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Parito

Por Ricardo F. Macip
6 marzo, 2025
En Análisis
Parito

‘Paro’ tiene diferentes acepciones en castellano y en español. Puede referirse al desempleo como también a una medida de presión anterior a la huelga entre el arsenal de recursos con que contaron principalmente los trabajadores y en menor medida los estudiantes. Con el tiempo, dada la debilidad relativa de los sindicatos y el desplazamiento en las “izquierdas” del mundo laboral y de la producción al de la ideología y el postureo, no es raro que campee en las universidades la posibilidad de los “paritos”. Así, adquieren particular viscosidad, densidad y lubricidad dado el uso del término en relaciones inconfesables. Entre nacidos en los ochenta del siglo XX y que más de un chupapapletas se atrevería a identificar como “mileños” se da el uso del término ser, pedir o tirar “parito”. Esto es, que al atravesar una “sequía goleadora” y estar crónicamente hambreado de sexo, una persona pueda pedir a otra “un parito”. En la parla contemporánea infanto-juvenil se diría “sin vínculo” y entre los que somos casi carroña, “cheap sex”. La relación es de suyo desigual y sin posibilidad de reciprocidad. El que pide el parito sabe de antemano que la otra persona le responderá “cuando quieras, como quieras, donde quieras, a la hora que quieras” sin obligación de correspondencia. Se pide, tira y es parito fuera de la liga a la que uno pertenece o bien en la bolsa que cotiza acciones en el mercado de la carne. Hoy día es motivo de “cancelación” o “funa” si es un hombre quien se lo pide a una mujer (para ser colgado real, simbólica e imaginariamente de los cojones por “machirulo tóxico”, pasado de chorizo y abusivo afectivamente). Al revés no estoy seguro, que al menos esta semana y finde se vale hacer pasar cualquier bajeza andrófoba producto de una malcogida como reivindicación degenerada.

Todo ello viene a cuento por la “naturaleza” e involución de las movilizaciones estudiantiles en la política de masas. Aquí debemos acotar que no hay posibilidad de que ninguno haya sido o pueda ser impoluto, totalmente orgánico o de angelical inspiración. Sí, la nobleza de motivos e ideales es algo que asociamos al “privilegio” de los jóvenes cursando bachilleratos y licenciaturas, pero es también por lo que son presa fácil de profesionales de la violencia política, el manejo de sus cañerías y manipulación, como intermediarios entre lo formal y criminal. La historia de estos en “América Latina” tiene en el Congreso de Córdoba (1928) su mojonera. Dentro de México seguirían a él el infeliz parto de los gemelos institucionales del PRI y la UNAM (que no eran lo que son hoy, pero irían condicionándose en efecto espejo todo el siglo XX y contando, con sus trastornaciones) en 1929 con la consecuente lucha por las autonomías en las universidades estatales. La historia es variada y contradictoria para hacer generalización ninguna, pero quedó en la falsaría memoria histórica (si es una no es otra) como el periodo “heroico” de lo que más tarde sería abominable himno de las secundarias técnicas como “juventud entusiasta y febril”. Sería “el sesenta y ocho” el punto de inflexión mitológica y mitómana para dotar de alas celestiales a los movimientos estudiantiles dada la bestialidad, brutalidad e imbecilidad de la autoridad legalmente constituida.

Sin duda alguna, todas las consecuentes han sido ruinosas en la mediocridad de miras, alcances y motivos. Desde la del CEU que viví como bachiller en el sistema público veracruzano y por la que acabé “tocando el piano” con mi coequipero y contlapache “articulero” Rubén Cruz Acosta. Por aquel entonces nos regenteaban los cubanos del Centro de Relaciones México-Cuba (que realmente era provincial), desde el que se emitían visas para la trata de gente desde la isla y se nos administraban las más arrabaleras fantasías vía los guitarrazos y cursilería de la “nueva torta”. Aun así, al menos aprendíamos respecto al protocolo tanto nacional como “internacionalista” de los “movimientos de liberación nacional”, que azotaban a la tricontinental (que hoy los subnormalitos reducen a “sur global”). Cómo llevar una asamblea, comenzando por asegurar el quorum legal y desde ella no perder la dirección del pliego petitorio, dictado de antemano por la generación más vieja de “mairos” (que siendo jóvenes su principal interés era avanzar en la jerarquía corrupta “del aparato” a través de la pederastia y proxenetismo), mostrando lujuria y cerebro. Si bien escribíamos con las patas, las faltas de ortografía, aberraciones sintácticas y excesos presentisas eran la huella de autenticidad y estandartes semánticos generacionales. Nadie en los ochenta pediría “baños neutros” o usaría conjugaciones “incluyentes con e” (por entonces se pensaría alusivo al sobrino de Condorito), como que su ausencia hogaño es un indicador que algo “ta off”. Posteriormente a la entrega y rechazo del mismo pliego, vendrían los desplantes de fuerza (en las asambleas) y persuasión (“walk outs”). Si bien no usábamos parla pirata antaño y la lengua muerta del francés era aún legitima, no profanar “ahoy” la del enemigo de siempre ta demodé. De hecho, nadie usa la traducción literal de “abandono” por “fome” y temor a las asociaciones con “violencia vicaria” y el paso del derecho inalienable de “paternidad ausente” a crimen más allá del crimen, pero el ausentismo era más potente que una aglomeración de masas. Eso porque en la segunda nunca falta él o los espontáneos saliéndose del cauce (desmadrando), mientras que la primera es muestra elocuente de convencimiento y de qué lado masca la iguana. 

