo que parece, sobre todo cuando el tiempo ha pasado sobre el cuerpo y se carece de la fuerza jovial de antaño.
Deseamos algo, la meta, por ello es que nos movemos, y ese algo nos lleva a un más allá, a otro lado, sin embargo, hay que comprender la naturaleza de esa energía que nos empuja hacia adelante, pues cuando esta energía es malsana y es movida por el rencor, la avaricia y el morbo, el único lugar al que llegaremos, invariablemente, será a un despeñadero cuya precipitación será inevitable. Las metas son importantes y hay que moverse hacia ellas, pero conscientes de que si las alcanzamos podría marcarse el final de nuestra vida, sobre todo si es una meta viciosa.
Cada quien tiene su propia meta, su propio sentido de la existencia, y aunque generalmente nos mostramos seguros de lo que queremos ante los demás, en realidad vamos a tientas y angustiados en la oscuridad, muchas veces improvisando la vida misma. A tientas vamos de lugar en lugar, de orilla en orilla, siempre más allá de donde empezamos, pero sin certeza en el rumbo. El final se conoce, o eso suponemos, pero el camino es totalmente desconocido y nadie puede recorrerlo por nosotros, nadie puede conseguirnos la meta que tanto anhelamos, pues ésta es una conquista personal. La vida es una improvisación constante en la que sabemos los generales de las situaciones, más no su sustancia, pero como la falta de sentido de la propia existencia está mal vista entre nosotros, por ello es que fingimos seguridad y pisamos con fuerza nuestro destino, sabiendo en todo momento que podría ser que estemos sobre un campo minado en el que un paso en falso es suficiente para terminarlo todo.
De orilla en orilla, navegando sobre el lago de la existencia, avanzamos. La calidad de las orillas a las que llegamos, y que pensamos que nos acercan a nuestra meta, dependerá de lo que estemos dispuestos a dar, pues si sólo queremos recibir, nos hundiremos. En esta balsa en la que flotamos, quien sólo gusta de recibir y no de dar, se hunde. Quien únicamente recibe va cargando tanto su barca que poco a poco va acercándose al nivel del agua, y si ésta entra en nuestra embarcación terminará tragándonos en el abismo. En cambio el que avanza hacia su meta dando, por el gusto de dar y no por miedo, avanza ligero. La libertad, en este sentido, consiste en tener pocas posesiones. El escritor y teólogo, Javier Melloni, en su obra El Cristo interior, lo explica de la siguiente manera:
«Siempre hay otra orilla por alcanzar. Quisiéramos haber llegado, pero no es así, por fortuna y para salvación nuestra. Llegar supone detenerse, reducir la realidad. Cuando cumplimos con el placer, imaginamos haber satisfecho el hambre, mas nuestros deseos no son cuestionados y por ello volvemos a caer en el error. No sólo nos empuja la legítima necesidad de pan, sino que otras avideces inacabables nos agitan. En la oscuridad, en plena tempestad, vivimos la angustia de nuestros temores. A tientas, hacemos la primera travesía hacia otra orilla. El verdadero vivir no es estar pendiente del propio pan, sino recibirlo para entrar en esa vida trascendente. Y esta vida es puro ofrecimiento. El Cristo interior, es decir, la posibilidad de salvación que todos tenemos, pertenece al orden del ser, no del poseer. Hay que dejar la orilla de la avidez para alcanzar la orilla de la donación. La noche en el lago es el vacío que se abre entre lo construido por nosotros y lo que está por mostrarse más allá de nuestros minúsculos recintos.»
La salvación está en ser, no en poseer; la salvación está en abandonar la codicia para entregarnos al servicio; la salvación está en comprender que todo tiene un tiempo y que es dañino aferrarse al ego, pues éste es el que nos da la falsa impresión de que la realidad, los seres, las cosas y las circunstancias nos pertenecen. Zarpamos en nuestra embarcación buscando una meta, sin embargo, y aquí todos coincidimos, nadie recuerda de dónde zarpó ni cómo fue que se subió a la embarcación en la que navega. ¿Hacia dónde llevamos nuestra existencia? Nadie en verdad lo sabe, y es para todos una incógnita lo que hallaremos cuando alcancemos la otra orilla.