Una vez que el autoritario aparato represor del Estado, rechazando el pliego, mostraba la jeta vía viejos acedos es que “aplicaba” la toma de instalaciones. Para ello se procedía con orden, acreditándose a las 00:01 horas (pasadita la medianoche) cuando sólo estaban los adormilados veladores. Usualmente no oponían resistencia y en menos de dos horas llegarían los oficiales del Ejército a corroborar que se tratase de un proceso civil con estructura y liderazgo formalmente reconocido en asamblea. El presidente y vicepresidente del consejo o comité de huelga firmaban la responsiva por la toma de las instalaciones, no sólo ante el vigilante que solía emocionarse con el “espíritu” de la muchachada y ante el cinco o diez años mayor teniente (pero una generación detrás en el ascenso social) de guardia. Al amanecer llegaban (“a clase de siete”) los desprevenidos compas y ñeras que reaccionaban desde el entusiasmo hasta la frustración (pasando por el valemadrismo mayoritario), sabiendo era puro pedo, pero que se pagaría parejo por la intransigencia de inspirados e iluminados aspirantes al manejo de la nómina.

Lenta pero inexorablemente vendría la degradación. Durante el día era una verbena (sin nenis ni bros vendiendo nada por entonces), pero a la hora de la última “ruta” de transporte público comenzaba el peligro. Las facciones “leales” a la autoridad podrían organizarse aislada o conjuntamente para dirigir grupos de choque que rescatasen las instalaciones pues así lo habían amenazado ya durante el día. Si con el sol y mayoría detrás era fácil rechazarlos y burlarse de ellos por abyectos, agachones, lameculos, culoprontos, lameñongas, huelepedos, genuflexos y arrastrados, por la noche y sin luna tenían ventaja. Así que era menester contar con una mano negra que supuestamente subordinada a la blanca reivindicase las diferencias semánticas entre diestra y siniestra. Las organizaciones populares siempre se presentan y ofrecen “desinteresadamente” apoyo irrestricto “al movimiento” buscando sacar raja. El mismo se traduce en tener por la noche una reserva de efectivos que bien sazonados y cuereados en peleas callejeras o tomas de tierras puedan disponer con facilidad y “a punta de verga” de cualquier intento de los “quintacolumnistas”. El líder de los “auxiliares” tenía un control relativo de la situación en guardia, pero ya que comenzaba el zafarrancho no podría parar lo eventos sucedáneos (desde el robo hasta violaciones), precipitados por la imperiosa necesidad de partirles su madre y lisiar a los asquerosos esquiroles.

Con la huelga oligofrénica del 99-00 en la uñan (ya “de uña” por los rateros desde la del 86-87, que pagaban selectivamente por “participar” y “lograron” el fraude del “pase automático”, estando hoy en el poder), así como infinidad de replicas estatales, todo el relato se validaría perdiendo. Ya sin respeto a las apariencias y requisitos legales, profundizándose el vínculo entre la canalla y aquellos buscando padrotear la inconformidad. Indudablemente, seguiría habiendo siempre grupos genuinos de estudiantes tratando de articular sus agravios por las múltiples carencias, abusos y engaños, como que no podrían hacerse los líderes orgánicos sino parte subordinada a quien pidió, tira o es parito.

No sería esa la única huelga en la que participaría ni mis referencias son enteramente parroquiales. En el 97-98, ya con “la política identitaria” malparida, pelearía con y contra entrañables “amix”, cuando al no poder lograr la contratación de una lesbiana negra caribeña (además de profesora de ciencias políticas) que trató de agandallarse la definitividad sin pasar por el procedimiento acordado para todos, dada su “interseccionalidad” (por entonces verazmente identificada como el aberrante chantaje y “arma de los débiles” mentales que es), en la Newschoolera, se fueron ridículamente a la huelga de hambre. Qué decir, a todos—lacerados, alucinados, y traicionados—en el mundo entre 1989 y 1991 nos había marcado “la pasión de Bobby Sands” y el Ejército Republicano Irlandés contra la repugnancia de Thatcher y los residuos del imperio británico. Después de la “huelga de mugre” vendrían las de hambre cuando sabían no tenían otro recurso por destruir más allá de sus cuerpos, procedieron con esa crueldad que nos fascina y acojona en el paroxismo. Como católicos confesos y terroristas irredentos no esperaban nada de nadie en su expiación. Sólo Tata Dios podría reconocer en ellos a su jijo abandonado.

“Atravesar” esa fantasía no podría abaratarse para “burgueses, mariguanos y zafados” en cualquier ataque de histeria pedorro, pero así ocurrió. De la docena de voluntarios, un canadiense culicagado se pandeó en dos días y sólo una “desi” del sur de Asia se echó más de una semana sin inmutarse. Sabíamos perfectamente lo patético de la apropiación no cultural sino política y lo ofensivo que era y seguiría siendo. Así pasamos noches y madrugadas deshilando el apoyo que durante el día se lograse. “Camaradas” de todos los continentes (complexiones, acentos y persuasiones) no lográbamos parar, discutiendo, el desfonde político-cultural que era inevitable. La institución, ni tarda ni perezosa, usó a la huelga con sus sit-ins, teach-ins y ayuno (que la huelga de mugre era “business as usual”) como propaganda para atraer más entre “red diaper babies” (bebes de pañal rojo, literalmente, que quiere decir, postulantes radicalosos de tercera, cuarta y más generaciones de privilegio educativo). De ninguna manera fue un fracaso en términos vivenciales y entre mis relaciones más entrañables están las que se prestaron al apoyo de tamaña payasada. Por ende, ante el “parito” inocultable en curso (e intercourse) entre manos pachona, peluda, muerta y manfiruladora, lamento lo pedestre del espectáculo. Haciendo eco de los chés (en honor al congreso de Córdoba) “¡ponéle voluntad la choncha de tu madre!”.

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Foto de Karen Rojas / Agencia Enfoque

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